Ni

Una perogrullada a tiempo evita dar dos vueltas en la línea circular de nuestro pensamiento sin saber muy bien en qué estación tenemos que bajar. Hace unos días, en clase con los alumnos, nos enfrascamos en que los textos además de correctos tienen que ser claros. No solo tienen que estar bien escritos, sino que, además, se tienen que entender. Y si, además, de eso, logramos que sean atractivos para el lector, entonces habremos cumplido parte de lo que de nosotros, contadores de historias, se pide. Para cerrar ese círculo, retomé el camino de la simpleza o de la evidencia. Tiré de recurso rápido y, desde luego, poco académico: ‘¿Lo contrario de la claridad qué es? La oscuridad. Y a oscuras no se ve, o se ve poco. Y estamos incómodos. Y no nos gusta… salvo para dormir. Pues eso pasa con las historias que escribiremos en cualquier sitio: si no son claras la gente se echará a dormir’. Ya ven, una parte del periodismo como cura para el insomnio.

“Cuando el periódico no tiene periodismo”.

Dejo ahí, colgado en la línea de arriba, un titular que leí el martes. Estas seis palabras coronaban un artículo de Ramón Pérez-Maura en ABC, en el que lamentaba el silencio de uno de nuestros medios de referencia, el New York Times, sobre el atentado de Londres de hace unos días. Silencio absoluto. Ni en portada. Ni en página par ni en impar. Ni en un faldón. Ni en una columna. Ni en un suelto. Ni en un comentario. Ni.

Nada. “Para quienes llevamos toda una vida dedicados a esta profesión el ejemplar del «NYT» del pasado jueves es causa de una inmensa depresión”, decía el autor. No sé si de ‘inmensa depresión’, pero sí al menos de ‘inmensa sorpresa’ para quien esto firma.

En unas páginas, las del NYT, silencio sobre la muerte a las puertas del Parlamento británico. En otras, vociferío de escuela de Primaria el primer día de clase a causa de uno que da patadas a un balón y que habla más que calla. Todo eso, lo uno y lo otro, conviviendo los mismos días. En unos, el hueco en blanco. En otros, el empalagamiento de un debate que arranca en un canutazo sobre fútbol, leyes y política a media noche, pero que transmuta en un debate nacional sobre territorialidad, nacionalismo, justicias e injusticias, cuentas del pasado, leyes, libertad de expresión y causas pendientes. De todo un poco a causa de las palabras de uno que se pone un pantalón corto y trabaja poco, como todos los de su gremio.

Cuando leí lo de Pérez-Maura lo comenté en la redacción con aquellos que comparto palabras, párrafos y reportajes todos los meses. Un compañero me dijo no estar de acuerdo con la crítica al silencio del medio norteamericano, por aquello de poner altavoz con las noticias a acciones que, sin él, pasarían al olvido mediático en un tuit y medio. Comentamos el efecto llamada que provoca el eco mediático. Vamos, un buen tema para el debate. Convinimos, con matices, que el silencio no era justo, como tampoco el exceso de atención que provocan los acontecimientos ocurridos en el hemisferio norte. Lo de siempre: nuestros muertos y nuestros dolores han muerto más y mejor que los muertos del otro lado de la frontera.

Lo del joven de calzón corto no lo hemos comentado. No por nada, sino porque no ha surgido el tema. Pero me causó tanto estupor el blanco nuclear del NYT como el griterío a causa del que da patadas a un balón –a veces mal y a veces bien–, en las páginas escritas en nuestra lengua, en los debates de nuestros diales, y en los informativos de nuestras pantallas. A veces por defecto y tantas veces por exceso.

Retomo el titular que dejaba ahí en soledad: “Cuando el periódico no tiene periodismo”. Entonces no es un periódico, es otra cosa.

[Original escrito en Arial cuerpo 12. Palabras: 652. Caracteres sin espacios: 3.009. Caracteres con espacios: 3.652. Párrafos: 8. Líneas: 46.]

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