La verborrea del 1-O

Hace unos días Twitter anunció que iba a multiplicar por dos el número de caracteres disponibles en su siempre exiguo espacio. Con amigos y compañeros tuiteros bromeé sobre lo que eso supondría: si habría que pensar el doble; si habría que divagar el doble; si habría que tontear el doble. Cierto es también que no me he parado a cotejar –y no pienso hacerlo ahora, que estoy dándole a la tecla- si eso ya es así, si no lo es, si es o será para todos o solo para algunos: 140 o 280 caracteres dan para lo que dan, y no nos vamos a pelear ni verbalmente por ello.

Bajo esa consideración –que no deja de ser en mi opinión más que una anécdota en medio de esta vorágine tuitera–, en otra red social, Facebook, percibo desde hace días que los mensajes se prolongan y prolongan y prolongan casi hasta el cansancio. Con todo este asunto que nos traen entre manos nuestros dirigentes, los de a pie, los de la calle, los de los colegios, los de las revistas, los de las panaderías, los del instituto, o sea, todos, nos vemos obligados a explicarnos más que antes. Mi duda es si por necesidad de pretender abarcar un tema muy complejo, que lo es, o por miedo al qué dirán, al qué pensarán los que están al otro lado.

Ayer me sorprendí a mí mismo en esa dinámica mientras alternaba, en esa red, palabras con silencios, sustantivos que aparecían y desaparecían, un montón de subordinadas, condicionales, adjetivos que veía oportunos e inoportunos al mismo tiempo. Todo un mar de dudas para intentar explicar que no me gusta que me mientan, que me intenten utilizar, que pretendan convencerme de cualquier modo, que me manipulen. Mi intención inicial y final era esa, pero terminé convirtiendo aquello en un discurso, en un monólogo al que yo mismo, después de publicado, le encontraba matices y recodos.

Quiero – más que confío- en que sean la palabra y las ideas las que traigan la solución a todo este follón. En este sentido, me parece muy saludable que también utilicemos los medios a nuestro alcance para expresar lo que pensamos o sentimos, porque la luz no siempre ilumina desde arriba. Pero, de momento, percibo en muchas ocasiones que la palabra, al menos en las redes sociales, en las conversaciones entre compañeros, en los debates improvisados en cualquier bar, se ha convertido en un instrumento de defensa, en una forma de agarrarse a los principios propios, o en una manera de verborrea que pretende al menos garantizar que el otro, el amigo que me lea, pueda entenderme. Y de momento, creo que ni así lo conseguimos. Una pena.

[Original escrito en Arial cuerpo 12. Palabras: 450. Caracteres sin espacios: 2.082. Caracteres con espacios: 2.529. Párrafos: 4. Líneas: 32.]

Envíos premium

Gestación subrogada. Vientres de alquiler. Beneficio económico. Mujer. Vida. Paternidad y maternidad. Derechos. Y deberes (of course)… En los últimos meses, como casi cualquiera con un mínimo interés, he leído algunos artículos, he escuchado varias entrevistas y he repasado varias declaraciones a favor y en contra –nunca es suficiente– sobre este tema. He excluido algunas ideas a ambos lados de la linde que, según mi parecer, están fuera de lo que personalmente considero razonable. Encuentro en algunos de los que he leído motivos para el ‘sí’, incluso de gente que podríamos catalogar –y mira que no debo hacerlo– como comprometidos dentro de la Iglesia. Pero también argumentos razonados para el ‘no’ desde sectores que, desde un apriorismo siempre inoportuno, deberían asentir con la cabeza. No me gustaría estar en el pellejo de los que deban legislar sobre este tema cuando llegue el momento, que no sé si es ahora, porque de la mixtura de la vida humana con una compensación/transacción/aportación (llamémosla como queramos, sin ánimo de polemizar) económica surge un cristal fino como el papel de fumar, cuya fragilidad será complicado de garantizar en un articulado. Difícil, muy difícil, llegado el momento que, insisto, no sé si es ahora.

Con todo esto, y tras el tostón que he soltado en el párrafo anterior, tengo que reconocer que lo que he leído esta mañana en un periódico generalista no me ha gustado. No me ha gustado ni un pelo. No sé si por culpa de quien lo ha escrito. De quien ha protagonizado la noticia. O por el concepto que el texto esconde entre bambalinas. Pero no me ha gustado ni un pelo. Puede que sea una interpretación o una cosa mía. Quién sabe si el del mohín en el rostro he sido solo yo. Pero no me ha gustado.

Lo leído es sobre la paternidad subrogada de Cristiano Ronaldo, quien ha posado con sus hijos pequeños en brazos. Transcribo lo escrito y leído: “Fue la madre de Cristiano quien viajó a EE. UU. para recoger a los niños”.

Recoger.

Como si fueran un perfume.

Recoger.

Como si fueran una caja de zapatos vacía.

Recoger.

Como si fueran un traje limpio en una tintorería.

Recoger.

Como si fueran una mercancía.

A este paso, no hablaremos de gestación subrogada. Ni de vientres de alquiler. Ni de beneficio económico. Ni de mujer. Ni de vida. Ni de maternidad o paternidad. Ni de derechos. Ni de deberes (of course). A este paso tendremos que fijarnos en Amazon, que puede que haya visto negocio en el envío de hijos por todo el mundo.  Y para los clientes Premium, sin costes de mensajería. Para qué vamos a ir a recoger a nuestro hijo a la vuelta de la esquina o a la otra parte del mundo si nos los pueden traer a casa. Pereza me da.

[Original escrito en Arial cuerpo 12. Palabras: 470. Caracteres sin espacios: 2.213. Caracteres con espacios: 2.674. Párrafos: 12. Líneas: 42.]

 

 

Un premio de mierda

El jurado soberano del Premio Princesa de Asturias de la Concordia 2017 ha decidido que el galardón de este año recae en la Unión Europea. Me imagino que desde ya, miles de personas estarán buscando el medio más rápido y cómodo de llegar hasta Oviedo el próximo otoño para la entrega del mismo. Entiendo que entre los ansiosos por montarse en un avión, un autobús o un tren con destino a la capital del Principado estarán los refugiados sirios o iraquíes que están intentando por todos los medios llegar a nuestra tierra y a los que nos empeñamos en darles con el premio del ‘no’ en las narices. Me imagino que también querrán llegar al Teatro Campoamor los miles de subsaharianos que buscan dignidad, trabajo, un hogar y una nómina suficiente en esta entelequia que llamamos Europa. Estos, permítanme la grosería del mal gusto, llegarán en pateras hasta la costa, como vienen haciendo desde hace años en otras playas. Con su llegada, a remojo y con quemaduras en la piel, mostrarán el respeto y agradecimiento que les merece una institución que está viendo cómo el Mediterráneo es ya un enorme cementerio, posiblemente el más grande de todo el mundo. Ansiosos estarán también los preferentistas o los que andan boqueando por la miseria moral de los enriquecidos, por la de los banqueros déspotas, por la de los políticos indiferentes. No se quedarán atrás de deseo de acompañar a la Europa de las siglas, los empobrecidos a causa de un sistema que arrincona a los que no han tenido más medios de vida que el sudor del trabajo heredado de sus padres. Tampoco los pensionistas, que racanean unos euros con los que pagar los recortes que encarecen las medicinas que necesitan. Ahí andarán ellos, nuestros mayores, con su colesterol alto, con su azúcar disparada, con su sintrón descompensado, con sus sillas de ruedas prestadas, con las escaras en la espalda, con su vida por delante. Qué alegría de premio. Pocas veces comprendí que un galardón estaba tan justificado como este. Y si no, miremos la lista de los que se alegran, y que he enumerado con prisas y a lo loco aquí arriba, y a los que podríamos añadir millones de personas con nombre y dos apellidos que han visto cómo el sistema defiende esta Europa galardonada no es otra cosa que una injusticia detrás de otra, una fábrica de excluidos.

Y pensar que en los últimos años merecieron este premio Manos Unidas, Aldeas Infantiles, los Hermanos de San Juan de Dios, o la periodista congoleña Caddy Adzuba… En fin.

[Original escrito en Arial cuerpo 12. Palabras: 428. Caracteres sin espacios: 2.042. Caracteres con espacios: 2.468. Párrafos: 2. Líneas: 34.]

 

 

Un día de estos

Día arriba, día abajo, hace 25 años me planté en la toledana calle Nuncio Viejo con el curriculum más blanco que este folio hace 25 segundos. Nada que poner, más allá de los dos apellidos de rigor, el nombre del bautismo, la fecha de nacimiento, la dirección, el teléfono fijo de la casa de mis padres, y un todavía humilde 1º de Periodismo –por aquellos días, el segundo curso estaba todavía sin desembocar en ningún mar–. No había correo electrónico. No había páginas web. No había, por tanto, bitácoras como esta. No había nada más que las ganas. “Pero no has trabajado en ningún sitio todavía”, me dijeron con la lógica del que ha de gestionar la inexperiencia. “Ya, pero si nadie me da la oportunidad, no trabajaré nunca”. Y comencé a subir a aquella redacción y a baquetearme en la profesión. Llamando por teléfono a las fuentes que otros compartieron conmigo para preguntar si había ocurrido algo. Llamadas y llamadas para colar algún breve en los pliegos del día. Tiempo para reelaborar las notas de prensa que llegaban por un fax que escupía un papel satinado y de poco gramaje. Momentos para repetir, repetir y volver a repetir la redacción de un texto hasta que estaba bien. Periodismo de provincias en estado puro. Periodismo cercano. Periodismo necesario que cuenta lo que ocurre antes de llegar a la vuelta de la esquina.

Y a partir de ahí todo lo demás, que no ha sido poco, aunque haya sido mucho. Tiempo de aprender siempre. De escuchar a tiempo y a destiempo. De matizar la inmensa mayoría de las veces. De leer y releer a aquellos de los que siempre hay que tomar nota. De sentarme en el pupitre con los alumnos para trasladarles lo que a mí me trasladaron. De pasión por las historias, y por las gentes que te las cuentan –o al revés–. Parafraseando a Luis Aragonés, tiempo de “escribir, escribir y volver a escribir”.

[Original escrito en Arial cuerpo 12. Palabras: 328. Caracteres sin espacios: 1.513. Caracteres con espacios: 1.837. Párrafos: 2. Líneas: 25.]

4.000 pasos (I): una parada de autobús o un semáforo en rojo

He sustituido el café de media mañana por 4.000 pasos, más o menos. Más o menos a las dos cosas, porque hay veces que sigo optando por el café –que también puede ser una fruta, un par de galletas u otra vianda mañanera–, y también más o menos porque depende del tiempo, del itinerario del paseo, o de la cadencia del caminar, alcanzo los 4.000 pasos, me quedo en 3.527 o supero 4.203.

Tanto han insistido los expertos y neófitos en la causa andarina, que de momento han ganado un adepto. Me despejo así un rato de las teclas, de los párrafos, de los paisajes africanos escritos en la pantalla. Cambio letras por pasos. Muchas letras por muchos pasos. Cambio la cafeína por las aceras.

Depende del ánimo, del azar o de nada en particular, giro a la izquierda o a la derecha al salir por la puerta. Si elijo la primera opción, una parada de autobús casi siempre con pasajeros a la espera. Como justo detrás hay un centro hospitalario, muchos de ellos arrastran alguna dolencia, portan algún sobre con radiografías o llevan puesta una escayola o un vendaje de pelaje diverso. Si elijo la segunda, arranco el caminar con un semáforo casi siempre en rojo. Y siempre gente, gente, gente. Unos –muchos– que hablan por teléfono. Otros que, como yo, pasean. Gente comprando. Un supermercado del que cada día entra y sale gente. Un poco más adelante, una academia de edición musical a la que nunca pasa nadie, y de la que nunca sale nadie. Una zapatería. Muchos bares. Una mujer con su escaparate de baratijas en un banco de madera. Otra que, de rodillas, da los buenos días –siempre una sonrisa cosida al ‘buenos días’- y pide algo con lo que comer. Un quiosco de prensa cerrado desde hace mucho tiempo. Terrazas y más terrazas donde la gente charla, apura un café que yo no me tomo o deja pasar la mañana. Perros y dueños. Y tarjetas tiradas por el suelo con nombres y teléfonos de mujeres que ejercen la prostitución. Dignidad tirada en suelo.

He cogido el gusto a dejar la cafeína aparcada para otro momento. He cogido el gusto a caminar por la calle. He cogido el gusto a volver a mirar lo cotidiano. 4.000 pasos, más o menos, tienen la culpa.

 

[Original escrito en Arial cuerpo 12. Palabras: 388. Caracteres sin espacios: 1.752. Caracteres con espacios: 2.135. Párrafos: 4. Líneas: 30.]

 

 

Rutina

Algunos viernes al mes, desde hace año y medio más o menos, comparto micrófono, papeles, temas y amistad con Faustino Catalina y el resto de compañeros de tertulia. Son días largos que arrancan y terminan de noche. Pronto llego a la revista. A la hora en la que otros comen, me presto para volver a casa, donde –tarde ya, incluso para nuestros usos– me planto ante el almuerzo, el postre y el café. Con la luz de la tarde preparo los temas del programa. Anocheciendo vuelvo camino de Madrid. Ya negro sobre mí, me tomo un café, repaso las notas y llego a la radio. Antes de comenzar hablamos de temas que no están en el guion. A la hora señalada entramos en el estudio. Luz roja y adelante. Camino del cambio de día en el reloj, vuelta al hogar, casi siempre con algo de música en el coche. Y a esperar al sábado.

Desde hace algunos programas y algunos temas, mi hijo pequeño me acompaña al último tramo de la jornada, al de la radio. Idas y vueltas en el coche se completan con su música, a la que poco a poco voy cogiendo el tranquillo. Idas y vueltas se completan más con sus inquietudes –que a mí son las que me interesan– que con las míos –que él ya se sabe de memoria y que, en definitiva, no son tan importantes–.

Nos hemos marcado una rutina casi germánica, si es que los alemanes alguna vez han sido tan cuadriculados como nosotros nos pensamos. Aparcamos, cenamos algo y si tenemos tiempo –cosa que el último día no ocurrió– aprovechamos para el dulce de rigor. Pagamos y camino de la radio. En el control de entrada, ya parece uno más. Y en el control de sonido, también. Con Belén, con Antonio, o con quien esté. Allí se sienta, con sus cascos, con su música, con sus cosas. Pero sin perder detalle de lo que sucede y de lo que se cuenta.

-¡Ojo el Papa! ¡Con Instagram!

Así me recibió el último día –ya con la luz fundida a negro– después de comentar de pasada, al otro lado del cristal, que Francisco tenía más de tres millones y medio de seguidores en esta red social. Retornamos al coche –con su música, of course– para emprender el viaje nocturno de vuelta.

Hoy regresamos. Habrá que hacer hueco al tiempo para cumplir con el dulce.

No sé si llamar a esto rutina.

[Original escrito en Arial cuerpo 12. Palabras: 410. Caracteres sin espacios: 1.771. Caracteres con espacios: 2.173. Párrafos: 7. Líneas: 29.]

 

 

Ni

Una perogrullada a tiempo evita dar dos vueltas en la línea circular de nuestro pensamiento sin saber muy bien en qué estación tenemos que bajar. Hace unos días, en clase con los alumnos, nos enfrascamos en que los textos además de correctos tienen que ser claros. No solo tienen que estar bien escritos, sino que, además, se tienen que entender. Y si, además, de eso, logramos que sean atractivos para el lector, entonces habremos cumplido parte de lo que de nosotros, contadores de historias, se pide. Para cerrar ese círculo, retomé el camino de la simpleza o de la evidencia. Tiré de recurso rápido y, desde luego, poco académico: ‘¿Lo contrario de la claridad qué es? La oscuridad. Y a oscuras no se ve, o se ve poco. Y estamos incómodos. Y no nos gusta… salvo para dormir. Pues eso pasa con las historias que escribiremos en cualquier sitio: si no son claras la gente se echará a dormir’. Ya ven, una parte del periodismo como cura para el insomnio.

“Cuando el periódico no tiene periodismo”.

Dejo ahí, colgado en la línea de arriba, un titular que leí el martes. Estas seis palabras coronaban un artículo de Ramón Pérez-Maura en ABC, en el que lamentaba el silencio de uno de nuestros medios de referencia, el New York Times, sobre el atentado de Londres de hace unos días. Silencio absoluto. Ni en portada. Ni en página par ni en impar. Ni en un faldón. Ni en una columna. Ni en un suelto. Ni en un comentario. Ni.

Nada. “Para quienes llevamos toda una vida dedicados a esta profesión el ejemplar del «NYT» del pasado jueves es causa de una inmensa depresión”, decía el autor. No sé si de ‘inmensa depresión’, pero sí al menos de ‘inmensa sorpresa’ para quien esto firma.

En unas páginas, las del NYT, silencio sobre la muerte a las puertas del Parlamento británico. En otras, vociferío de escuela de Primaria el primer día de clase a causa de uno que da patadas a un balón y que habla más que calla. Todo eso, lo uno y lo otro, conviviendo los mismos días. En unos, el hueco en blanco. En otros, el empalagamiento de un debate que arranca en un canutazo sobre fútbol, leyes y política a media noche, pero que transmuta en un debate nacional sobre territorialidad, nacionalismo, justicias e injusticias, cuentas del pasado, leyes, libertad de expresión y causas pendientes. De todo un poco a causa de las palabras de uno que se pone un pantalón corto y trabaja poco, como todos los de su gremio.

Cuando leí lo de Pérez-Maura lo comenté en la redacción con aquellos que comparto palabras, párrafos y reportajes todos los meses. Un compañero me dijo no estar de acuerdo con la crítica al silencio del medio norteamericano, por aquello de poner altavoz con las noticias a acciones que, sin él, pasarían al olvido mediático en un tuit y medio. Comentamos el efecto llamada que provoca el eco mediático. Vamos, un buen tema para el debate. Convinimos, con matices, que el silencio no era justo, como tampoco el exceso de atención que provocan los acontecimientos ocurridos en el hemisferio norte. Lo de siempre: nuestros muertos y nuestros dolores han muerto más y mejor que los muertos del otro lado de la frontera.

Lo del joven de calzón corto no lo hemos comentado. No por nada, sino porque no ha surgido el tema. Pero me causó tanto estupor el blanco nuclear del NYT como el griterío a causa del que da patadas a un balón –a veces mal y a veces bien–, en las páginas escritas en nuestra lengua, en los debates de nuestros diales, y en los informativos de nuestras pantallas. A veces por defecto y tantas veces por exceso.

Retomo el titular que dejaba ahí en soledad: “Cuando el periódico no tiene periodismo”. Entonces no es un periódico, es otra cosa.

[Original escrito en Arial cuerpo 12. Palabras: 652. Caracteres sin espacios: 3.009. Caracteres con espacios: 3.652. Párrafos: 8. Líneas: 46.]

Me la refanfinfla

-Lo tengo.

Así, sin anestesia. Junto a las dos palabras, la hora del mensaje marcaba las 11:05 de esta mañana.

E insistía.

-Te referías a lo que el papa dijo ayer de Ruanda.

-Hola (omito el nombre). ¿Qué tienes? [sin carita de sorpresa, pero sin saber de qué hablaba].

-Jaja. Tu enigma de ayer. Sin dormir me tienes.

-Jajajajajajajaja… No. Es más terrenal… Jajajaja.

-Ay, joe. Bueno, pues esperaré a que lo desveles.

Fin de la conversación.

Poco habituado a recibir interpelaciones por las redes sociales, cruzaba esta mañana esa conversación con una compañera de profesión por el texto que escribí apresurado ayer al mediodía. La curiosidad me ha hecho mirar ese par de redes sociales que habito con pereza para constatar que otro par de compañeros y colegas se mostraban relativamente intrigados por esa noticia que murió antes de nacer, y a la que prestaba ayer 26 líneas –creo recordar– en esta bitácora –yo también he venido a hablar de mi blog–. Por eso, casi por alusiones, me veo obligado a responder.

La noticia, que por desgracia ha tenido que competir con el terrorismo en Londres, es el exitoso ensayo clínico que Médicos Sin Fronteras ha desarrollado y que hará posible una vacuna para luchar contra el rotavirus en Níger. La infección, cuya principal evidencia es una diarrea aguda e imparable, acaba todos los días con la vida de 1.300 niños en África subsahariana. Sí, una diarrea que deja un Normandía diario de 1.300 cadáveres. Y una vacuna que puede acabar con la matanza diaria. Una buena noticia, que las hay, en la tierra de la desgracia, sirva por una vez el topicazo del día.

Inmunizados como estamos a que los empobrecidos no merezcan ni una coma en nuestro relato diario, ayer me aventuré a predecir que esa salvación para 1.300 niños –ay, si fueran de nuestro vecindario– ocuparía poco espacio en el periódico de hoy. Escribí eso apenas un par de horas antes de que un asesino por horas bajara el taxímetro de la muerte bajo las manecillas del Big Ben. Y ahí no había debate.

Eso sí, me hubiera gustado ver la nota de MSF un día cualquiera. Otro día. Entonces veríamos el resultado. Porque, a fin de cuentas, lo que les ocurre a los empobrecidos es su problema, aunque nosotros seamos los causantes. Ya lo vimos con el Ébola –que no existió casi nunca–; con los ahogados en el Mediterráneo –para los que al final tendrán que construir nichos en el lecho marino de tantos como son–; con los que siguen esperando en las fronteras de Europa –a pesar de que ya ha pasado el invierno–; o con los que quieren pasar el río Bravo –aunque el del pelo rubio teñido siga erre que erre con lo suyo–. O con cualquiera de las situaciones que resbalan por nuestra tranquilidad diaria. Que pasan indefensas frente a nuestras redacciones.

En la mayoría de los casos, y parafraseando a uno que ayer también fue noticia, esos asuntos nos importan un comino, nos importan un pimiento, un huevo, un rábano o nos importan un pepino, nos la trae floja, nos la suda, nos la trae al fresco, nos la pela, nos la refanfinfla… O nos la bufa.

Eso sí, algunos de los compañeros que me interpelaban, y con los que también he hablado por teléfono, me han confirmado que en sus medios sí se ha hablado de la vacuna, a pesar de mis augurios. A pesar de todo.

[Original escrito en Arial cuerpo 12. Palabras: 583. Caracteres sin espacios: 2.6778. Caracteres con espacios: 3.241. Párrafos: 15. Líneas: 46.]

La noticia que murió antes de nacer

Hoy se hará pública una noticia que debería ser portada de los telediarios al menos una semana. O dos. Pero casi estoy por asegurar que no lo será. Por motivos de obligada responsabilidad profesional no puedo avanzar de qué se trata –si tengo tiempo lo haré mañana–, pero me apuesto el café matinal de algunos días –corto de café– o el té con vainilla que comparto ahora al mediodía en casa, a que la noticia no aparecerá mañana con el espacio que merece, ni a primera hora, ni al mediodía, ni en las tertulias de la noche. Nada.
Se me ocurren varias cosas que pasarán por encima en el orden de preferencias. Algunas recordarán los exabruptos del de siempre, ese de pelo amarillo mal peinado. Otras, repetirán las luchas intestinas de algunos por un poder que perdieron hace tiempo. Habrá noticias, como outsiders, que se colarán en el plano sin haber pedido permiso, y que servirán para el debate de lo que gastamos en nuestro país en mujeres y alcoholes. Y, claro está, habrá segundos y más segundos para los deportes y las nubes.
Eso sí, lo que debería aparecer –y en esta ocasión no es ninguna tragedia– quedará descolgado a las primeras de cambio. No llegará ni a semifinales, ni a cuartos de final, ni a octavos de la Champions de las noticias. Pero estará, y será noticia, aunque no aparezca. O aunque hagamos que no aparezca.
Hace meses entrevisté a Martín Caparrós a causa de El hambre, uno de mis libros de cabecera. Le planteé una hipótesis: qué pasaría si los periódicos abrieran todos los días sus páginas con el número de personas que habían fallecido el día anterior a causa del hambre. Caparrós me vino a decir que a lo mejor la cosa cambiaba.
De momento me quedo con la intuición de que esa noticia que se anunciará hoy ya de noche quedará en el segundo cajón de nuestra mesilla de noche, ese en el que guardamos los calcetines que ya no nos vamos a poner. Por si acaso, estaremos pendientes de los boletines horarios.

[Original escrito en Arial cuerpo 12. Palabras: 349. Caracteres sin espacios: 1.528. Caracteres con espacios: 1.932. Párrafos: 5. Líneas: 26.]

Soroche

Los aymaras del altiplano boliviano llaman soroche a lo que nosotros llamamos mal de altura. Mi amigo Suso dice, con otras palabras, que es una putada. De buenas a primeras dejas de respirar. Y si uno no respira, se muere. Así de sencillo. El corazón se te queda en blanco, como un piso nuevo pendiente de la visita al Ikea de turno. Por eso, cuando quieres alcanzar las alturas de la capital boliviana, o a la cima todavía más alta de El Alto, te recomiendan no llegar directamente allí. Es preferible aclimatarte poco a poco a la altura. Pisar directamente aquella planicie (4.061 metros sobre el nivel del mar, según Internet) es jugarte el pellejo cuando la maleta todavía no ha salido por la cinta en el aeropuerto que conecta la capital boliviana con el mundo.

Soroche lo llaman ellos. Putada lo llama mi amigo.

Hace ya doce o trece años que estuve por allí. Pasé primero por Santa Cruz de la Sierra. Después por Cochabamba. Y acabé en El Alto, donde un obispo salesiano natural de Murcia, Jesús Juárez, nos esperaba para ofrecernos una tisana de coca con la que aliviar o prevenir el puñetero soroche. El caso era no ceder al enemigo de la altura.

Cerca de la plaza de San Francisco, donde dormí aquellas noches paceñas, con un semáforo en rojo, eché el pie demasiado deprisa para cruzar una calle de cuatro carriles. Y el soroche amagó con una punzada en la nuca y un pequeño mareo. Entonces, nuestro penúltimo anfitrión nos desveló los ingredientes de una fórmula secreta que venía con rima: “Aquí, en La Paz, hay que comer poquito, y andar y joder despacito”.

En estos días de cláusulas suelo por devolver, de sentencias que se interpretan dependiendo de quién haya o no cometido el delito, de puertas que no dejan de girar y de cabreos que no dejan de aumentar, se me viene con frecuencia a la mente la fórmula para evitar el soroche. A base de crisis consecutivas nos tendremos que acostumbrar a comer poquito y a que, aunque despacito, nos sigan jodiendo. Vamos, una putada, como diría con otras palabras mi amigo Suso.

[Original escrito en Arial cuerpo 12. Palabras: 361. Caracteres sin espacios: 1.672. Caracteres con espacios: 2.030. Párrafos: 5. Líneas: 33.]