La verborrea del 1-O

Hace unos días Twitter anunció que iba a multiplicar por dos el número de caracteres disponibles en su siempre exiguo espacio. Con amigos y compañeros tuiteros bromeé sobre lo que eso supondría: si habría que pensar el doble; si habría que divagar el doble; si habría que tontear el doble. Cierto es también que no me he parado a cotejar –y no pienso hacerlo ahora, que estoy dándole a la tecla- si eso ya es así, si no lo es, si es o será para todos o solo para algunos: 140 o 280 caracteres dan para lo que dan, y no nos vamos a pelear ni verbalmente por ello.

Bajo esa consideración –que no deja de ser en mi opinión más que una anécdota en medio de esta vorágine tuitera–, en otra red social, Facebook, percibo desde hace días que los mensajes se prolongan y prolongan y prolongan casi hasta el cansancio. Con todo este asunto que nos traen entre manos nuestros dirigentes, los de a pie, los de la calle, los de los colegios, los de las revistas, los de las panaderías, los del instituto, o sea, todos, nos vemos obligados a explicarnos más que antes. Mi duda es si por necesidad de pretender abarcar un tema muy complejo, que lo es, o por miedo al qué dirán, al qué pensarán los que están al otro lado.

Ayer me sorprendí a mí mismo en esa dinámica mientras alternaba, en esa red, palabras con silencios, sustantivos que aparecían y desaparecían, un montón de subordinadas, condicionales, adjetivos que veía oportunos e inoportunos al mismo tiempo. Todo un mar de dudas para intentar explicar que no me gusta que me mientan, que me intenten utilizar, que pretendan convencerme de cualquier modo, que me manipulen. Mi intención inicial y final era esa, pero terminé convirtiendo aquello en un discurso, en un monólogo al que yo mismo, después de publicado, le encontraba matices y recodos.

Quiero – más que confío- en que sean la palabra y las ideas las que traigan la solución a todo este follón. En este sentido, me parece muy saludable que también utilicemos los medios a nuestro alcance para expresar lo que pensamos o sentimos, porque la luz no siempre ilumina desde arriba. Pero, de momento, percibo en muchas ocasiones que la palabra, al menos en las redes sociales, en las conversaciones entre compañeros, en los debates improvisados en cualquier bar, se ha convertido en un instrumento de defensa, en una forma de agarrarse a los principios propios, o en una manera de verborrea que pretende al menos garantizar que el otro, el amigo que me lea, pueda entenderme. Y de momento, creo que ni así lo conseguimos. Una pena.

[Original escrito en Arial cuerpo 12. Palabras: 450. Caracteres sin espacios: 2.082. Caracteres con espacios: 2.529. Párrafos: 4. Líneas: 32.]

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