4.000 pasos (I): una parada de autobús o un semáforo en rojo

He sustituido el café de media mañana por 4.000 pasos, más o menos. Más o menos a las dos cosas, porque hay veces que sigo optando por el café –que también puede ser una fruta, un par de galletas u otra vianda mañanera–, y también más o menos porque depende del tiempo, del itinerario del paseo, o de la cadencia del caminar, alcanzo los 4.000 pasos, me quedo en 3.527 o supero 4.203.

Tanto han insistido los expertos y neófitos en la causa andarina, que de momento han ganado un adepto. Me despejo así un rato de las teclas, de los párrafos, de los paisajes africanos escritos en la pantalla. Cambio letras por pasos. Muchas letras por muchos pasos. Cambio la cafeína por las aceras.

Depende del ánimo, del azar o de nada en particular, giro a la izquierda o a la derecha al salir por la puerta. Si elijo la primera opción, una parada de autobús casi siempre con pasajeros a la espera. Como justo detrás hay un centro hospitalario, muchos de ellos arrastran alguna dolencia, portan algún sobre con radiografías o llevan puesta una escayola o un vendaje de pelaje diverso. Si elijo la segunda, arranco el caminar con un semáforo casi siempre en rojo. Y siempre gente, gente, gente. Unos –muchos– que hablan por teléfono. Otros que, como yo, pasean. Gente comprando. Un supermercado del que cada día entra y sale gente. Un poco más adelante, una academia de edición musical a la que nunca pasa nadie, y de la que nunca sale nadie. Una zapatería. Muchos bares. Una mujer con su escaparate de baratijas en un banco de madera. Otra que, de rodillas, da los buenos días –siempre una sonrisa cosida al ‘buenos días’- y pide algo con lo que comer. Un quiosco de prensa cerrado desde hace mucho tiempo. Terrazas y más terrazas donde la gente charla, apura un café que yo no me tomo o deja pasar la mañana. Perros y dueños. Y tarjetas tiradas por el suelo con nombres y teléfonos de mujeres que ejercen la prostitución. Dignidad tirada en suelo.

He cogido el gusto a dejar la cafeína aparcada para otro momento. He cogido el gusto a caminar por la calle. He cogido el gusto a volver a mirar lo cotidiano. 4.000 pasos, más o menos, tienen la culpa.

 

[Original escrito en Arial cuerpo 12. Palabras: 388. Caracteres sin espacios: 1.752. Caracteres con espacios: 2.135. Párrafos: 4. Líneas: 30.]

 

 

Rutina

Algunos viernes al mes, desde hace año y medio más o menos, comparto micrófono, papeles, temas y amistad con Faustino Catalina y el resto de compañeros de tertulia. Son días largos que arrancan y terminan de noche. Pronto llego a la revista. A la hora en la que otros comen, me presto para volver a casa, donde –tarde ya, incluso para nuestros usos– me planto ante el almuerzo, el postre y el café. Con la luz de la tarde preparo los temas del programa. Anocheciendo vuelvo camino de Madrid. Ya negro sobre mí, me tomo un café, repaso las notas y llego a la radio. Antes de comenzar hablamos de temas que no están en el guion. A la hora señalada entramos en el estudio. Luz roja y adelante. Camino del cambio de día en el reloj, vuelta al hogar, casi siempre con algo de música en el coche. Y a esperar al sábado.

Desde hace algunos programas y algunos temas, mi hijo pequeño me acompaña al último tramo de la jornada, al de la radio. Idas y vueltas en el coche se completan con su música, a la que poco a poco voy cogiendo el tranquillo. Idas y vueltas se completan más con sus inquietudes –que a mí son las que me interesan– que con las míos –que él ya se sabe de memoria y que, en definitiva, no son tan importantes–.

Nos hemos marcado una rutina casi germánica, si es que los alemanes alguna vez han sido tan cuadriculados como nosotros nos pensamos. Aparcamos, cenamos algo y si tenemos tiempo –cosa que el último día no ocurrió– aprovechamos para el dulce de rigor. Pagamos y camino de la radio. En el control de entrada, ya parece uno más. Y en el control de sonido, también. Con Belén, con Antonio, o con quien esté. Allí se sienta, con sus cascos, con su música, con sus cosas. Pero sin perder detalle de lo que sucede y de lo que se cuenta.

-¡Ojo el Papa! ¡Con Instagram!

Así me recibió el último día –ya con la luz fundida a negro– después de comentar de pasada, al otro lado del cristal, que Francisco tenía más de tres millones y medio de seguidores en esta red social. Retornamos al coche –con su música, of course– para emprender el viaje nocturno de vuelta.

Hoy regresamos. Habrá que hacer hueco al tiempo para cumplir con el dulce.

No sé si llamar a esto rutina.

[Original escrito en Arial cuerpo 12. Palabras: 410. Caracteres sin espacios: 1.771. Caracteres con espacios: 2.173. Párrafos: 7. Líneas: 29.]

 

 

Ni

Una perogrullada a tiempo evita dar dos vueltas en la línea circular de nuestro pensamiento sin saber muy bien en qué estación tenemos que bajar. Hace unos días, en clase con los alumnos, nos enfrascamos en que los textos además de correctos tienen que ser claros. No solo tienen que estar bien escritos, sino que, además, se tienen que entender. Y si, además, de eso, logramos que sean atractivos para el lector, entonces habremos cumplido parte de lo que de nosotros, contadores de historias, se pide. Para cerrar ese círculo, retomé el camino de la simpleza o de la evidencia. Tiré de recurso rápido y, desde luego, poco académico: ‘¿Lo contrario de la claridad qué es? La oscuridad. Y a oscuras no se ve, o se ve poco. Y estamos incómodos. Y no nos gusta… salvo para dormir. Pues eso pasa con las historias que escribiremos en cualquier sitio: si no son claras la gente se echará a dormir’. Ya ven, una parte del periodismo como cura para el insomnio.

“Cuando el periódico no tiene periodismo”.

Dejo ahí, colgado en la línea de arriba, un titular que leí el martes. Estas seis palabras coronaban un artículo de Ramón Pérez-Maura en ABC, en el que lamentaba el silencio de uno de nuestros medios de referencia, el New York Times, sobre el atentado de Londres de hace unos días. Silencio absoluto. Ni en portada. Ni en página par ni en impar. Ni en un faldón. Ni en una columna. Ni en un suelto. Ni en un comentario. Ni.

Nada. “Para quienes llevamos toda una vida dedicados a esta profesión el ejemplar del «NYT» del pasado jueves es causa de una inmensa depresión”, decía el autor. No sé si de ‘inmensa depresión’, pero sí al menos de ‘inmensa sorpresa’ para quien esto firma.

En unas páginas, las del NYT, silencio sobre la muerte a las puertas del Parlamento británico. En otras, vociferío de escuela de Primaria el primer día de clase a causa de uno que da patadas a un balón y que habla más que calla. Todo eso, lo uno y lo otro, conviviendo los mismos días. En unos, el hueco en blanco. En otros, el empalagamiento de un debate que arranca en un canutazo sobre fútbol, leyes y política a media noche, pero que transmuta en un debate nacional sobre territorialidad, nacionalismo, justicias e injusticias, cuentas del pasado, leyes, libertad de expresión y causas pendientes. De todo un poco a causa de las palabras de uno que se pone un pantalón corto y trabaja poco, como todos los de su gremio.

Cuando leí lo de Pérez-Maura lo comenté en la redacción con aquellos que comparto palabras, párrafos y reportajes todos los meses. Un compañero me dijo no estar de acuerdo con la crítica al silencio del medio norteamericano, por aquello de poner altavoz con las noticias a acciones que, sin él, pasarían al olvido mediático en un tuit y medio. Comentamos el efecto llamada que provoca el eco mediático. Vamos, un buen tema para el debate. Convinimos, con matices, que el silencio no era justo, como tampoco el exceso de atención que provocan los acontecimientos ocurridos en el hemisferio norte. Lo de siempre: nuestros muertos y nuestros dolores han muerto más y mejor que los muertos del otro lado de la frontera.

Lo del joven de calzón corto no lo hemos comentado. No por nada, sino porque no ha surgido el tema. Pero me causó tanto estupor el blanco nuclear del NYT como el griterío a causa del que da patadas a un balón –a veces mal y a veces bien–, en las páginas escritas en nuestra lengua, en los debates de nuestros diales, y en los informativos de nuestras pantallas. A veces por defecto y tantas veces por exceso.

Retomo el titular que dejaba ahí en soledad: “Cuando el periódico no tiene periodismo”. Entonces no es un periódico, es otra cosa.

[Original escrito en Arial cuerpo 12. Palabras: 652. Caracteres sin espacios: 3.009. Caracteres con espacios: 3.652. Párrafos: 8. Líneas: 46.]

Me la refanfinfla

-Lo tengo.

Así, sin anestesia. Junto a las dos palabras, la hora del mensaje marcaba las 11:05 de esta mañana.

E insistía.

-Te referías a lo que el papa dijo ayer de Ruanda.

-Hola (omito el nombre). ¿Qué tienes? [sin carita de sorpresa, pero sin saber de qué hablaba].

-Jaja. Tu enigma de ayer. Sin dormir me tienes.

-Jajajajajajajaja… No. Es más terrenal… Jajajaja.

-Ay, joe. Bueno, pues esperaré a que lo desveles.

Fin de la conversación.

Poco habituado a recibir interpelaciones por las redes sociales, cruzaba esta mañana esa conversación con una compañera de profesión por el texto que escribí apresurado ayer al mediodía. La curiosidad me ha hecho mirar ese par de redes sociales que habito con pereza para constatar que otro par de compañeros y colegas se mostraban relativamente intrigados por esa noticia que murió antes de nacer, y a la que prestaba ayer 26 líneas –creo recordar– en esta bitácora –yo también he venido a hablar de mi blog–. Por eso, casi por alusiones, me veo obligado a responder.

La noticia, que por desgracia ha tenido que competir con el terrorismo en Londres, es el exitoso ensayo clínico que Médicos Sin Fronteras ha desarrollado y que hará posible una vacuna para luchar contra el rotavirus en Níger. La infección, cuya principal evidencia es una diarrea aguda e imparable, acaba todos los días con la vida de 1.300 niños en África subsahariana. Sí, una diarrea que deja un Normandía diario de 1.300 cadáveres. Y una vacuna que puede acabar con la matanza diaria. Una buena noticia, que las hay, en la tierra de la desgracia, sirva por una vez el topicazo del día.

Inmunizados como estamos a que los empobrecidos no merezcan ni una coma en nuestro relato diario, ayer me aventuré a predecir que esa salvación para 1.300 niños –ay, si fueran de nuestro vecindario– ocuparía poco espacio en el periódico de hoy. Escribí eso apenas un par de horas antes de que un asesino por horas bajara el taxímetro de la muerte bajo las manecillas del Big Ben. Y ahí no había debate.

Eso sí, me hubiera gustado ver la nota de MSF un día cualquiera. Otro día. Entonces veríamos el resultado. Porque, a fin de cuentas, lo que les ocurre a los empobrecidos es su problema, aunque nosotros seamos los causantes. Ya lo vimos con el Ébola –que no existió casi nunca–; con los ahogados en el Mediterráneo –para los que al final tendrán que construir nichos en el lecho marino de tantos como son–; con los que siguen esperando en las fronteras de Europa –a pesar de que ya ha pasado el invierno–; o con los que quieren pasar el río Bravo –aunque el del pelo rubio teñido siga erre que erre con lo suyo–. O con cualquiera de las situaciones que resbalan por nuestra tranquilidad diaria. Que pasan indefensas frente a nuestras redacciones.

En la mayoría de los casos, y parafraseando a uno que ayer también fue noticia, esos asuntos nos importan un comino, nos importan un pimiento, un huevo, un rábano o nos importan un pepino, nos la trae floja, nos la suda, nos la trae al fresco, nos la pela, nos la refanfinfla… O nos la bufa.

Eso sí, algunos de los compañeros que me interpelaban, y con los que también he hablado por teléfono, me han confirmado que en sus medios sí se ha hablado de la vacuna, a pesar de mis augurios. A pesar de todo.

[Original escrito en Arial cuerpo 12. Palabras: 583. Caracteres sin espacios: 2.6778. Caracteres con espacios: 3.241. Párrafos: 15. Líneas: 46.]

La noticia que murió antes de nacer

Hoy se hará pública una noticia que debería ser portada de los telediarios al menos una semana. O dos. Pero casi estoy por asegurar que no lo será. Por motivos de obligada responsabilidad profesional no puedo avanzar de qué se trata –si tengo tiempo lo haré mañana–, pero me apuesto el café matinal de algunos días –corto de café– o el té con vainilla que comparto ahora al mediodía en casa, a que la noticia no aparecerá mañana con el espacio que merece, ni a primera hora, ni al mediodía, ni en las tertulias de la noche. Nada.
Se me ocurren varias cosas que pasarán por encima en el orden de preferencias. Algunas recordarán los exabruptos del de siempre, ese de pelo amarillo mal peinado. Otras, repetirán las luchas intestinas de algunos por un poder que perdieron hace tiempo. Habrá noticias, como outsiders, que se colarán en el plano sin haber pedido permiso, y que servirán para el debate de lo que gastamos en nuestro país en mujeres y alcoholes. Y, claro está, habrá segundos y más segundos para los deportes y las nubes.
Eso sí, lo que debería aparecer –y en esta ocasión no es ninguna tragedia– quedará descolgado a las primeras de cambio. No llegará ni a semifinales, ni a cuartos de final, ni a octavos de la Champions de las noticias. Pero estará, y será noticia, aunque no aparezca. O aunque hagamos que no aparezca.
Hace meses entrevisté a Martín Caparrós a causa de El hambre, uno de mis libros de cabecera. Le planteé una hipótesis: qué pasaría si los periódicos abrieran todos los días sus páginas con el número de personas que habían fallecido el día anterior a causa del hambre. Caparrós me vino a decir que a lo mejor la cosa cambiaba.
De momento me quedo con la intuición de que esa noticia que se anunciará hoy ya de noche quedará en el segundo cajón de nuestra mesilla de noche, ese en el que guardamos los calcetines que ya no nos vamos a poner. Por si acaso, estaremos pendientes de los boletines horarios.

[Original escrito en Arial cuerpo 12. Palabras: 349. Caracteres sin espacios: 1.528. Caracteres con espacios: 1.932. Párrafos: 5. Líneas: 26.]

Soroche

Los aymaras del altiplano boliviano llaman soroche a lo que nosotros llamamos mal de altura. Mi amigo Suso dice, con otras palabras, que es una putada. De buenas a primeras dejas de respirar. Y si uno no respira, se muere. Así de sencillo. El corazón se te queda en blanco, como un piso nuevo pendiente de la visita al Ikea de turno. Por eso, cuando quieres alcanzar las alturas de la capital boliviana, o a la cima todavía más alta de El Alto, te recomiendan no llegar directamente allí. Es preferible aclimatarte poco a poco a la altura. Pisar directamente aquella planicie (4.061 metros sobre el nivel del mar, según Internet) es jugarte el pellejo cuando la maleta todavía no ha salido por la cinta en el aeropuerto que conecta la capital boliviana con el mundo.

Soroche lo llaman ellos. Putada lo llama mi amigo.

Hace ya doce o trece años que estuve por allí. Pasé primero por Santa Cruz de la Sierra. Después por Cochabamba. Y acabé en El Alto, donde un obispo salesiano natural de Murcia, Jesús Juárez, nos esperaba para ofrecernos una tisana de coca con la que aliviar o prevenir el puñetero soroche. El caso era no ceder al enemigo de la altura.

Cerca de la plaza de San Francisco, donde dormí aquellas noches paceñas, con un semáforo en rojo, eché el pie demasiado deprisa para cruzar una calle de cuatro carriles. Y el soroche amagó con una punzada en la nuca y un pequeño mareo. Entonces, nuestro penúltimo anfitrión nos desveló los ingredientes de una fórmula secreta que venía con rima: “Aquí, en La Paz, hay que comer poquito, y andar y joder despacito”.

En estos días de cláusulas suelo por devolver, de sentencias que se interpretan dependiendo de quién haya o no cometido el delito, de puertas que no dejan de girar y de cabreos que no dejan de aumentar, se me viene con frecuencia a la mente la fórmula para evitar el soroche. A base de crisis consecutivas nos tendremos que acostumbrar a comer poquito y a que, aunque despacito, nos sigan jodiendo. Vamos, una putada, como diría con otras palabras mi amigo Suso.

[Original escrito en Arial cuerpo 12. Palabras: 361. Caracteres sin espacios: 1.672. Caracteres con espacios: 2.030. Párrafos: 5. Líneas: 33.]

Tripas

La Guajira es uno de esos territorios donde las lindes no se respetan. Allá donde unos hombres trazan líneas continuas que dividen, otros se encargan de hacerlas discontinuas para pasar a un lado y a otro como si fuera un juego. La Guajira, la tierra de los añú y los wayúu es uno de esos escenarios, donde la gente no entiende de naciones ni de banderas. En La Guajira, que encabalga sus tierras entre Venezuela y Colombia, entienden de hambre. La gente pasa hambre. Y la gente muere de hambre.

También los caballos. O al menos uno blanco metido hasta las tripas en el río Limón, que se comía una bolsa de plástico indiferente a mi presencia, a mi cámara. Plástico como menú.

Hace casi cinco años de mi paso por allí. En aquel lugar, vigoroso, la gente moría de hambre sin que nadie se diera cuenta. Mejor dicho, sin que nadie lo contara. Siempre es más atractiva la lucha de los Gobiernos de turno por el control fronterizo –o por el enfrentamiento testuz contra testuz de los presidentes, los ejércitos y las policías– que el hambre del pueblo. El hambre. El concepto apestado de nuestro mundo. Empachados de comodidades, el hambre que no sufrimos nos molesta. A nosotros se nos revuelven las tripas de ver unas tripas que no se llenan nunca.

Este miércoles he pasado al otro lado de la frontera. He pasado al lado colombiano de La Guajira. Lo he hecho sin pasaporte, sin visado, sin acreditación, sin necesidad de ir a Barajas. El viaje ha sido sencillo. En Metro. Hasta la estación de Alonso Martínez. He dejado la Librería Santa Bárbara a mi derecha. He girado a la izquierda por Fernando VI. Y luego, otra vez a la derecha, para enfilar la calle Barquillo. Número 38. Tercera planta. Rueda de prensa de Manos Unidas para dar a conocer su Campaña contra el Hambre. Saludo a un misionero con el que he estado hace poco en Nacuxa, en el norte de Mozambique, Eugenio López. Habla él, y habla Ruth Chaparro, que me abre la frontera de La Guajira colombiana, donde en los últimos cinco años han muerto más de 5.000 niños por causas vinculadas al hambre. Ruth no habla de subalimentación. Habla de hambre. No habla de malnutrición. Habla de hambre. No habla de desnutrición. Habla de hambre. Pero no solo de hambre. Porque también “mueren de una enfermedad llamada desigualdad, exclusión, racismo, indiferencia, corrupción, libre empresa, deterioro ambiental, abandono…”.

Desde que conoce esta realidad no puede ver noticias en la tele que hablen de hambre. No porque se le revuelvan sus tripas, sino porque le duele. Porque sabe que el hambre duele, también físicamente. “Y si me duele a mí de verlo, solo imaginar el dolor de esas madres…”.

(Original escrito en Arial cuerpo 12.  Palabras: 463. Caracteres sin espacios: 2.180. Caracteres con espacios: 2.642. Párrafos: 5. Líneas: 34)

En (+-) 20 líneas

Mi abuela fue una mujer de pueblo que murió con poco mar en sus ojos. Mujer de interior y de interiores. Una mujer de secano, como la vid, como el olivo, como el cereal. El paisaje que la rodeaba hizo a la mujer. O viceversa.

En mis tiempos de televisión, días de decorado virtual, de entrevistas en un plató verde psiquiatra –solía decir yo–, contaba en cada programa con una espectadora. Fiel y atenta. Mi abuela. Y después, sobre su mesa camilla, casi siempre con un brasero de picón bajo las faldas, hacíamos nuestra tertulia particular. Ella siempre orgullosa de su nieto, y siempre admirada de la gente a la que preguntaba. ‘El mérito es de ellos, abuela’, le decía todas las semanas. Pero, junto al entrevistado, ella siempre se fijaba en un decorado que solo era real para sus ojos. El suelo de aparente madera, el mobiliario. Ahí, para no frustrar su admiración por cuanto veía, me encargaba de poner una mentira piadosa sobre su tapete de ganchillo blanco. ‘¿Te gusta, abuela? Y si no te gusta, se lo digo a los que lo montan’, le decía con la retranca y la guasa que compartíamos. Para qué saber que ese suelo y esos muebles no existían más que para sus ojos. La ilusión de mi abuela merecía una mentira piadosa que enmascaraba ese verde psiquiatra en el que preguntaba y escuchaba cada semana.

Su máquina de coser, que usó casi hasta su penúltimo día –y que ahora vive en mi casa– era testigo de aquellas conversaciones y de los muchos refranes y dichos populares con los que aderezaba cada sobremesa, y que todavía los nietos refrescamos con cierta frecuencia. Sus bisnietos, a algunos de los cuales conoció, no son ajenos a los dichos de abuela Tomasa, la abuela vieja.

Uno de ellos me acompaña hoy –día que rebautizo este blog– fresco como cada día que lo escuchaba en la mesa camilla. ‘Échame agua en esta boca. No me eches mucha ni me eches poca’. Un refrán para imaginar la indefinición, la duda, lo oscilante, lo que no precisa ser preciso ni exacto. Por eso hoy, cuando esta bitácora pasa de llamarse En 20 líneas a ser En (+-) 20 líneas, debo recordar a mi abuela, esa mujer de secano que murió con poco mar en sus ojos, y a la que daría igual que su nieto escribiera 20 líneas, 25, 13 o 17. ‘¡Qué bien escribes, nieto!’, me diría. Aunque ella y yo sabíamos que casi nunca eso era cierto.

[Original escrito en Arial cuerpo 12. Palabras: 422. Caracteres sin espacios: 1889. Caracteres con espacios: 2.307. Párrafos: 4. Líneas: 29.]

Asco

El estado de Borno es uno de esos lugares alejados del telediario de las tres del mediodía. Solo si los muertos superan los 30 o 40 tiene una remota posibilidad de robar 30 segundos a otros dolores más relevantes, aunque sean menos importantes, según la clasificación que un día me puso sobre la libreta de anotar Xavier Aldekoa. Ahí, en Borno, está Maiduguri, donde han muerto buena parte de los 20.000 caídos por las acciones de Boko Haram o por los excesos o errores –o ambos– del Ejército nigeriano.

Ahí, en ese lugar del olvido, están registradas 126 organizaciones humanitarias. ¿Muchas o pocas? No sé. Esa es la cifra. De todas ellas, según el gobernador de Borno, solo ocho están cumpliendo con lo que de ellas se espera. Para Kashim Shettima, que así se llama el señor, solo ocho ofrecen la ayuda que precisa la población, que es mucha –la población y la ayuda necesaria–. El bueno de Shettima ha señalado que frente a la necesaria labor de reconstrucción y rehabilitación que se necesita en la zona, las agencias internacionales –y los medios de comunicación, me atrevo a añadir yo– se ocupan demasiado de los campos de refugiados. Textualmente ha dicho que las organizaciones de ayuda “tienen fijación” sobre estos asentamientos en los que se eterniza la ‘muerte en vida’ de tanta gente.

Desconozco si por seguidismo, por peloteo o por qué, pero el gobernador ha incidido en una idea lanzada hace poco por su presidente, el nigeriano Muhammadu Buhari, quien ha acusado a la ONU y a las organizaciones de ayuda de exagerar las crisis humanitarias en el noreste del país para conseguir, de este modo, más donaciones y unos resultados más esplendorosos en su cuenta de resultados. En definitiva, de hacer caja a través del dolor ajeno.

Con las palabras de Buhari ha resurgido en mí la idea de escribir el guion para una película de la que solo tengo claros el arranque y el título. La secuencia inicial presentaría una sala de reuniones en la planta noble de una oenegé en la que el director de una agencia internacional, o cualquier seudoejecutivo empotrado en el mundo de la solidaridad, se dirige a su pléyade de empleados, arracimados en torno a una mesa que, imaginemos, es redonda. “Bueno, pues pobrecitos nuestros hermanos nigerianos (aquí podríamos decir también los sirios, por ejemplo), pero nos han salvado el año”. Ese sería el arranque. ¿Su título?, Asco.

Y sí, ya sé que de nuevo no he cumplido con las 20 líneas comprometidas.

[Original escrito en Arial cuerpo 12. Palabras: 422. Caracteres sin espacios: 2.029. Caracteres con espacios: 2.446. Párrafos: 5. Líneas: 36.]

En 19 líneas

El más viejo de entre todos los viejos no era el más sabio de entre todos los sabios, aunque él así lo creía. Hacía tiempo, mucho tiempo, cuando las canas de su cabello todavía eran grises, que no se adentraba en el bosque de palabras. No le gustaba sentirse interpelado por algo más grande de lo que él podía abarcar y no tener respuestas que ofrecer. Prefería quedarse con su pequeña vegetación interior; aquello que consideraba lo más importante dentro y fuera de sus entrañas. Le gustaban los nombres, pronombres, verbos, adverbios, adjetivos y conjunciones que salían de la cara interna de su esternón. Hoy, cuando los jardineros de las palabras reparaban un pretérito perfecto al que habían coaccionado en una frase mal puntuada, separándolo de su sujeto, llegó el más viejo de entre los viejos, aquel que no era tan sabio como él mismo creía, sacó una cerilla y la dejó caer sobre el texto que leían los más pequeños de todos los niños, esos que se atropellan de vez en cuando con las erres, con los diptongos y con los puntos seguidos que llegan sin avisar. Lo que comenzó a arder fue un relato de veinte líneas, veinte, ni una más ni una menos. Un folio contra el fuego inesperado. Cuando las llamas comenzaron a devorar el punto final, los jardineros de las palabras intentaron apagar el incendio. Salvaron diecinueve de aquellas líneas. Nadie sabía por qué era el más viejo de todos los viejos. Nadie sabía por qué se consideraba el más sabio de entre todos los sabios. Pero, con ese gesto, todo el mundo supo que estaban ante un pirómano.

[Original escrito en Arial cuerpo 12. Palabras: 274. Caracteres sin espacios: 1.277. Caracteres con espacios: 1.551. Párrafos: 1. Líneas: 19.]