Los cólicos del lactante de Jesús

Dos días después del parto, me imagino a la madre flojucha, con el cuerpo para pocas fiestas después del trasiego previo al alumbramiento. Dos días después del parto me la imagino con el alma todavía encorajinado y tembloroso porque las puertas se les cerraban, mientras las contracciones se aceleraban. O cuando las cancelas ni se les abrían, cuando ya los arreones de dolor hilvanaban costuras de desazón eternas. Dos días después del parto, me imagino un portal sucio y desordenado, que se mezcla con los recuerdos del padre, que tuvo que zarandear al pequeñajo para que rompiera en llanto, y que empleó para cortar el cordón un utensilio con forma de cuchillo que guardaba, envuelto en un trapo, en las alforjas de la mula. Dos días después del parto, me imagino ese primer llanto, o los lloros de la madre, o las imprescindibles lágrimas del padre primerizo. Y, con los dolores propios de las recién paridas, también me imagino el silencioso goteo de gentes de bien que llegaban a conocer al niño que había tenido la osadía de nacer en un pesebre. Dos días después del alumbramiento, me imagino también los pañales de humilde trapo puestos a secar en una lumbre que alimentaban los pastores con brazadas de sarmientos. Y también me imagino a los padres nerviosos e inseguros a la hora de coger al niño en brazos; sobre todo por las tardes, cuando le repetían implacables los primeros cólicos del lactante. Todo eso es lo que ocurre cuando decides que, siendo Dios, tienes que nacer hombre.

[Original escrito en Arial tipo 12. Palabras: 257. Caracteres sin espacios: 1238. Caracteres con espacios: 1494. Párrafos: 1. Líneas: 20.]

 

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