Asco

El estado de Borno es uno de esos lugares alejados del telediario de las tres del mediodía. Solo si los muertos superan los 30 o 40 tiene una remota posibilidad de robar 30 segundos a otros dolores más relevantes, aunque sean menos importantes, según la clasificación que un día me puso sobre la libreta de anotar Xavier Aldekoa. Ahí, en Borno, está Maiduguri, donde han muerto buena parte de los 20.000 caídos por las acciones de Boko Haram o por los excesos o errores –o ambos– del Ejército nigeriano.

Ahí, en ese lugar del olvido, están registradas 126 organizaciones humanitarias. ¿Muchas o pocas? No sé. Esa es la cifra. De todas ellas, según el gobernador de Borno, solo ocho están cumpliendo con lo que de ellas se espera. Para Kashim Shettima, que así se llama el señor, solo ocho ofrecen la ayuda que precisa la población, que es mucha –la población y la ayuda necesaria–. El bueno de Shettima ha señalado que frente a la necesaria labor de reconstrucción y rehabilitación que se necesita en la zona, las agencias internacionales –y los medios de comunicación, me atrevo a añadir yo– se ocupan demasiado de los campos de refugiados. Textualmente ha dicho que las organizaciones de ayuda “tienen fijación” sobre estos asentamientos en los que se eterniza la ‘muerte en vida’ de tanta gente.

Desconozco si por seguidismo, por peloteo o por qué, pero el gobernador ha incidido en una idea lanzada hace poco por su presidente, el nigeriano Muhammadu Buhari, quien ha acusado a la ONU y a las organizaciones de ayuda de exagerar las crisis humanitarias en el noreste del país para conseguir, de este modo, más donaciones y unos resultados más esplendorosos en su cuenta de resultados. En definitiva, de hacer caja a través del dolor ajeno.

Con las palabras de Buhari ha resurgido en mí la idea de escribir el guion para una película de la que solo tengo claros el arranque y el título. La secuencia inicial presentaría una sala de reuniones en la planta noble de una oenegé en la que el director de una agencia internacional, o cualquier seudoejecutivo empotrado en el mundo de la solidaridad, se dirige a su pléyade de empleados, arracimados en torno a una mesa que, imaginemos, es redonda. “Bueno, pues pobrecitos nuestros hermanos nigerianos (aquí podríamos decir también los sirios, por ejemplo), pero nos han salvado el año”. Ese sería el arranque. ¿Su título?, Asco.

Y sí, ya sé que de nuevo no he cumplido con las 20 líneas comprometidas.

[Original escrito en Arial cuerpo 12. Palabras: 422. Caracteres sin espacios: 2.029. Caracteres con espacios: 2.446. Párrafos: 5. Líneas: 36.]

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