Viernes de Dolores

Diecisiete o dieciocho minutos para las siete de la mañana. Estación de Metropolitano, en el Metro madrileño. Voy en dirección a Diego de León, camino del trabajo. En el andén de la estación unas letras de tonos naranjas indican en un panel que el próximo tren llegará en dos minutos, y comienzo a hacer cálculos. Si falta un cuarto de hora largo para las siete, el tren tarda dos, otros quince de trayecto, entre que subo tres tramos de escaleras, salgo de la estación, tres minutos por la cera de la derecha… Total, que a las siete y diez me estaré tomando el café con leche –“Corto de café”, repito siempre como si no lo supieran ya- en el bar de todos los días, con el sonido y las imágenes de las noticias en el canal autonómico, muy de fondo en mi conciencia.

Dos minutos, llega el tren. Abre puertas. Cierra puertas. Me siento. Es uno de esos trenes nuevos, sin divisiones entre los vagones, en los que casi nunca, a esas horas de la mañana, se oye nada. Pero hoy, antes de llegar a Cuatro Caminos, comienzo a escuchar un soniquete quejumbroso y cíclico. Cerca de Nuevos Ministerios comienzo a entender el lamento. Y entre esta estación y la siguiente, un señor mayor –de apariencia y de ánimo- nos dice que le ayudemos, que no tiene qué desayunar. Y da las gracias, por adelantado. Se abren y se cierran las puertas. Tres o cuatro segundos de silencio. Y el mensaje que se repite. Que le ayudemos, que no tiene qué desayunar. Y da las gracias, por adelantado. Hoy es Viernes de Dolores.

[Original escrito en Arial tipo 12. Palabras: 273. Caracteres sin espacios: 1222. Caracteres con espacios: 1493. Párrafos: 2. Líneas: 20]

One Response to “Viernes de Dolores”

  1. Primer acto del drama en torno a la terrible muerte de unos niños. El presunto asesino de nueve criaturas en Kandahar, el sargento estadounidense Roberto Bales, es rápidamente trasladado a EEUU para sustraerlo a las presiones del pueblo afgano, que reclama su lógico enjuiciamiento por los tribunales del país que ha sufrido la vejación. En Norteamérica se inicia una enérgica campaña para presentar al sargento Bales como una víctima de la presión bélica. Cabe hablar, por tanto, de su inocencia esencial. Estamos, dicen, ante un irresponsable. ¿Pero se trata simplemente de la presión bélica y de un aislado caso individual?
    Segundo acto del drama. El autor de los disparos de Toulouse, Mohamed Merah, dijo que quería vengar las recientes muertes de los niños palestinos a manos del ejército israelita. Resultado: otra vez niños muertos, pero en esta ocasión el rayo de la justicia desciende aceleradamente desde la cumbre del poder. Medio mundo, el poderoso, soslaya este extremo de la represalia por la muerte de niños palestinos, argumento tan deplorable, y acude con altas representaciones políticas francesas a los solemnes funerales por las almas de los pequeños judíos inmolados en el triste acto de venganza, ejemplarmente resuelto en pocas horas por una eficiente y esta vez higienizada policía gala.

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