Mercedes Navarro y el Premio Herbert-Haag 2017

La red se rompió y fuimos libres.

Salmo 124,7b[1]

He tenido la suerte de acompañar a la biblista y psicóloga Mercedes Navarro Puerto a Lucerna (Suiza), donde el pasado domingo, día 19 de marzo, recibió el Premio de la Fundación Herbert Haag para la Libertad en la Iglesia correspondiente a 2017, premio que recibieron también la teóloga croata Jadranka Rebeka Anic y dos grupos de personas: Pilgergrupe “Kirche mit* den Frauen” y Initiantinnen und Initianten der Gleichstellungsinitiative. Aunque se mueven en ámbitos diferentes, en todos ellos se premió, fundamentalmente, su trabajo a favor de la igualdad real de mujeres y varones en la Iglesia y en la sociedad.

Tras serle entregado el premio, Mercedes pronunció un breve discurso de agradecimiento, en español, que fue traducido al alemán en una pantalla que pendía sobre el escenario, por lo que todo el público asistente –el acto era de entrada libre– pudo entender lo que decía la premiada. Esa noche y al día siguiente, muchas personas se acercaron a ella, emocionadas, para felicitarle y darle las gracias por sus palabras. Pensé que habría gente interesada en leerlas y le pedí permiso para publicarlas aquí. Me lo ha dado.

PALABRAS DE AGRADECIMIENTO. PREMIO HERBERT HAAG

(Mercedes Navarro)

Distinguidos miembros de la Fundación, estimado Presidente, señoras y señores:

Me siento profundamente agradecida a la Fundación Herbert-Haag por este inesperado premio, que es para mí reconocimiento y estímulo en la difícil tarea de construir la igualdad real de mujeres y varones en la Iglesia y en el mundo.

Este premio es una celebración de la libertad. Así lo entiendo, así lo vivo y lo comparto: como una fiesta, porque, aunque se me premia a mí, en mí se premia y se celebra una manera de ver el mundo y la iglesia, una manera de ser teóloga y hacer teología, un modo de entender la vida religiosa, de ser religiosa y estar en este estilo de vida encarnando un carisma. Toda esta cosmovisión se premia y se celebra porque está atravesada por la libertad, una libertad siempre en construcción. A través de mí, el premio celebra la libertad de muchas mujeres, de muchas teólogas, de muchas religiosas. Somos muchas, conectadas mediante objetivos y procesos que son a la par comunes y diversos. Eso me llena de una gran satisfacción. Formo parte de una hermosa historia de libertad de mujeres, de una historia de religiosas libres, de cuyas vidas y logros me siento heredera, y formo parte de un presente palpitante de vida libre, dentro y fuera de la Iglesia. Este premio me vuelve más agradecida y consciente y, dado que la consciencia aumenta la libertad, el premio me hace, también, más libre.

Soy lo que soy por ser religiosa. La vida religiosa ha sido y sigue siendo mi camino de libertad. Soy feminista y me comprometo por la igualdad humana y la transformación de este mundo y de la Iglesia como religiosa y gracias a que lo soy. Entré en la vida religiosa porque quería ser más libre. Mi vocación está fuertemente cimentada en la libertad. La decisión de unirme a una congregación cuyo espíritu es la liberación de los cautivos nació muy temprano y creció en un entorno social en el que se abrían puertas y ventanas a un futuro prometedor y entusiasta para la sociedad y la Iglesia. Era el año 1968. Un año que marcó simbólicamente un cambio cualitativo en mi proceso de libertad. En dicho proceso destacan mi vocación de teóloga y biblista, es decir, de pensadora y exegeta impregnada de conciencia feminista. Ser “teóloga feminista” incluye la libertad.

Cuando estudiaba Psicología en Salamanca, leí el “Examen de ingenios para las ciencias”, de Huarte de San Juan, médico y pensador español del siglo XVI, quien decía que al teólogo le corresponde el ingenio “caprichoso” (del latín capra), pues la finalidad de su pensamiento es abrir caminos inéditos y arriesgados, como hacen las cabras en el monte. Y yo supe que tenía ese “ingenio caprichoso”. Como teóloga y biblista feminista, busco “caminos de cabras” en el monte del pensamiento y esta búsqueda es, sin duda, un continuo desafío a la libertad. No estoy sola. Hoy, compartiendo este premio, me acompaña otra religiosa, teóloga y feminista, pero hay otras muchas religiosas pensadoras feministas compañeras de camino, que abren sendas inexploradas y arriesgadas, externas e internas, de libertad. A todas dedico este premio y doy sinceramente las gracias. Este reconocimiento es también reconocimiento de todas ellas.

Lucerna, 19 de marzo

 

 

[1] “Das Netz ist zerrisen und wir sind frei”, del salmo 124,7b, es el texto del reverso de la medalla que la Fundación Herbert Haag entrega a los premiados.

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De libertad y servidumbre

Prefiero una libertad peligrosa a una servidumbre tranquila.

María Zambrano

 

Las noticias se suceden de forma vertiginosa y da la sensación de que hace mucho que celebramos el Día Internacional de las Mujeres –creo que el nombre oficial es Día Internacional de la Mujer, en singular, pero a mí me gusta recordar que somos muchas y diversas–, cuando en realidad hoy hace justo una semana. Si fuera una celebración religiosa, aún estaríamos en la octava, así que quiero volver un poco sobre ese día, sin pasar rápidamente de largo, porque creo que no fue un 8 de marzo como otros. Es cierto que, como en años anteriores, se realizaron manifestaciones en muchísimas ciudades del mundo, pero este año había una novedad: la convocatoria de un paro internacional de mujeres, que en algunos países se tradujo en una auténtica llamada a la huelga, mientras que en otros, como el nuestro, se limitó a un paro de media hora, de 12 a 12,30 h. La idea era visibilizar lo que el trabajo de las mujeres –el remunerado y el gratuito, el público y el privado, el que se realiza fuera de casa y el doméstico– supone en todos los ámbitos de la sociedad y en todos los países.

Yo, a las doce en punto del mediodía, solté el ratón del ordenador y bajé al campus. Delante del aulario, adonde me dirigí, se estaba concentrando gente de los diferentes “estamentos” universitarios, sobre todo estudiantes y más mujeres que hombres. Una profesora improvisó un breve discurso para recordar lo que nos congregaba allí y para animar a todas/os a trabajar por la igualdad y a construir una sociedad sin discriminación ni violencia de género. Me llamó la atención un grupo de chicas que ofrecían pequeños lazos morados para enganchar a la ropa con agujas imperdibles. Parecían violeteras, aunque ellas no vendían sus ramitos: los regalaban. “¡Gentileza de las estudiantes de 2º de Historia!”, decían muy sonrientes, con ojos vivos, orgullosas de ser feministas, deseosas de expresarlo públicamente y contentas de sumar una iniciativa propia a la convocatoria general.

De las diferentes “crónicas” que recibí sobre las manifestaciones de ese día en diversas ciudades –yo no pude ir a la de Gijón–, me puso especialmente contenta la que me envió por mail una amiga de Madrid, algunas de cuyas impresiones quiero compartir: “Mi experiencia ayer en la manifestación fue muy emocionante. Acudí con un grupo de catorce mujeres y dos hombres. Fue una manifestación multitudinaria, desbordante. Había tanta gente que no se podía avanzar en ninguna dirección. Me recordaba la concentración por el No a la guerra. Nunca vi (ni siquiera en el 7N) tantas chicas jóvenes. Había clases enteras de institutos, universitarias formando sus propios grupos, y todo el mundo lo comentaba. La mayoría iba de negro riguroso. También había hombres. Algunas organizadoras pidieron que ellos pasaran al fondo y muchas mujeres se opusieron, pues era importante, decían, que fueran con nosotras, como nosotras, comprometidos a nuestro lado. Los discursos en Cibeles me parecieron muy buenos… Mostraban el feminismo como alternativa al sistema, como esperanza de un mundo futuro distinto… En fin, que era muy esperanzador. Había un grupo de chicas jóvenes que animaban a mujeres de más edad a unirse a ellas. Yo eso no lo había visto nunca… No sé, vi muchos signos diferentes, incluidos los slogans de las pancartas, algunos sumamente ingeniosos, más diversificados e inclusivos”. Mi amiga experimentó algo diferente, algo fresco. Savia nueva.

Una idea parecida se me cruzó mientras me colocaba en el chaquetón el lacito morado de las estudiantes de 2º de Historia. “Aquí está el relevo”, pensé, y sentí un gran alivio, no porque tenga intención de jubilarme del feminismo, ni hablar, sino porque las vi con muchas ganas. Yo, a su edad, apenas era consciente del patriarcado, del machismo… Vivía la servidumbre de género, pero sin experimentarla, sin ponerle nombre. Pero ellas lo tenían claro. Parecían hartas de sexismo, de marginación, de subordinación, como si, a pesar de su juventud, no les cupiera más injusticia en el cuerpo, y, al mismo tiempo, no se les veía resentidas ni, por supuesto, resignadas.

Recordé las generaciones de mujeres que tuvieron que romper moldes y abrir caminos insospechados para que hoy podamos ser feministas. Pensé, agradecida, en los pasos que nuestras antepasadas nos han evitado. No olvidé el precio que muchas mujeres pagaron y pagan por su emancipación, por su libertad. Pero creo que merece la pena, porque no sé si hay alguna servidumbre tranquila, pero la de género, sin duda alguna, es más peligrosa que la libertad. Y, afortunadamente, muchas jóvenes lo saben.

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El diccionario de María

No existe ninguna idea, proyecto o planteamiento que no tenga su origen en la palabra.

Antonella Broglia

Hoy, 1 de marzo, la Biblioteca Nacional va a conmemorar que el Diccionario de uso del español, de María Moliner, cumple 50 años[1]. La obra apareció con ese título, y aún lo tiene, pero todo el mundo lo llama “el María Moliner”, como si diccionario y autora fueran algo indisoluble. Y en cierto modo lo son. No en vano, María Moliner dedicó más de quince años a la elaboración del diccionario de español más completo y útil que existe; un diccionario de definiciones, sinónimos, expresiones y frases hechas, y familias de palabras, cuyo objetivo era airear, en palabras suyas, “el tesoro devotamente guardado en el arca oliente a siglos del Diccionario de la Academia” y que el lector comprendiera los conceptos y aprendiera a usarlos para comunicarse por escrito y verbalmente. Y lo hizo sola, en su casa y a mano, en el en el escaso tiempo libre que le dejaban su trabajo como bibliotecaria y las tareas domésticas.

María Moliner nació en Paniza (Zaragoza) el 30 de marzo de 1900. Era hija del médico rural Enrique Moliner y de Matilde Ruiz y tenía dos hermanos, Matilde y Enrique. Siendo ella pequeña, la familia se trasladó a Madrid, donde María estudió con sus hermanos en la Institución Libre de Enseñanza. Pero en 1914, su padre les abandonó y, poco después, Matilde Ruiz decidió volver a Aragón. Aunque lo empezó en Madrid, María acabó el bachillerato en Instituto General y Técnico de Zaragoza, en 1918, y tres años después se licenció en Filosofía y Letras, en la sección de Historia, la única existente entonces en la universidad zaragozana, con sobresaliente y Premio Extraordinario. Entretanto, se formó y trabajó como filóloga y lexicógrafa en el Estudio de Filología de Aragón. En 1922 ingresó por oposición en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. La destinaron al Archivo General de Simancas, pero poco después pasó al Archivo de la Delegación de Hacienda de Murcia, donde se casó con el físico Fernando Ramón Ferrando y nacieron sus dos primeros hijos, Enrique y Fernando, y, más tarde, al de la Delegación de Hacienda en Valencia, donde nacieron los otros dos, Carmen y Pedro. En 1946, se trasladó a Madrid y fue la directora de la Biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Madrid, hasta que se jubiló en 1970.

Durante la II República, colaboró intensamente en las Misiones Pedagógicas, ocupándose de la organización de las bibliotecas rurales y participando en la política bibliotecaria nacional. Su Proyecto de Plan de Bibliotecas del Estado (1939) es, quizás, el mejor plan bibliotecario habido en España. Pero acabada la Guerra Civil, el matrimonio fue depurado. Él, tras perder la cátedra que ocupaba, fue trasladado a Murcia; ella, muy degradada en el escalafón del Cuerpo, se quedó en Valencia. En 1946, Fernando Ramón fue rehabilitado y ocupó la cátedra de Física de la Universidad salmantina, y María se trasladó con sus cuatro hijos a Madrid.

A comienzos de los años 50, inspirada por un diccionario de inglés corriente, se propuso confeccionar, en poco tiempo, un pequeño diccionario, que finalmente, tras más de quince años de trabajo, se convirtió en el Diccionario de uso del español. Los hijos de María solían decir que eran cinco hermanos: tres varones, una mujer… y el diccionario. El que este año cumple medio siglo.

En 1972, fue propuesta para ingresar en la Real Academia Española, pero la institución la rechazó. Pesó en su contra que no era filóloga de formación, ni de profesión, y, por supuesto, que era mujer, pues habría sido la primera en ingresar en la RAE. Además, el Diccionario de uso del español cuestionaba, a menudo, el diccionario de la Academia… Afortunadamente, recibió otros reconocimientos.

María Moliner se jubiló en 1970, tres años antes de que se le manifestaran los primeros síntomas de una arteriosclerosis cerebral. Se quedó viuda, ya enferma, en 1974 y murió el 22 de enero de 1981, perdida la lucidez e incapaz de reconocer las palabras y utilizarlas. Ella, que fue una verdadera filóloga, en el sentido etimológico del término, una apasionada amante de las palabras. Por esa innegable condición de filóloga, me gusta pensar en ella como “mi María”. Además, como yo, era aragonesa y bibliotecaria…

Hay en mi barrio, en Zaragoza, una calle dedicada a ella, en cuya acera izquierda, medio escondido, está el “Callejón del Diccionario”. No hace falta explicar más, porque todo el mundo sabe qué diccionario es: el María Moliner, el diccionario de María. Erudición y cultura al alcance de todos.

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[1] La primera edición de la obra fue publicada por la editorial Gredos en dos tomos, el primero en 1966 y en segundo en 1967, y conoció veinte reimpresiones.

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Tolerar lo intolerable

La violencia de género y la sexual son una manifestación sociocultural que pone de relieve los diferentes niveles de tolerancia de la sociedad en cuestión.

Ana Silvia Monzón

Hace un par de domingos, en la misa dominical a la que asistió una amiga mía, el cura dedicó gran parte de la homilía al quinto mandamiento: no matarás. Aunque no lo nombró directamente, sus comentarios aludieron sobre todo al terrorismo islámico. Al terminar la eucaristía, mi amiga fue directamente a la sacristía:

-Buenos días.

-Buenos días…

-He visto el interés que ha puesto en hablar del quinto mandamiento, sobre todo en lo que afecta al terrorismo islámico.

-Es que es algo terrible.

-Sí, pero me ha sorprendido mucho que no mencionara ni una sola vez, aunque fuera brevemente, a las tres mujeres asesinadas por violencia machista en nuestro país en las últimas veinticuatro horas…

-¿Tres? Ah, no lo sabía…

-… porque esos asesinatos también atentan contra el quinto mandamiento y, además, han sucedido muy cerca.

-Ya, ya… De todas formas, sin conocer cada caso concreto y las circunstancias…

-¿Cómo? ¿Es que piensa usted que hay circunstancias que justifiquen los feminicidios? Mire, si un hombre, por lo que sea, no está contento con una mujer, lo que tiene que hacer es dejarla, ¡no matarla!

-Sí, claro…

-¿Por qué no condenan pública, contundente y constantemente estos asesinatos? ¿Por qué no es un tema recurrente en las homilías? ¿Habla usted alguna vez de la violencia machista en las misas?

-No, no… No digo nada, porque pienso que a lo mejor hay algunos feligreses que maltratan a sus mujeres y no quiero violentarlos…

-¿Quéeee? ¡Pues si sospecha que tiene maltratadores delante, tendría que condenar la violencia machista con mucha más razón y vehemencia!

Mi amiga salió de la sacristía sorprendida e indignada, tal como me quedé yo cuando me contó la historia. Y es grave que sean muy pocos, poquísimos, los púlpitos en los que se habla de la violencia machista, o de los derechos de las mujeres, pero que se silencie el tema por no violentar, precisamente, a quienes hacen uso de la violencia contra ellas en todos sus grados, incluido el asesinato, no tiene nombre… Por otro lado, la sola idea de que pueda haber maltratadores y/o asesinos machistas entre los católicos fervientes –o cuanto menos, practicantes– debería hacer saltar todas las alarmas dentro de la iglesia, incluida su jerarquía, y alentar la adopción de todo tipo de medidas para que la práctica de la religión cristiana sea incompatible, desde todo punto de vista, con cualquier tipo de violencia machista. Pero no parece que sea así…

Desde el 19 hasta hoy, 22, ha habido siete víctimas mortales de violencia machista en nuestro país: una mujer de 79 años en El Campello (Alicante); una de 40 en Cartagena; una de 61 en Lérida; una de 40 en Pontevedra; una de 48 en Valencia; una de 47 en Gandía, y una de 34 en Santa Perpètua de Mogoda. A estas mujeres, hay que añadir las que en estos cuatro días, por seguir con la misma franja temporal, han sido agredidas brutalmente, pero no han muerto, y cuyo número es imposible determinar. Me gustaría saber cuántos curas hablarán de esto en las eucaristías de hoy, de mañana, del domingo que viene… Pero sería injusto por mi parte criticar solo el silencio sobre este tema en las iglesias y no decir nada del mutismo –o, lo que es peor, de las palabras vacías– y la apatía de los poderes públicos al respecto, y de la insensibilidad de la sociedad, en general, ante la violencia machista, que nunca se considera un problema de primer orden, quizá porque las afectadas son siempre y “solamente” mujeres y niñas/os…

Puedo entender la complejidad del problema y de las soluciones, puedo entender que son muchos los ámbitos en los que hay que actuar, que todo necesita tiempo, que los procesos sociales son largos, que a veces no se acierte con las medidas adoptadas, pero lo que no soy capaz de comprender ni de aceptar ni de soportar es que se tolere lo intolerable. Y casi todo alrededor me dice que se tolera..

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Parresía

Debemos animarnos entre nosotras a no callarnos bajo ningún concepto.

Mary Beard

Por motivos relacionados con mi tesis doctoral, esta semana he estudiado y trabajado la tragedia de Eurípides titulada Fenicias, cuyo argumento se centra, fundamentalmente, en el conflicto entre los dos hijos varones de Edipo, llamados Eteocles y Polinices. El motivo de la discordia entre ambos, en muy pocas palabras, era que habían acordado ocupar el trono tebano de forma alternativa en periodos de un año, pero cuando le tocó a Eteocles entregar el cetro a su hermano, no lo hizo y, además, desterró a Polinices, por lo que este reunió un ejército extranjero y volvió a Tebas, dispuesto reclamar con armas lo que era suyo. Yocasta, su madre, intenta mediar entre sus dos hijos e impedir la guerra, pero no lo consigue. Así, Eteocles y Polinices acaban enfrentándose cuerpo a cuerpo ante una de las siete puertas de la ciudad de Tebas y se matan mutuamente.

No era la primera vez que leía esta tragedia, pero como suele pasar con todas las relecturas de cualquier texto, máxime si tiene hondura, encontré cosas que me habían pasado inadvertidas en otras ocasiones. Una de ellas fue una parte del diálogo entre Yocasta y Polinices, en el que la madre le pregunta a su hijo, que ha vivido en el destierro, qué es estar privado de patria y él le responde que lo más duro de soportar para un desterrado es no tener libertad de palabra, lo cual, según Yocasta, equivale a la esclavitud, porque “es propio de un esclavo no decir lo que piensa”.

La libertad de palabra, que en griego se expresaba con el término parresía, era una característica que diferenciaba a los ciudadanos libres de los esclavos, de los extranjeros y, por supuesto, de las mujeres. Solo los varones griegos libres podían tomar la palabra en el ágora. Un desterrado, obligado a vivir en una patria que no era la suya, estaba condenado a ser un extranjero allí donde fuera y, por tanto, a no tener libertad de palabra. El comentario de Yocasta, pues, resulta muy pertinente, pero confieso que al leerlo no pensé en el ágora ateniense, ni en los derechos de ciudadanía de los griegos, restringidos a muy pocos varones, ni en la libertad de expresión que defienden las leyes de los actuales estados democráticos y que violan los sistemas totalitarios, sino en la relación entre la esclavitud y no decir lo que se piensa. En todos los ámbitos.

Decir lo que se piensa… Decir lo que se piensa no es vomitar, sin ningún tipo de filtro todo lo que se pasa por la cabeza, caiga quien caiga. Pero, sin duda, decir lo que se piensa expone a quien lo hace, porque muestra su interior, aquello que sin sus palabras sinceras permanecería oculto o medio escondido o maquillado o ambiguo. Exponerse es arriesgarse no solo al juicio ajeno, sino también a la reacción de las/os demás. Decir lo que se piensa tiene consecuencias, positivas y/o negativas, pero no decirlo, también, porque callar por miedo esclaviza. Y mucho.

El miedo no nos deja ser lo que somos, ni decir lo que pensamos, ni hacer lo que queremos. El miedo paraliza y silencia. Pesa y asfixia. Ata y mata. Identificar qué callamos y ante quién puede darnos luz sobre dónde habitan y reinan nuestros miedos y quiénes son nuestros “señores”, es decir, aquellas/os a quienes entregamos nuestra libertad, aquellas/os que tienen poder sobre nuestras vidas y sobre nosotras/os mismas/os, quizá porque se lo damos…

En el ágora griega, no podían hablar con libertad ni esclavos, ni extranjeros, ni mujeres. Identificar en qué ágoras actuales y a quiénes se les niega la libertad de palabra o de pensamiento también puede ser muy esclarecedor para desenmascarar a los poderes que, a veces, incluso en nombre de la libertad, intentan no solo impedir que se liberen quienes viven en cualquier tipo de esclavitud, sino esclavizar de muy diversos modos a quienes son libres.

Dice Pedro Casaldáliga que lo contrario de la fe no es la duda, sino el miedo. Y, según el diccionario de griego-español que tengo en mi casa, la libertad de palabra, la parresía puede traducirse como sinceridad y franqueza, pero también como alegría y confianza. Parece, pues, que la confianza podría ser condición y consecuencia de la libertad de palabra, porque una y otra se alimentan mutuamente y se hacen crecer.

Confiar y hablar. Hablar y confiar. Parresía.

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Luz que ilumina

El amor no es consuelo. Es luz.

Simone Weil

 

Hoy, 2 de febrero, la iglesia católica ha celebrado la fiesta de la Presentación de Jesús en el templo y la de la Purificación de María. También se le llama fiesta de la Luz o de las Candelas. Parece un buen día para pensar en la luz.

La luz. Para quienes vemos, es difícil imaginar un mundo sin ella, aunque cerremos los ojos, porque sabemos cuál es su efecto cuando rompe –más bien, disipa– la oscuridad. La función de la luz es iluminar, sacar de las tinieblas, hacer visible lo que está oculto bajo las sombras. De alguna manera, es como la palabra, que rasga el silencio y nombra la realidad dándole forma, es decir, creándola. Por eso, suele decirse que lo que no se ve, aquello que no se nombra, no existe, aunque esté ahí…

Por eso, hoy quiero hablar algunas mujeres que han sido recientemente “iluminadas” y, por tanto, han salido de la noche en la que el silencio y el olvido las tenían sepultadas. Me refiero a las protagonistas de la película Figuras ocultas, film dirigido por Theodore Melfi y basado en un libro, del mismo título, escrito por Margot Lee Shetterly, que pone el foco sobre las matemáticas afroamericanas que, a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta del pasado siglo, trabajaron como computadoras humanas –entonces no había ordenadores– realizando complejas ecuaciones que hicieron posibles los primeros pasos de la carrera espacial estadounidense, concretamente sobre tres de estas matemáticas, Katherine Johnson, Dorothy Vaughan y Mari Jackson, mujeres excepcionalmente brillantes.

Dorothy Vaughan (1910-2008), empezó a trabajar en la NASA[1] en 1943, que entonces se llama NACA[2], y se jubiló en 1971. Fue la primera afroamericana que logró ser jefa de personal en dicha administración, se especializó de manera autodidacta en computación y en el lenguaje de proramación FORTRAN y contribuyó a proyectos relacionados con pequeños satélites. Mary Jackson (1921-2005), en 1958, tras siete años como calculadora humana, logró ser la primera ingeniera negra de NASA, para lo que tuvo que luchar en los juzgados, pues el único centro en el que podía formarse era exclusivamente para blancos, y trabajó mucho para que la NASA contratara a mujeres y las promocionara. Khaterine Johnson (1918), que aún vive, entró en el equipo de computadoras humanas en 1953, pero acabó en la División de Investigación de Vuelo, donde calculó las trayectorias de los primeros estadounidenses enviados al espacio –Alan Shepard en 1961 y John Glenn en 1962–, trabajó en la misión Apolo 11, que permitió que el ser humano pisase la luna en 1969 y sus cálculos fueron claves para lograr que los tripulantes del Apolo 13, en 1970, consiguieran volver a la tierra, después de quedar inutilizado el ordenador de la nave. Es la más reconocida de las tres protagonistas de Figuras ocultas y ha recibido varios premios, entre ellos la Medalla Presidencial de la Libertad, en 2015.

Figuras ocultas se centra en un periodo breve y concreto de la vida de estas tres científicas, que a su condición de mujeres añadían la de afroamericanas, lo que en un estado segregacionista como Virginia, a finales de los cincuenta y principios de los sesenta, suponía un grave problema. Resulta muy interesante ver cómo, en el trabajo, se les discrimina más por ser negras que por ser mujeres, mientras que en su entorno familiar, donde todos comparten raza, la discriminación de género es más evidente… En cualquier caso, la película no esconde los obstáculos que estas mujeres tuvieron que enfrentar, pero pone el foco especialmente en la fuerza y el empeño con que persiguieron sus sueños, en la inteligencia y el ingenio con que superaron los obstáculos, y en la confianza que tenían en sí mismas y en las demás.

Salí del cine con una maravillosa sensación de alegría y, sobre todo, de esperanza. Dos palabras sonaban repetidamente en mi cabeza: “¡Es posible! ¡Es posible! ¡Es posible!”… Katherine, Dorothy y Mary lograron, pese a todo, que sus ideas y su trabajo incidieran en su entorno y en la Historia, con mayúsculas, aunque no recibieron el reconocimiento que merecían, o lo recibieron tarde, como ha sucedido y sucede con tantas mujeres. Por eso es tan importante y tan justa la labor de rescate de figuras ocultas que están realizando tantas investigadoras. Y lo digo en femenino porque la inmensa mayoría son mujeres… y feministas.

Hoy, fiesta de la Luz, esta es mi pequeña contribución a esa tarea iluminadora.

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[1] National Aeronautics and Space Administration (Administración Nacional Aeronáutica y Espacial). La sede estaba en Langley (Virginia).

[2] National Advisory Committee for Aeronautics (Comité Asesor Nacional de Aeronáutica).

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Del infierno a la resurrección

Romper el silencio sobre la violencia sexual fue el principio de la esperanza.

Caddy Adzuba

 

El pasado lunes, día 12, estuvo en Oviedo Caddy Adzuba, la abogada y periodista congoleña que lleva más de quince años denunciando el uso de la violencia sexual contra las mujeres en su país, en conflicto desde hace dos décadas, como arma de guerra para conseguir objetivos militares. Vino invitada por la Agencia Asturiana de Cooperación al Desarrollo, para participar en un acto conmemorativo del 68º aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El evento formaba parte, asimismo, de la campaña “No habrá paz sin las mujeres” –la tercera que se celebra en Asturias– dedicada a las mujeres de la República Democrática del Congo[1], que ha dado lugar a varias iniciativas, entre ellas la elaboración de un documental en el que participan varias mujeres activistas por los derechos humanos en la RDC[2] y del que se proyectó un emocionante tráiler[3].

Caddy es una mujer menuda, de mirada serena y voz tan suave como firme, a la que le gustaría vivir tranquila, sin correr riesgos, pero que asume que no es ese su destino, al menos todavía. Por eso, en los últimos años ha recorrido medio mundo siendo la voz de las mujeres congoleñas víctimas de la violencia sexual, de las que nadie hablaba. Pero esta vez traía un mensaje diferente. “No quiero hablar como una víctima. Quiero ser la voz de la esperanza, la voz de mujeres valientes que dicen basta y quieren ocupar el sitio que merecen. Se acabó el llorar. Hemos vencido el miedo. Ya no somos víctimas, sino supervivientes”, dijo al comienzo de su intervención, que no fue una conferencia, sino algo parecido a una declaración amistosa, íntima, confidencial, hecha delante de cientos de personas que la escuchaban con un silencio sobrecogedor.

Adzuba contó que tras padecer una violencia sexual tan inimaginable como espeluznante, las supervivientes se sorprenden de estar vivas, porque “el sufrimiento que hemos soportado supera el entendimiento”. Parecía imposible que pudieran resurgir, pero lo están haciendo. Ellas. Las mujeres congoleñas han descubierto que la salvación no les caerá del cielo y han decidido ponerse manos a la obra. Después de la inhumana destrucción sufrida en sus cuerpos, las víctimas de la violencia sexual tienen que reconstruirse física y anímicamente y volver a ocupar su sitio en la sociedad, el que la violencia sexual les arrebató junto con su dignidad. Para ello, es fundamental recomponer las familias diezmadas y disgregadas, reunir en torno a cada mujer a los supervivientes, tarea muy difícil porque hay cientos de miles de personas desplazadas después de dos décadas de guerra. Difícil, pero no imposible… De hecho, lo están consiguiendo. Están localizando a miles de niños y niñas en la RDC, en otros países africanos e, incluso, en Europa… Y cuando recuperan a sus hijos e hijas, la fuerza de las mujeres se renueva.

Habló también de los aciertos y errores de la cooperación internacional. “Amar no es dar dinero”, afirmó, “sino empatizar de corazón, escuchar y respetar las prioridades de quienes necesitan ayuda” y denunció que muchas subvenciones no llegan a su país acompañadas de amor, sino de intereses: “por eso, la financiación no acaba con la guerra”… Hay muchas multinacionales y países que alimentan los conflictos armados por el beneficio económico que les proporcionan. A pesar de todo, Caddy cree que estos poderes económicos no son “entes”, sino personas y, como tales, tienen un corazón capaz de conmoverse y confía en que es posible hacerlo si se les muestra el sufrimiento que su codicia genera.

Las mujeres congoleñas apostaron por la vida, la dignidad y la justicia cuando aceptaron su condición de víctimas, contaron lo que les pasaba y denunciaron la parte de responsabilidad que tiene cada cual en el conflicto de su país, en general, y en la violencia sexual, en particular. Saben que corren riesgos, pero han decidido vivir sin miedo y están ganando la apuesta. Caddy, que se confesó cristiana, dijo que lo están logrando por la gracia de Dios. Ella no lo hizo, pero yo quiero dar forma a esa gracia en las personas que prestan una ayuda respetuosa, verdaderamente solidaria y motivada por el amor y la justicia, pero sobre todo en las mujeres congoleñas, en la fuerza que les hace salir del infierno, resucitadas de sus tumbas, y proclamar: “Estoy viva y nadie me va a parar”.

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[1] La primera se dedicó a las mujeres de Colombia, y la segunda, a las de Palestina.

[2] http://nohabrapazsinlasmujeres.com/descargate-las-postales-y-posters/

[3]El tráiler se puede ver en:

 http://nohabrapazsinlasmujeres.com/2016/12/trailer-rd-congo/

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Sordera polifónica

Es necesario aprender a oír de nuevo, y ese aprendizaje podrá ser tan contagioso como la sordera.

Ivone Gebara

 

El sábado pasado tuve la reunión mensual con las mujeres de mi grupo de teología feminista. Compartimos las reflexiones sobre un texto de Ivone Gebara, titulado “De la sordera de la comunicación”[1], en el que entre otras cosas habla de lo que denomina sordera polifónica, semejante a la ceguera blanca del Ensayo sobre la ceguera de José Saramago, causada no por ausencia, sino por exceso de luz. La sordera polifónica se produce también por exceso, en este caso de ruido, o mejor, de ruidos, en los que Gebara incluye voces, informaciones, interpretaciones… que nos ensordecen porque nos impiden oír las voces más débiles, las informaciones más comprometedoras y las interpretaciones más críticas…

Me hizo gracia la coincidencia, porque hace tiempo que me llama la atención y me molesta la estridencia de los mass media. Me pregunto muchas veces con qué criterio se seleccionan las noticias, que por otra parte se dan como si los hechos sobre los que se informa formaran parte de un reality show. En los debates, que se asemejan cada vez más a los programas de entretenimiento, no prima el análisis de la realidad desde diferentes perspectivas, sino el enfrentamiento entre los participantes, los cuales no suelen escucharse y, además, parecen estar haciendo oposiciones a profeta. Y no me refiero a la profecía en su faceta de denuncia, sino en la de anticipar el futuro, como si analizar la realidad fuera, sobre todo, un ejercicio adivinatorio. Por otro lado, me sorprende el tiempo y el espacio que los medios de comunicación dedican a los detalles ‒repetidos hasta la saciedad y a menudo carentes de interés real‒ de las noticias estrella, las cuales lo son, precisamente, por la cobertura que les dan los medios, no por su repercusión en las vidas de las personas. Me mosquea asimismo la excesiva atención que reciben algunas noticias y la facilidad con la que se abandonan por completo para volcar el interés en otras más recientes. Y sé que nada de esto sucede por casualidad y que el objetivo es tenernos entretenidos en unas cosas y despistados de otras, es decir, hacernos víctimas pasivas de sordera polifónica.

¿Es posible frenar e incluso revertir el proceso de ensordecimiento?, ¿qué puede ayudarnos a descubrir la propia sordera?, ¿quién produce el exceso de ruidos?, ¿a quiénes beneficia y a quiénes perjudica nuestra sordera?, ¿qué voces se aplastan o se desoyen?, ¿cómo podemos conservar una actitud crítica, cómo podemos evitar este ensordecimiento sin aislarnos?

Ivone Gebara cree el antídoto para esta sordera es aprender a oír de otra manera, empezando por comunicarse desde el alma, a la que define como “esa metáfora que intenta expresar nuestros deseos más bonitos, nuestras esperanzas personales y colectivas. El alma es una forma poética de hablar de nuestros sueños, de nuestras utopías, de nuestras aspiraciones, de nuestra intimidad”[2]. Por tanto, destruir el alma, o no tenerla en cuenta, significa demoler lo más íntimo de las personas, volviéndolas “insensibles a lo más profundo que existe en los otros y en sí mismas”[3]. Creo que es esta insensibilidad es la causa y la consecuencia de esa sordera que impide que oigamos las voces de lo que no puede expresarse con palabras, como la naturaleza o los que han muerto, de quienes balbucean, porque no saben o no pueden encontrar palabras con las que expresarse, de quienes susurran, porque tienen poco poder o mucho miedo, de quienes gritan inútilmente, perdidos sus gritos en la algarabía de la comunicación convertida en pasatiempo, comunicación no solo ineficaz, sino paradójicamente aislante.

Personalmente, experimento el deseo de estar informada y comunicada y, al mismo tiempo, el desbordamiento de información y comunicación que me rodea. Me frustra la imposibilidad de prestar atención a todo lo que deseo y a todos los que quisiera. Siento que, para conceder tiempo y energía a algo o a alguien, tengo que restárselos también a algo o al alguien. Me aturde no saber dónde centrar especialmente el interés y noto que he perdido un poco la capacidad para contemplar. Pero también descubro que estar atenta a lo que me rodea, a lo más cercano, me conecta con todo lo demás, que lo que logro como ser humano afecta a toda la humanidad y la mejora misteriosamente, y que ninguna palabra tiene sentido si no nace de una verdad vital y va orientada al encuentro con los otros, con lo otro, sea cual sea su forma. Y no deja de ser paradójico que oír lo interior y lo cercano y comunicarse desde lo que cada uno es, lejos de fomentar el individualismo, enseñe a escuchar y lleve a lo comunitario. Aunque, que después de todo, comunidad y comunicación comparten la misma raíz…

.. 4.0 Internacional</a>.

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[1] El artículo fue publicado en la revista Tempo e presença, n. 315 (2001) y posteriormente recogido en Gebara, Ivone, La sed de sentido: búsquedas ecofeministas en prosa poética. Montevideo: Doble Clic, 2002, pp. 115-122. No he encontrado el texto en internet, por lo que no me es posible compartirlo aquí.

[2] “De la sordera de la comunicación”, en La sed de sentido, p. 118.

[3] “De la sordera de la comunicación”, en La sed de sentido, pp. 118-119.

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Hijas de Homero, hijos de Safo

¿De dónde extraerán las mujeres la suficiente autoafirmación para escapar del círculo de la violencia?

Soledad Murillo

 

Ayer, a las ocho de la noche, acudí a una conferencia de Ángeles Caso, titulada “Convirtiendo sueños en realidades. ¿Por qué es tan difícil escribir un libro?”[1], en la que la escritora desgranó su biografía como tal, es decir, hizo memoria de quienes le inspiraron el amor a la literatura y el deseo de provocar en los demás la misma emoción que a ella le causaban algunos relatos, repasó el camino recorrido hasta convertirse en escritora y apuntó sus dificultades para dedicarse a la escritura, especialmente aquellas relacionadas con su condición de mujer.

Yo fui con tres amigas. Pronto nos dimos cuenta de que en la sala había muy pocos varones. Ángeles Caso agradeció explícitamente su presencia, porque “habitualmente los hombres no asisten a este tipo de actos”, o sea, los protagonizados por mujeres, lo cual está muy relacionado con uno de los problemas a los que se enfrenta la literatura hecha por mujeres. Me refiero a que dicha literatura se califica siempre como “femenina” y se entiende dirigida solo o principalmente a mujeres, algo que no sucede con la literatura escrita por hombres, que nunca se apellida como “masculina” y se considera destinada a todas/os. Según esto, hay una literatura, sin adjetivos, escrita por varones y con valor universal, que transmite una visión de la realidad supuestamente neutral, que las mujeres compartimos y asumimos en cuanto seres humanos ‒sin especificidad de género‒, y una literatura femenina, escrita por mujeres desde una perspectiva subjetiva y parcial, con la que los varones no pueden y/o no quieren identificarse. Y quien dice una literatura, dice una ciencia, una teología, una espiritualidad, una historia, un arte… Ángeles Caso lo explicó muy bien cuando dijo que ella se reivindica como hija de Homero[2], pero los escritores varones no se identifican como hijos de Safo[3].

La causa de todo ello reside en que lo masculino y los varones siguen siendo paradigma de lo humano, y lo femenino y las mujeres, algo marcado con un significado –el género– que las singulariza –como si los hombres no tuvieran género– y, por tanto, les impide ser prototipo de nada que no esté igualmente marcado. Así, las mujeres solo pueden ser modelo para otras mujeres, mientras que los hombres pueden serlo para todas/os. Que las mujeres no seamos paradigma de lo humano, al menos en la misma medida en que lo son los hombres, tiene consecuencias, porque supone que, se diga lo que se diga, la realidad es que la marca de género nos resta humanidad y que, por tanto, se nos considera menos humanas que a los varones. Y esta consideración de las mujeres como seres humanos inferiores, consciente o inconsciente, explícita o no, está en la base de todos los tipos de violencia ejercida contra las mujeres, desde la más sutil –disfrazada de paternalismo, de condescendencia, de caballerosidad…–, hasta la más cruel –los malos tratos físicos y psicológicos, la tortura, la trata de mujeres con fines de explotación sexual, el feminicidio–, pasando por todas las discriminaciones y marginaciones laborales, económicas, sociales, culturales, religiosas, institucionales…

La conferencia de ayer fue, para mí, como un anticipo de lo que representa el día de hoy. El 25 de noviembre es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres y, como todos los años, en medios de comunicación e instituciones se ha puesto el foco en este problema, especialmente en su versión más grave, la que asesina solo en nuestro país a más de cien mujeres cada año, aunque las cifras oficiales las rebajen a menos de la mitad. Y yo, una y otra vez, tengo la impresión de que pretendemos remediar los síntomas de la violencia machista sin atajar sus causas, tan arraigadas que pasan inadvertidas y tan evidentes, a veces, que resultan increíbles. Porque increíble parece que las mujeres sigamos siendo consideradas seres humanos inferiores, pero a las pruebas me remito y, por supuesto, no solo a las que tienen que ver con la literatura…

Y pienso que si algunas mujeres soñaron ser escritoras, o científicas, o bomberas, o políticas, o lo que sea… e hicieron realidad sus sueños, a pesar de las dificultades que por ser mujeres encontraron para lograrlo, podemos permitirnos la esperanza de una vida en la que Safo sea tan maestra de todas/os como Homero, y cualquier varón, con su singularidad, pueda verse reflejado en la humanidad que una mujer representa y en la perspectiva con la que mira el mundo. La esperanza, en fin, de una vida digna y sin violencia.

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[1] La conferencia era el primer evento organizado por la Fundación 16 de 24: https://fundacion16de24.org/

[2] Autor de la Ilíada y la Odisea, que vivió en el siglo VIII a.C.

[3] Poetisa griega, nacida en la isla de Lesbos en la segunda mitad del siglo VII a.C.

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Recuerdos históricos

Antes se creía que solo algunas vidas alcanzaban lo histórico; hoy sabemos que toda vida es, por lo pronto, histórica.

María Zambrano

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El 10 de octubre siempre ha sido una fecha señalada en mi familia, porque dicho día de 1936 mi abuelo paterno José, a quien debo el nombre, y su hermano Luis salieron de casa y nunca volvieron. Los dos eran guardias municipales del Ayuntamiento de Zaragoza y, aunque tenían más de treinta años cuando empezó la guerra civil española, fueron militarizados y reclamados por el consistorio zaragozano para unirse a la rebelión franquista. Pero ellos eran republicanos y socialistas, miembros de la Unión General de Trabajadores, y no se presentaron. Sabían que su deserción tendría consecuencias, así que decidieron escapar a la zona republicana y la madrugada del 10 de octubre de 1936, muy de noche, salieron de la ciudad, por los campos, en dirección a Valencia. Llovía a cántaros.

Poco tiempo después se empezó a susurrar por el barrio que habían pillado a los hermanos Ferrer en los montes de María de Huerva, un pueblo a pocos kilómetros de Zaragoza, y que los habían matado. Ni mi abuela ni su cuñada se resignaron del todo a creer lo que se decía y, mientras duró la guerra, tampoco pudieron comprobar si era cierto. En noviembre de 1939 lo hicieron. Fueron a los montes de María y encontraron el lugar donde habían enterrado, a poca profundidad, los cuerpos de sus maridos. Los cráneos demostraban que les habían matado de un tiro en la cabeza. Mi abuela supo cuál era el cadáver de su marido –los esqueletos conservaban la ropa y los zapatos– y le arrancó los dientes, porque quería conservar algo de él, algo que poder mirar y tocar… Crecí viendo de vez en cuando, como lo más normal del mundo, los dientes del abuelo José –que siempre tenía 36 años– dentro de una cajita de madera que la abuela guardaba en su armario, perfectamente ordenado y con olor a naftalina, y que ahora conserva mi madre, treinta años después de la muerte de su suegra.

Entre otros papeles relacionados con mi abuelo, tengo en mi casa la documentación relativa al traslado de los cuerpos de José y Luis desde María de Huerva hasta el cementerio de Zaragoza, donde fueron enterrados juntos. Solo el transporte costó 180 pesetas. No sé a qué cantidad de dinero equivaldrían actualmente, pero sin duda fue un gasto enorme para mi abuela y su cuñada, que además tenían hijos y ninguna posibilidad de obtener una pensión de viudedad. Imagino que limpiaron muchas casas e hicieron muchas coladas para pagar…

Mientras mi abuela se valió, iba varias veces al año a visitar la sepultura de los hermanos Ferrer. Yo solía acompañarle y recuerdo la sensación de sosiego que me invadía cuando entrábamos en el cementerio y recorríamos sus calles flanqueadas por cipreses y luminosas incluso en invierno. Nunca, ni aun siendo muy niña, me dio miedo o impresión ir allí, quizá porque era el lugar donde vivía mi abuelo, en una tumba de alquiler presidida por una cruz de hierro que había forjado mi padre de joven. Cuando murió mi abuela, sacaron los restos de los dos hermanos y los enterraron en el nicho donde ella descansa.

Las muertes violentas de José y Luis Ferrer no generaron ningún derecho económico para sus viudas, puesto que no habían muerto militando en el bando vencedor, pero si alguien le preguntaba a mi abuela sobre su estado civil, ella siempre decía que era “viuda de guerra”, lo que legalmente no era verdad, porque viudas de guerra, durante el franquismo, solo eran aquellas cuyos maridos habían muerto luchando con los mal llamados “nacionales”. Con su autoproclamación como viuda de guerra mi abuela reivindicaba que los muertos de ambos lados valían lo mismo, aunque la ley entonces vigente dijera lo contario. Por eso, cuando se promulgó la Ley 5/1979, de 18 de septiembre, sobre reconocimiento de pensiones, asistencia médico-farmacéutica y asistencia social a favor de familiares de fallecidos como consecuencia de la guerra civil, mi abuela dio por cerrada una etapa y, de alguna manera, se relajó y su viudedad dejó de ser un símbolo para convertirse simplemente en el estado civil por el que tantas veces le preguntaron a lo largo de su vida

Mi abuela siempre decía que ella y sus tres hijos pagaron muy caros los ideales de su marido, que en realidad compartía… Creo que era el modo de reprocharle a aquel hombre al que adoraba que la hubiera dejado sola en una situación tan difícil y también una reflexión, fruto de la experiencia, sobre las consecuencias que puede acarrear la defensa de una causa. Y cuando vio que en nuestro país no solo volvía a ser posible la democracia, sino un gobierno de izquierdas, experimentó algo parecido al consuelo, como si la muerte de mi abuelo adquiriera por fin sentido… Para entonces, aunque todavía hilaba bastante bien las cosas, ya estaba enferma de Alzheimer.

Murió en 1987, sin saber quién era y sin recuerdos. Quizá por eso, el pasado 10 de octubre quise contribuir a completar la Historia contando una pequeña parte de la suya. Y hoy, casi un mes después, lo he hecho.

 

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