Sobre este blog

Un taxista de La Habana y mis alumnos en la Universidad han fraguado este blog. Uno cemento; los otros, arena. Yo espero convertirme en agua que dé forma a esta bitácora. Ni el primero ni los segundos se conocen; sin embargo se han unido en medio de mi historia personal. Aquel cubano, mulato y sonriente (redundancia pura del alma del país), tenía una historia que contar. Una historia sencilla. Una historia breve y honda. Una historia que nunca conté.

Mis alumnos, práctica tras práctica, dejan- en sus folios y mis manos- historias que merecen cinco minutos de lectura, y otros tantos de regusto en el paladar. Sus ojos y su teclado se han detenido ante el famoso elefante ‘trompa abajo’ que Barceló propuso en el centro de Madrid; en un viaje en Metro o un paseo por El Rastro. También han escrito sobre cómo ven ellos la televisión o qué piensan cuando perciben formas concretas de cercanía con los más desfavorecidos. Son historias que hay que contar, aunque no ocupen ni titulares, ni medias páginas, ni un faldón, ni un suelto. Hay que contarlas, porque la vida está ahí.

En cada ejercicio les pido varias cosas: que escriban bien las cosas que ven o sienten, que pongan rostro y nombre a lo que escriben,  y que lo hagan en 20 líneas. Como soy tan aprendiz como ellos -o más-, voy a intentar ponerme en su banco, en su anhelo de hacer bien las cosas y en su inquietud por todo lo que se mueve a mi alrededor.

Mariano Calvo, en el extinto diario Ya Toledo, el 5 de agosto de 1993, dedicó una columna a los currinches, a los aprendices de periodista que cada año deambulan por las redacciones de los periódicos. En las últimas líneas, en el momento de las conclusiones, Calvo manifestaba tener “fe en los currinches y en su inagotable capacidad para decir lo que de verdad pasa” porque “nunca como en estos días [el verano], en que los medios funcionan con la rienda floja, cabe el desliz de la verdad sin aditivos”.

Alguno de mis alumnos ya me saca ventaja en esta realidad de comunicación apresurada. Me proclamo currinche, tomo su testigo,  sus consejos y me dispongo al camino. Intentaré poner rostro y nombre a cada texto. Intentaré hacerlo bien. E intentaré hacerlo, texto a texto, en 20 líneas. En esta justificación, de momento, ya me he pasado en siete.