15M o el despertar

 

La forma más común de renunciar al poder es pensando que no lo tenemos.

Alice Walker

Trabajo en un edificio de principios del siglo XVII: muros de sillería, suelos de madera, techos altos… Todo el inmueble transmite serenidad, especialmente la biblioteca, una de cuyas salas hace años que no se abre al público más que para visitas turístico-culturales, aunque no siempre fue así. Durante más de dos siglos, esa sala fue testigo del paso de muchas generaciones de estudiantes y profesores –hasta bien iniciado el siglo XX, solo varones– que hallaron en ella un espacio privilegiado para el estudio, la investigación y las relaciones sociales. Es una sala preciosa, cuyas paredes, totalmente recubiertas de madera y estanterías, custodian miles de libros –casi todos anteriores a 1900– encuadernados en piel o en tela, con los lomos descoloridos por la dilatada exposición a la luz. Las mesas y los asientos son de roble macizo y forman un conjunto muy poco ergonómico, quizás incómodo para el estudio, pero profundamente atractivo y cálido.

Ayer estaba prevista la visita de un grupo que se retrasó más de tres cuartos de hora, tiempo que yo pasé en la sala, esperando. El silencio era casi perfecto, atenuado tan solo por el suave zumbido de las barras fluorescentes disimuladas en las cornisas y por los levísimos crujidos que la madera del suelo produce al dilatarse o contraerse en su continua adaptación al ambiente. Recorrí la sala de una punta a otra, zigzagueando entre unas mesas cuya superficie está repleta de graffiti e incisiones –algunas, verdaderos bajorrelieves– que, sobre todo, dibujan nombres propios, solos o emparejados, pero también frases curiosas, como “si has llegado hasta aquí, siéntate y estudia”, o “la sabiduría me persigue, pero yo soy más rápido”…

En ese contexto de silencio y sosiego, tan parecido al de una iglesia vacía, las palabras grabadas en las mesas me sonaron como proclamaciones en voz alta de presencias reales, vidas concretas: trabajo, esperanzas, alegrías, logros y frustraciones, aprobados y suspensos, esfuerzos y cansancios, miradas cómplices –nacidas del amor o de la clandestinidad política–, horas de aburrimiento o de inspiración, de pasión intelectual o de muelle abandono… Me di cuenta de que la sala, en su aparente quietud, estaba llena de vida, y no solo por los libros que abarrotan las estanterías de sus paredes, sino sobre todo por el recuerdo de las muchas personas que entraron y salieron de ella buscando conocimiento, tranquilidad o, simplemente, un lugar donde reunirse cuando toda reunión era sospechosa. Me pregunté cuántos de aquellos hombres y mujeres, si estuvieran vivos, se unirían al 15M y cuántos de los que todavía andamos por aquí nos unimos de pensamiento, palabra u obra a dicho movimiento. Y espero no equivocarme si respondo que muchos, pues razones no faltan[1].

Alguien decía hace un par de días que el 15M es, sobre todo, una transformación interior, otra manera de mirar el mundo y de entender la actividad socio-política. En mi opinión, la conversión que propicia este movimiento es, ante todo, causa y consecuencia de un compromiso serio con la consecución de un mundo mejor, más justo, en paz, sin relaciones humanas de explotación y dominación, más cuidadoso con la naturaleza, menos esclavo del dinero y más humano, mucho más humano… Ese mundo con el que nos atrevemos a soñar cuando somos jóvenes y al que renunciamos de hecho –aunque nuestras palabras lo reclamen– cuando, tras los primeros fracasos y desilusiones, se instala en nuestras almas el desánimo –o la comodidad, pues de todo hay– y dejamos que este sistema perverso en el que vivimos nos convenza de que no podemos hacer nada porque la maquinaria no solo sabe rehacerse sola de las averías, sino que se perfecciona. Nos creemos, de verdad, que no tenemos poder y, al hacerlo, renunciamos a él. Pero lo tenemos.

El 15M es solo una prueba de ese poder que albergamos en nuestro interior y que se multiplica cuando lo sumamos al de otros hombres y mujeres y lo compartimos como iguales. Los intentos de desacreditar el valor del movimiento, de minimizar sus logros y de exagerar sus fracasos pretenden, sobre todo, impedir que descubramos nuestro poder y hagamos uso de él, individual y colectivamente, en iniciativas parecidas.

Sé a ciencia cierta que en la sala hoy vacía de la biblioteca en la que trabajo se fraguaron muchas ideas cuyos efectos estamos disfrutando sin saber del todo a quién dar las gracias. Y también sé, con la misma certeza, que a lo largo del año que hoy se cumple, desde el nacimiento del 15M, han surgido muchas iniciativas –y en adelante nacerán muchas más– cuyas consecuencias aún no podemos medir. Su potencial, sin embargo, se adivina sin esfuerzo porque, cuando las conciencias despiertan, es muy difícil volver a adormecerlas. Y creo que, esta vez, estamos despertando de verdad.


[1]No hay más que mirar la lista de motivos que Miguel Ángel Vázquez esgrime en el primer post de su recién estrenado blog “Cristianxs indignadxs” (http://blogs.21rs.es/cristianxsindignadxs/2012/05/11/10-motivos-por-los-que-acudir-al-12m15m/). Desde aquí, le doy mi bienvenida, con mis mejores deseos, a la blogosfera de 21.rs.

Hablar o callar

Si no se puede hablar, al menos hay que poner en evidencia los mecanismos que condenan a callar.

Ermina Herrera Ventura

 

El jueves pasado, un locutor de la radio me hizo creer, equivocadamente, que se celebraba el Día de la Libertad de Expresión, cuando en realidad, como descubrí luego, se conmemoraba tan solo el Día de la Libertad de Prensa. No obstante, el error inicial me pareció uno de esos lapsus que no suceden porque sí, sino como un reflejo inconsciente, en este caso, del profundo deseo de ampliar la celebración a algo que nos incumbe a todas/os.

La libertad de expresión está reconocida en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, un documento que, por cierto –me recorre un escalofrío por la espalda al recordarlo–, el Estado Vaticano no ha firmado, aunque desconozco por qué. De puertas afuera, supone un verdadero escándalo para el resto del mundo que la Iglesia católica –parece inevitable que se identifique al Vaticano con toda la Iglesia– no se adhiera a dicho documento, aunque la mayoría de los hombres y mujeres que formamos la comunidad eclesial seamos convencidos defensores de tales derechos. De puertas adentro, la cuestión es aún más grave, si cabe, porque supone el abierto reconocimiento de que las/os fieles cristianas/os, en cuanto miembros de la Iglesia, no podemos apelar, en su seno, a nuestros derechos como seres humanos.

Sin ir más lejos, la jerarquía católica puede controlar y censurar las expresiones de sus fieles. Puede, por tanto, condenarles al silencio. Y se sirve, para ello, del Derecho Canónico, es decir, del ordenamiento jurídico propio de la Iglesia Católica, un ordenamiento que refleja y sostiene la estructura de la institución regulada con sus normas: una pirámide en cuya cúspide se encuentra el Papa, como monarca absoluto, que lo es, además, por la gracia de Dios. Y no lo digo con acritud, sino con tristeza.

Muchas personas han experimentado a lo largo de los siglos el control y la censura institucionales. A menudo, son las/os teólogas/os quienes más cerca sienten en la nuca el aliento de los censores. A algunas/os se les ordena retractarse de las conclusiones a las que honestamente les han llevado sus investigaciones teológicas, a otras/os se les condena al silencio, o al exilio, si deciden no callar. Pero nadie escapa a la vigilancia institucional. La reciente amonestación a la LCWR –la conferencia de religiosas que reúne a un alto porcentaje de congregaciones femeninas de los Estados Unidos– demuestra que el aparato eclesiástico no solo puede silenciar a quienes no dicen aquello que se espera que digan, sino que también puede condenar su silencio, si no se adhieren públicamente a las consignas oficiales. De cualquier forma, las/os católicas/os, en cuanto tales, no tenemos derecho a la libertad de expresión. Mejor dicho, lo tenemos, puesto que somos seres humanos, pero no nos es reconocido por esa mínima parte de la Iglesia que es la jerarquía, por lo que podemos ser castigadas/os por ella de diversas formas, algunas muy duras, si insistimos en ejercerlo.

A menudo me pregunto por qué esa necesidad de censura y control, y sinceramente no me sirve el argumento de mantener la pureza de la doctrina, como si Dios no tuviera ya nada que decir a la humanidad y, en concreto, a la Iglesia, como si la Ruah de Dios, su Espíritu, se hubiera jubilado, como si las generaciones presentes y futuras no tuviéramos más tarea que aceptar acríticamente a lo que ya se ha dicho de una vez y para siempre, como si no hubiera nada que revisar, nada que reinterpretar, nada que actualizar, nada que descubrir… En nombre de la ortodoxia, además, nuestra Iglesia ha cometido muchos errores por los que, más tarde, ha tenido que pedir perdón.

La experiencia cotidiana –en casi todos los ámbitos de la vida– me dice que la principal motivación para la censura y el control suele ser el miedo de quienes tienen posiciones de privilegio a perder su poder, y que la mejor herramienta para censurar y controlar es una normativa hecha a medida de tales privilegios, una normativa que legitime y facilite la exclusión de quienes no piensan igual y se atreven a decirlo.

Desgraciadamente, el miedo que motiva el deseo de control y los mecanismos para conseguirlo no son, en la Iglesia, monopolio de la jerarquía, aunque su ejemplo cunde hacia abajo, haciendo que algunas personas que ocupan puestos intermedios en la pirámide actúen del mismo modo, obligando a otras/os a la sumisión o al exilio. Sumisión… ¡Qué triste forma de pertenencia a la comunidad! Y, sin embargo, se trata, a menudo, de la única opción para quienes se niegan a abandonar su casa, entre otras cosas, porque es suya. Y nadie debería tener poder para echarles.

Sí, algunas/os se someten y callan… Al menos, durante algún tiempo; quizá con la esperanza de desenmascarar y denunciar, a través de la mudez impuesta, los mecanismos que obligan a callar; sin duda, con el temor a no sobrevivir al silencio o a no soportarlo y con el miedo a romperlo imprudentemente; a menudo, sin rastro de un nuevo sol en el horizonte, pero siempre con la confianza en que sus palabras, algún día, serán pronunciadas libremente –quizá por ellas/os, quizá por otras personas– y contribuirán a construir una comunidad a la que no le dé miedo reconocer los derechos de sus miembros.

¿Analfabetas? No, gracias

 

Estoy orgullosa de haber estado en un negocio que dé placer, cree belleza, despierte nuestra conciencia.

Audrey Herpburn

 

Trabajar en una biblioteca hace que pasen por mis manos libros que, de otra manera, difícilmente podría conocer. Esta semana, sin ir más lejos, tuve que manejar una tesis doctoral que versaba sobre el negocio del libro en el Madrid de los siglos XVI a XVIII. Parte de la obra consistía en un diccionario de impresores, libreros, mercaderes de libros y otro tipo de oficios relacionados con la producción y distribución de obras impresas. Movida por la curiosidad, dediqué unos minutos a buscar nombres de mujeres y encontré a sesenta y siete, entre impresoras, libreras, pergamineras, mercaderas y tratantas de libros, y oficialas de imprenta.

Unas pocas figuraban tan solo como “Viuda de”; de otras, apenas se consignaba más que el nombre y el tiempo que ejercieron su oficio, aunque había de quienes se daban más detalles sobre su vida y obra. Algunas ejercieron poco tiempo y en imprentas pequeñas y de escasa importancia, pero otras alcanzaron puestos relevantes, como Ana de Carasa, que fue “impresora de Su Magestad”, o la viuda de Manuel Fernández, impresora del Consejo de la Inquisición, o Esperanza Francisca Torrellas, librera de la Real Capilla, y las hubo que trabajaron durante décadas, como María de Quiñones, viuda de Juan de la Cuesta –el autor de la primera edición del Quijote–, que tuvo casi treinta años de actividad como impresora.

La casualidad puso en mis manos esta obra poco después del Día del Libro, una celebración que, un año más, ha invitado a reflexionar, en algunos medios, sobre el futuro del libro tal como lo conocemos desde hace más de cinco siglos y medio, porque, desde Gutenberg hasta hoy, la primera imagen que viene a la cabeza, cuando se habla de libros, es la de ese objeto cuadrangular formado por hojas de papel con texto impreso, a veces ilustradas, unidas por el lomo y protegidas por unas tapas.

Sin embargo, el libro es mucho más que la forma y el soporte en que se crea y distribuye. Existía antes de la invención de la imprenta y seguirá existiendo si esta desaparece. Antes de Gutenbert, la elaboración manual del libro, en todas sus fases, incluida la escritura y la iluminación, hacía que su fabricación fuera lenta y costosa. La imprenta fue una auténtica revolución que supuso una expansión, inimaginable hasta entonces, de la producción y la difusión librarias, ya que se pudieron fabricar muchos más libros y a un coste muy inferior. Esta expansión, lógicamente, propició a su vez la creación y la propagación del saber, favoreciendo con el paso de los siglos la alfabetización y la progresiva democratización del conocimiento.

La edición electrónica e Internet, que parecen poner en peligro el futuro del libro impreso, han vuelto a revolucionar el mundo editorial, facilitando su producción y agilizando su distribución de una forma tan sorprendente, que resulta difícil de digerir. En principio, las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías de la información y la comunicación deberían contribuir, como la imprenta, a la democratización del saber y de la cultura, y de hecho contribuyen, pero también encierran muchos riesgos que no conviene perder de vista.

De todos ellos, el más preocupante, en mi opinión, son los nuevos tipos de analfabetismo y pobreza que dichas tecnologías están generando, porque, en la actualidad, no basta con saber leer o disponer de dinero suficiente para comprar un libro. Si se quiere acceder a la información en formato electrónico, no solo hay que contar con aparatos específicos (e-books, ordenadores, dispositivos móviles…) y con conexión a Internet, algo inalcanzable para millones de personas en el mundo, sino que hay que adquirir habilidades para manejarlos y, además, para moverse por la selva informativa en que se ha convertido Internet, donde no resulta fácil encontrar los contenidos deseados. Hablo, sí, de la llamada brecha digital, que divide a los grupos humanos según su capacidad para utilizar las tecnologías de la información y la comunicación de forma eficaz, debido a los distintos niveles de alfabetización y capacidad tecnológica, y que tiene como causa y consecuencia la diferencia socioeconómica entre unos grupos y otros.

Esta brecha no solo separa las sociedades más avanzadas de las que aún están en vías de desarrollo, o las clases más adineradas de las más empobrecidas. También tiene tintes de género, porque el analfabetismo informacional afecta más a las mujeres que a los varones, incluso en las comunidades desarrolladas. ¿Por qué? Los motivos son varios: hay muchas mujeres que no se han incorporado al mercado laboral; entre las que están incorporadas, hay menos mujeres que varones en puestos de trabajo que requieren y favorecen esta alfabetización; la mayoría cumple la doble jornada que supone ganar el sueldo fuera de casa y atender el hogar y a la familia; muchas se han creído la cantinela repetida durante siglos de que las mujeres somos poco habilidosas para las máquinas, o directamente nulas… Pero, sea cual sea el motivo, las consecuencias son las mismas, y muy graves, porque el analfabetismo informacional margina y cierra posibilidades.

Las libreras, impresoras y mercaderas del Madrid de los siglos XVI a XVIII eran pocas en comparación con los varones incluidos en el diccionario, pero su existencia –y la de otras, en otros sitios– fue semilla de las editoras y libreras de hoy y la prueba de que podemos y debemos estar en el mundo de la cultura y del saber, un mundo que no podemos permitir que se nos arrebate y al que tampoco hemos de renunciar, porque tenemos derecho a crear y a recibir el placer, la belleza, el conocimiento y el despertar de la conciencia que el contenido de los libros proporciona. Y si el camino de las palabras escritas es ahora electrónico, tenemos que prepararnos para recorrerlo con paso firme.

Amonestadas

 

Los textos de las monjas eran, pues, un material bruto y peligroso: debían ser regulados para prevenir el desparramo de sentido.

Lucía Invernizzi

 

El jueves encontré en Internet[1] la noticia de la amonestación del Vaticano a la Conferencia de Liderazgo de Mujeres Religiosas (LCWR), lo que, en palabras de andar por casa, sería la asociación de superioras de los Estados Unidos. Me alegró mucho ver que Isabel Gómez-Acebo[2] colgó en su blog de 21.rs un post sobre el mismo tema, en el que, además, incluyó la reacción de la monja benedictina Joan Chittister –que fue presidenta de la LCWR hace algunos años– a la amonestación proveniente de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Me dieron muchas ganas de añadir un comentario en el blog de Isabel, pero me di cuenta enseguida de que el tema merecía algo más de tiempo y de espacio.

Parece ser que el Vaticano ordenó en 2008 una revisión de las actividades de la LCWR, tras recibir diversas quejas, por parte de algunas autoridades eclesiásticas norteamericanas, de supuestos desvíos doctrinales. Curiosamente, en ese mismo año, la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica ordenó una visita apostólica a las organizaciones de mujeres religiosas de Estados Unidos, al frente de la cual se puso a una religiosa, Mary Clare Millea, quien envió su informe al Vaticano, en enero, sin revelar sus principales conclusiones. Resulta difícil imaginar que ambas investigaciones no estén relacionadas.

Ignoro si las conclusiones de la visita apostólica se han hecho públicas y si la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada tiene que reaccionar de alguna forma a los informes presentados, pero no me parece casual que no haya sido esta congregación, sino la de la Doctrina de la Fe, la primera en tomar la palabra, porque, si se concluye que las líderes religiosas estadounidenses van contra la doctrina de la Iglesia, o sea, que son herejes, es mucho más fácil meter mano a las congregaciones en general y ordenar –en su doble sentido de “mandar que se haga algo” y “colocar de acuerdo con un plan o de modo conveniente”– la vida de las religiosas.

La vida religiosa femenina, mucho más numerosa en cuanto al número de sus miembros que la masculina, ha sido siempre un quebradero de cabeza para las autoridades eclesiásticas, a las que desde antiguo les preocupó mucho que hubiera mujeres que vivieran al margen de la autoridad masculina, ya que, al no casarse, o por estar viudas, no tenían maridos a los que someterse. Las condiciones impuestas al ordo virginum, cuyos miembros dependían directamente de los obispos, el velo de las monjas, diseñado a imitación del de las mujeres casadas y con el mismo sentido de sometimiento a la autoridad de los varones, en este caso eclesiásticos, y la supervisión masculina (visitadores varones) que siempre han tenido las órdenes, las congregaciones y los institutos de mujeres son solo unas muestras de los continuos intentos de control por parte de las autoridades eclesiásticas a las mujeres que, célibes y en comunidad, han querido ser y estar en la Iglesia de una manera concreta. Estas mujeres han sido siempre como versos sueltos que había que vigilar y domesticar con especial esmero, ya que, de las demás, se ocupaban sus respectivos maridos.

Podría parecer que la amonestación del Vaticano solo afecta a la vida religiosa femenina –no hay que perder de vista que no se dice nada de los religiosos– de los Estados Unidos o que, por extensión, podría alcanzar a la religiosas católicas en su conjunto, pero va mucho más allá, porque en ellas se está amonestando a todas las mujeres. Su pecado va más allá de las afirmaciones concretas por las que son amonestadas: su auténtica herejía es reconocerse autorizadas para pensar y hablar libremente. Y eso nos afecta a todas.

La suerte de las religiosas norteamericanas, en estos momentos, es la suerte de todas las católicas: de las que son religiosas, o monjas o consagradas de cualquier otra forma, porque el Vaticano está manifestando su voluntad de control sobre la vida religiosa femenina, y su amonestación es una clara advertencia a todas para que no saquen los pies del tiesto; de las demás, porque, entre otras cosas, demonizar el feminismo como causa de desviaciones doctrinales –que es lo que afirma el escrito de la Congregación para la Doctrina de la Fe–, puede privar a muchas de una herramienta, por otro lado cada vez más necesaria, para lograr un mundo más justo para todas/os; de todas, porque el control que se ejerce sobre ellas –y sobre las demás, aunque de otra manera– responde al convencimiento de que las mujeres no somos tan humanas como los varones.

A veces me pregunto si las mujeres cristianas que permanecemos en la Iglesia no pecamos, una y otra vez, de ingenuas cuando pensamos que esta es nuestra casa y que disponemos de un verdadero espacio en el que ser y estar. Porque da la impresión de que las condiciones que se nos imponen para permanecer en ella ortodoxamente atentan no solo contra nuestra dignidad como seres humanos, sino contra nuestra condición de seguidoras de Jesús de Nazaret e, incluso, de templos del Espíritu, ya que, una y otra vez, se nos impide pensar sin tutela y hablar y actuar con libertad. ¿Tendremos que optar, sin desearlo, por abandonar un espacio en el que no acabamos de ser reconocidas ni tratadas como seres humanos plenos, o encontraremos otras formas de ser y de estar?

Abril lluvioso

Una lluvia quebró tu cercanía

y un futuro de luchas se perfiló en dos mapas diferentes.

En cada nuevo atardecer tú vienes

y eres cada deseo.

Carmiña Navia Velasco

 

Ya lo dice el refrán: “En abril, aguas mil”. En tiempos de sequía, solo pensar en el agua que cae del cielo, como un sabroso maná, refresca cuerpo y alma. ¡Cuánto más si el deseo de lluvia abundante y reparadora se hace realidad! Pero cuando esta se instala día y noche impidiendo que, durante jornadas enteras, se vislumbre un rayo de sol, aunque sea mínimo, un sentimiento muy parecido a la melancolía se instala, sin permiso, y tiñe de gris la mirada.

Esta tarde, como los últimos días, ha estado bañada por una luz tenue que a ratos se oscurecía como ni anocheciera y por un incesante ruido de gotas de agua que se estrellaban contra el suelo de la calle y bañaban los cristales de las ventanas. A veces, cuando llueve, me acuerdo de Blaid Runner, una película dirigida por Ridley Scott a principios de los 80. El film describe, con una estética extraña, y en su momento muy rompedora, un mundo oscuro, abarrotado de seres humanos que, a menudo, no lo parecen, mientras que un pequeño grupo de replicantes, seres de apariencia humana creados por ingeniería genética y utilizados en las colonias exteriores a la Tierra para las actividades más peligrosas y desagradables, incluida la prostitución, encarnan la verdadera búsqueda de la identidad humana y del sentido de la vida.

Es imposible resumir todos los temas de Blade Runner sobre los que se puede reflexionar profunda y prolongadamente, pero creo que lo que me hacer recordar esta película cuando llueve no solo es la oscuridad permanente de su cielo y la constante lluvia, fruto ambas de la contaminación que sufre el planeta, sino también, y sobre todo, la escena en la que uno de los replicantes –que nacían adultos y vivían pocos años–, consciente de que apenas le queda tiempo, pronuncia unas palabras estremecedoras bajo la incesante lluvia: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-G brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”. Es difícil expresar con más belleza, en menos palabras, el drama del olvido y el valor de la vida, de las vidas concretas con todas sus experiencias, tan necesarias y tan intransferibles.

Lágrimas en la lluvia, confundidas con ella, diluidas, arrastradas juntamente, perdidas… Recuerdo que una amiga aprovechaba a llorar por sus penas cuando tenía que cortar cebolla. Así, se desahogaba públicamente, delante de quien fuera, sin levantar ninguna sospecha de infelicidad. En su caso, no había lluvia, pero las lágrimas de su dolor se confundían con las otras, las de la cebolla… Después de todo, todas las lágrimas se parecen, sea cual sea la causa que las provoca.

Creo que hay muchas lluvias que ocultan lágrimas, y muchas lágrimas de diferentes orígenes que se mezclan y se igualan, como si fueran lo mismo, aunque no medie cebolla alguna. Cada vez que aprovechamos una circunstancia ajena para sacar la ira, el enfado, la indignación que llevamos dentro y cuyas causas no sabemos o no queremos expresar abiertamente. Cada vez que nos servimos de lo que otras personas hacen o dicen para colar nuestras ideas o nuestras acciones a su sombra, como si solo fueran medio nuestras. Cada vez que nos amparamos bajo un techo que no es el nuestro, pero que sirve a nuestros intereses. Cada vez que utilizamos palabras ambiguas para nombrar la realidad sin comprometernos demasiado…

Es posible que dejar que nuestras lágrimas se confundan con la lluvia nos proteja de ver expuestos nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, y nos haga menos vulnerables al juicio y al rechazo ajeno. Pero al hacerlo, al renunciar a enseñar nuestras lágrimas o a identificarlas como tales, estamos condenando al silencio y al olvido nuestras experiencias, las que nadie más puede vivir ni transmitir.

Podría echarle la culpa a la lluvia por la sensación de nostalgia de esta tarde, de estos días. Podría responsabilizar de mi tristeza al mal tiempo, por aquello de que la falta de luz solar me priva de vitamina D. Pero si lo hiciera, ocultaría mis lágrimas, porque lo que me inquieta y me acongoja es lo que veo cuando miro alrededor. El empobrecimiento de tantas personas, los inútiles sacrificios que la gente realiza por el bien común, sin apenas derecho a queja y sin esperanza de éxito, el mundo convertido en un mercado, la vuelta, sin rubor, de ideologías que incitan al racismo, al clasismo, al sexismo. El debilitamiento de la democracia, la incesante pérdida de derechos sociales, conquistados con tanto esfuerzo, la desesperanza, la impotencia, el conformismo. Los feminicidios que no cesan, el descrédito que se arroja sobre el feminismo, el desprecio que algunos seres humanos despiertan en otros, solo porque son diferentes. Los sueños que no salen adelante, los abusos de poder, la muerte de las ilusiones…

Ya es de noche, pero hace un rato que no llueve.

Praesentia Dei

 

Praesentia Dei –en la totalidad de estar-en-Dios y en el vacío del abandono– son experiencias fundacionales que, sin el lenguaje sobre Dios, permanecen mudas e impotentes, que no podemos compartir y que no nos pueden cambiar. El lenguaje sobre Dios nos capacita para hablar, nos ayuda a comunicar aquello de lo que depende y nos crea de nuevo una y otra vez “un nuevo corazón y un espíritu recto” (Sal 51, 12).

Dorothee Sölle

 

No sé si hay mucha gente que piense que es fácil hablar sobre las experiencias de la presencia de Dios –praesentia Dei–, pero a mí no me lo parece. Para que haya experiencia no solo hace falta una vivencia, sino un lenguaje que la exprese, y cualquiera que haya intentado encontrar palabras para comunicar algo tan íntimo como la presencia de Dios en la propia vida, sabe que se muestran tan limitadas y escurridizas, que la empresa, la mayoría de las veces, acaba en simples balbuceos. No obstante, las palabras, aunque torpes, son herramienta indispensable para identificar como tales dichas experiencias y para que surtan su efecto transformador, porque el lenguaje no solo describe: también crea.

Hace bastantes años que paso la Semana Santa en el pueblo, con mis padres y con los hermanos, cuñados y sobrinos que pueden apuntarse a la reunión familiar que estas mini-vacaciones propician. Esta podría haber sido una Semana Santa como otras, pero ha habido algunos elementos que la han hecho diferente. En primer lugar, me pensé mucho lo de ir al pueblo, porque estoy embarcada en unas oposiciones y tengo el tiempo más que medido para acabar de preparar el primer examen, que será la próxima semana. Al final, decidí hacer el viaje por dos motivos, sobre todo: ver a mi padre, que no está bien de salud, y conocer a Nahia, una sobrina que me nació a finales de enero. Nahia y mi padre han sido estos días como dos hipertextos, como dos enlaces que me han conectado con el texto original y primario, con la presencia divina que envuelve y sustenta el final y el principio de la vida, conectándolos, haciéndolos a menudo tan parecidos y tan diferentes, tan empapados de misterio y de certezas, tan reales y tan inaprensibles.

Como tenía que estudiar, adelanté el regreso y terminé mis vacaciones de apenas dos días ayer por la mañana. Al mediodía, ya estaba en casa, con la maleta deshecha, lo que me permitió acudir a la Vigilia Pascual del monasterio en el que viví tres años. Hacía mucho que no participaba en ella, porque suelo volver del pueblo el domingo de Pascua. Lógicamente, el marco me resultó muy familiar, pero ayer percibí algunas diferencias, no en la liturgia, sino en mí y en el modo en el que me situaba ante la celebración y ante lo que la motivaba: la resurrección. Sé que el tiempo y la vida no pasan en balde, pero ayer experimenté con fuerza que, como rezaba una de las lecturas, la Palabra no vuelve a Quien la pronuncia sin dar fruto, después de mojar y empapar la tierra. En resumen, que algo he crecido. Pero creo que hubo dos hechos que orientaron definitivamente mi perspectiva. Uno, que antes de la vigilia, en casa, vi un reportaje de Informe Semanal, titulado “20 años de Bosnia”, en el que se recordaba la tragedia de la guerra vivida en ese país hace dos décadas[1], y que me tatuó en el alma la crueldad de la que el capaz el ser humano y sus consecuencias de dolor y muerte. La otra, el insistente recuerdo, involuntario, durante todos estos días del temor que sintieron las mujeres en la tumba vacía.

El sufrimiento infligido por unos seres humanos a otros y lo que voy a llamar miedo a la resurrección, porque no sé expresarlo de otra manera, fueron la música de fondo sobre la que se desarrolló toda mi Vigilia Pascual y mi experiencia de la presencia de Dios en la realidad que me circunda y que yo misma soy. Y un descubrimiento se abrió paso con fuerza: solo hay resurrección donde se ha producido muerte. Llamar, pues, resurrección a lo que no lo es, a todo lo que simplemente resulta amable o se percibe como bendición, es banalizarla. La condición previa, por otro lado, y aunque suene raro, me invita a desearla como una especie de segunda opción, es decir, como aquello en lo que confiar cuando todo lo demás ha fallado cuando el ser humano ha malgastado la primera opción, la de no causar sufrimiento y muerte, o no ha podido escapar ni a uno ni a otrao, quizá mejor, a anhelarla como algo preventivo, como aquello capaz de destruir el poder que en cada una/o tiene la muerte, antes de infligirla o sufrirla. En realidad, es algo tan sencillo como no renunciar a la esperanza de que los seres humanos nos convirtamos desde dentro al amor.

En cuanto al miedo a la resurrección, creo que tiene que ver con la irrevocabilidad de la muerte y, por tanto, con la absoluta novedad que la resurrección significa. Resucitar no es volver a la vida, sino vivir de otra manera, de una forma radicalmente nueva e absolutamente insospechada, de la que no tenemos pistas. Creer en la resurrección no es solamente dar un salto de fe y confiar en que la muerte biológica no es el final de la vida: es saltar por completo con todo el ser, aquí y ahora, en los momentos en que la Vida quiere abrirse camino en nuestras vidas cotidianas para dejar atrás lo muerto y, por tanto, abre puertas que nos asusta traspasar, porque nada ni nadie nos garantiza al otro lado la Presencia, incluso ausente, que nos sustenta.

 



Continuará

No encontramos a Dios en un brillante, frío y rectilíneo rayo láser, sino que todos pasamos por fases de oscura incubación. Pasamos por momentos estériles, áridos, desoladores. Atravesamos periodos en los que la vida se siente más como muerte que como gestación. Pero está siempre gestando.

Joan Chittister

 

No lo puedo evitar. El relato de la Pasión siempre me impresiona, y más si las palabras del texto me entran por los oídos, en vez de por los ojos. Cuando lo escucho, no solo me dejo invadir por el argumento de la historia, sino que me sobrecoge, más que cuando lo leo, el modo en que se construye la narración, unas veces cargada de datos que parecen irrelevantes  –¿es importante saber que había divanes en la sala donde Jesús cenó por última vez?–, y otras tan austera y desnuda, que apetece preguntarse por qué no se transmitieron más explicaciones –¿qué significan los silencios de Jesús?– que ayuden a entender el meollo de los acontecimientos.

Hoy he escuchado la versión de Marcos. Me encantaría ser exégeta y compartir mi visión del texto con argumentos sólidos, pero no lo soy, lo que no evita que, como lectora y oyente de la Biblia, interprete la Palabra a la luz de mis propias luces y experiencias. Mis reflexiones, por tanto, son personales, pero no por ello intransferibles, como tampoco lo son las de las/os demás.

Creo que la historia de la Pasión tiene todos los ingredientes de una buena historia, de esas que logran enganchar a quienes las leen o escuchan. Por un lado, el relato tiene algo de trágico, ya que el protagonista acaba siendo asesinado por poderes que objetivamente le superan, pero no es una tragedia al estilo griego, entre otras cosas, porque Jesús no se ve empujado a actuar como lo hace por la fuerza del Destino, sino que actúa libremente en todo momento. Por otro, es casi inevitable identificarse con alguno de sus personajes, pues hay un amplio y variado elenco de ellos, y no resulta nada difícil reconocer actitudes y situaciones humanas que vivimos cotidianamente.

Prueba de la fuerza narrativa del relato es que, no ignorar el argumento, es decir, saber lo que va a pasar, no le resta interés. Al contrario, la seguridad de que Jesús será asesinado ayuda a desentrañar los hilos que tejen su muerte: la voluntad de condenarle por parte de los poderes religiosos, aunque los testimonios contra él no son concluyentes; la necesidad de recurrir a la traición de un amigo, que se presta a ello, el miedo de los discípulos y su atonía cuando Jesús lucha contra su propio miedo; la connivencia entre el poder religioso y el político, sin la cual no habría sido posible una condena a muerte; la dejadez de Pilatos, que no encuentra motivos para matar a Jesús, pero que lo hace de todas formas para ganarse el favor del pueblo, un pueblo de voluntad inestable, por otra parte; la cobardía de Pedro, que niega su amistad con Jesús… Unos lo buscan para condenarle, otros lo abandonan. Jesús se queda solo y es detenido, interrogado y juzgado sin ningún tipo de garantías procesales, torturado, condenado casi por aclamación popular y, finalmente, crucificado.

¿Podía haberse librado de la cruz? Creo que no, pues lo tenía todo en contra. En el contexto en que se desarrolló su vida y los acontecimientos que le condujeron a la muerte, no podía sobrevivir. Cuando respondió a la pregunta del Sumo Sacerdote, admitiendo que era el Mesías, su vida y su ser se convirtieron en un delito, porque su forma de mesianismo no encajaba con los esquemas del poder. La blasfemia de la que fue acusado consistía en que su existencia hablaba de una Divinidad que los poderes religioso-políticos no podían permitirse admitir. Solo había dos formas de que Jesús hubiera salvado su vida: una, dejar de ser Jesús; la otra, que el contexto se hubiera dejado resquebrajar y se hubiera abierto a la Buena Noticia.

Creo que no solo es fácil, sino legítimo identificarse con lo que Jesús tiene de víctima, cuando la vida se nos presenta cargada de sufrimiento o de injusticia, porque no es inhabitual que poderes de todo tipo aplasten, de una u otra forma y en diversos grados, a personas o a grupos que no encajan en el sistema. Tampoco es difícil entender su miedo y su soledad –desgraciadamente, todas/os los sentimos en algún momento de nuestra vida, o en muchos– y compartir la sensación de que Dios nos ha abandonado y reconocer las burlas de quienes se regocijan en la impotencia ajena. Más difícil, sin embargo, es asumir su libertad y su responsabilidad, entender su silencio rebelde, unas veces, o su palabra concisa y sincera, otras, y sobre todo adoptar su coherencia interna y externa, porque, a menudo, como a él, nos conducirían a la condena.

Ha habido momentos en mi vida en que el relato de la pasión de Jesús me ha ayudado a entender qué me estaba sucediendo. Recíprocamente, sé que mis experiencias y las de otras personas me ayudan a entender qué le sucedió a él. Hoy, el evangelio de Marcos me recordó una presencia a menudo inadvertida. A diferencia de los otros evangelios, el de Marcos comienza y termina con personajes femeninos: la mujer del frasco de perfume, al principio, y las que miran dónde enterraban el cuerpo de Jesús, al final. Una y otras giran en torno a la muerte de Jesús, más concretamente a los ritos funerarios y a la sepultura. Todas ellas se anticipan –¿proféticamente?– a algo: la que ungió a Jesús, a su muerte, las otras, a su resurrección, porque con su mirada atenta proclaman, quizá sin saberlo, que la historia de Jesús –y la nuestra– no termina con su muerte. Continuará. Y su continuación es la promesa divina de que nada bueno se pierde.

Esta vez, me identifico con ellas.

 

 


 

 

Resiliencia

 

Desde lo hondo, a Ti grito

Salmo 129,1

 

Un día, que no me encontraba muy inspirada, hace ya varios meses, le pedí a María, de mi grupo de reflexión teológica, que me sugiriera un tema para escribir en el blog. “Escribe sobre la resistencia”, me dijo. De haber sido nosotras dos mujeres francesas de los años cuarenta del pasado siglo XX, por ejemplo, el concepto habría sido tan unívoco que no lo habría dudado un instante y me habría puesto a escribir contra la ocupación alemana del país, dándome con un canto en los dientes si una imprenta clandestina hubiera estampado mis reflexiones, por supuesto anónimas, para poder distribuirlas también clandestinamente, ya que los tiempos no invitaban a heroicidades que se pagaban con la cárcel e incluso con la vida. Como es evidente, ni mi amiga ni yo somos francesas ni estamos en la Segunda Guerra Mundial, pero no hizo falta que ella añadiera ninguna especificación al término resistencia para que yo supiera exactamente de qué estaba hablando. De la resistencia en la iglesia.

No sé muy bien qué otro asunto ocupó mis intereses entonces, pero dejé la propuesta de María en el baúl de los recursos, por si alguna vez tenía que retomarla. Curiosamente, a lo largo de esta semana se me fueron ocurriendo varios temas para abordar aquí hoy, pero esta mañana, poco después de despertar, el baúl se abrió solo y la resistencia reclamó su espacio con voz alta y clara. Así que no he sido yo quien ha elegido el momento, sino ella, aunque sé que algunos acontecimientos de los últimos días no son ajenos a su elección. No puedo exponerlos aquí, aunque creo que hay cosas que merecen saberse, pero son experiencias que, aunque se entremezclan con las mías y me afectan, pertenecen a otras personas. Y no puedo hablar de ellas, porque si lo hiciera, violaría la intimidad de otras/os, y su confianza.

Sin embargo, puedo decir sin traicionar a nadie que, a lo largo de los años, he conocido a muchas personas –la mayoría mujeres– que han sufrido y sufren en la Iglesia, por muy diversos motivos. Yo también me incluyo entre ellas, pero reconozco que, así como me siento capaz de gestionar mis propios sufrimientos y mi reacción ante lo que considero injusto para mí, me apena, me indigna y me hacer sentir profundamente impotente ver sufrir a otras/os y comprobar que, una y otra vez, no encontramos la forma de incidir en la institución eclesiástica haciéndola más humana. Y digo la institución, porque la iglesia, pese a quien pese, no son solo ni fundamentalmente sus jerarcas ni sus clérigos ni quienes, hombres o mujeres, se amparan en el poder que les concede la estructura piramidal y jerárquica de todo tipo de entidades religiosas para someter, por la obediencia debida, a quienes están por debajo del escalafón que ocupan: la iglesia somos todas/os.

No obstante, algunas personas no pueden soportar ni lo que viven ni lo que ven alrededor y se van. Unas veces, lo hacen en tan malas condiciones que apenas son capaces de rescatar de su interior lo que un día les dio vida. Otras, sencillamente, viven su fe no en solitario, pero sí al margen de las estructuras oficiales. Algunas personas se quedan y resisten. No todas lo hacen por los mismos motivos ni corren la misma suerte. Unas se van consumiendo, agotando su fuerza y su esperanza. Otras consiguen encontrar un modo de resistir resistiéndose y encuentran un espacio interior y externo en el que vivir con grado de libertad tolerable. También hay gente desterrada que, sin quererlo, se ve de patitas en la calle, real o virtualmente. Tanto en quienes se quedan como en quienes se van, hay auténticas/os resilientes, es decir, personas que consiguen sobreponerse al dolor y al sufrimiento y logran desarrollar recursos que ignoraban que tenían y proyectarse en el futuro de una forma nueva e insospechada. Pero todas/os han experimentado mucho dolor en una asamblea –es lo que significa ekklesía– llamada a ser hermana, pero que no se comporta como tal, entre otras cosas porque una parte de ella ejerce una paternidad no solo conscientemente distante, que es la mejor forma de mantener el poder, sino a veces incluso cruel.

¿Hay alguna forma de cambiar todo esto? ¿Podemos soñar con algo distinto? ¿Hasta dónde hay que resistir y resistirse? ¿Se puede cambiar la iglesia desde dentro sin ser cómplice de algunas injusticias? ¿Es posible transformar desde abajo? ¿Quién decide dónde está el centro y qué es arriba? ¿Qué incidencia tienen las posturas resistentes en quienes ejercen el poder? ¿Hay alguien que escuche? ¿Nadie se pregunta por qué se van quienes lo hacen? ¿No araña su marcha ningún caparazón, no pellizca ningún estómago, no ablanda ningún corazón? La Regla de san Benito dice: “Si el malvado se va, que se vaya”. Es una frase que siempre me ha producido mucho desasosiego, ya que se ha interpretado –en mi opinión errónea e interesadamente– como equivalente a “los que se van son malvados”. Pero no es así. Tampoco son buenos todos los que se quedan.

No vivimos en un país ocupado por fuerzas extranjeras, pero algo me huele a totalitarismo si muchas personas, para sobrevivir en la iglesia, tienen que vivir casi clandestinamente o actuar heroicamente, arriesgándose a ser señaladas, condenadas, denostadas y, no pocas veces, desterradas, y otras se tienen que exilar. A todas las respeto y admiro, pero no puedo evitar ni la tristeza ni la indignación, porque es muy injusto. Y para todas pido una resiliencia capaz de engendrar un futuro nuevo e insospechado.

De rezar y otros placeres

 

La recuperación de la bondad de la materia permite pensar a la divinidad desde otros parámetros.

Isabel Gómez-Acebo

 

El miércoles encontré en la versión digital de El País un breve artículo de David Alandete sobre Julia Roberts[1]. En otro momento, no le habría prestado atención, porque no es una actriz que me apasione precisamente, pero me pilló leyendo la novela Come, reza, ama, de Elizabeth Gilbert, cuya homónima versión cinematográfica, que no he visto, fue protagonizada por ella. Y me picó la curiosidad. El artículo recordaba algunos personajes representados por la actriz, entre ellos, la “trotamundos insatisfecha” del film Comer, beber, amar.

¿Comer, beber, amar? Cuando lo leí, no me cupo ni la más mínima duda de que se trataba de un lapsus del autor del artículo, seguramente un gran cinéfilo que confundió el título de la película de Julia Roberts, Come, reza, ama, con el de otra, taiwanesa y dirigida por Ang Lee en 1994, titulada Comer, beber, amar. Al día siguiente, el error fue corregido, algo solo posible en la edición electrónica, porque, como todo el mundo sabe desde Pilatos, cuando se trata de soporte de papel, “lo escrito, escrito está”, salvo que se añada una fe de erratas.

De todas maneras, la confusión me pareció reveladora. Freud consideraba que un lapsus es una manifestación del inconsciente en forma de un equívoco que aparece en la expresión consciente. O sea, que esas equivocaciones son revelaciones de nuestro inconsciente, es decir, de aquello que pensamos, aunque no lo sepamos. Y está claro que, en este caso, cambiar rezar por beber, en un contexto semántico de acciones placenteras –como comer y amar–, dice mucho de lo que difícil que resulta relacionar la oración –y, por extensión, lo espiritual e, incluso, lo divino– con el placer, asociado casi siempre a lo carnal. Esta desvinculación tiene consecuencias de ida y vuelta, puesto que priva a lo espiritual de cualquier carácter placentero y aleja a la carne y al placer de la Divinidad.

Elizabeth Gilbert, autora de Come, reza, ama, una narración autobiográfica y escrita en primera persona, es consciente de esta separación entre cuerpo y espíritu, entre Dios y placer, pero también lo es de su imperiosa necesidad de no renunciar a ninguna de esas realidades concebidas normalmente como excluyentes, así que se traza como meta encontrar la forma de integrarlas en sí misma y, por tanto, en su vida. Para ello, se concede una especie de año sabático que divide en estancias de cuatro meses en tres países distintos: Italia, donde se dedica a aprender a hablar italiano, por el puro placer de conocer una lengua que le parece hermosa, y a disfrutar de la comida del lugar; India, donde permanece en un ashram –una comunidad espiritual en torno a una gurú– meditando y luchando con sus demonios internos, e Indonesia, concretamente en Bali, donde encuentra el equilibrio deseado.

La novela tiene momentos realmente geniales aunque, en mi opinión, la narración no logra expresar con la misma fuerza las tres etapas del proceso. Sin duda, a la autora le resulta más fácil contar sus experiencias en Italia y en Bali que la vivida en el ashram. Sin embargo, la protagonista consigue borrar las fronteras entre carne/placer y espíritu/Dios, de forma que, al final, humanidad y Divinidad quedan profundamente imbricadas.

Es cierto que Elizabeth Gilbert hace su camino espiritual a través del yoga, lo que podría hacer pensar que sus conclusiones están condicionadas y, por tanto, limitadas por la cosmovisión del hinduismo, pero creo que no es así. Los evangelios apuntan en la misma dirección. Jesús comía, bebía, rezaba y amaba, con libertad y sin tacañería. Es más, convirtió el comer y el beber en acción de gracias, y no enunció más mandato que el del amor. La tumba estaba vacía cuando las mujeres acudieron allí al amanecer del día primero de la semana, lo que habla de que la resurrección también afecta al cuerpo. Los seres humanos, con nuestros cuerpos, somos imagen de la Divinidad. Negarle, pues, a la carne la capacidad de Dios es negársela a lo humano en su conjunto.

Por otro lado, negar al espíritu el placer contradice toda la experiencia de infinidad de mujeres y hombres que han disfrutado hasta lo indecible de la introyección, de la meditación, de la reflexión, de la alabanza, de la oración individual y comunitaria, y que han visto, además, cómo todo su ser, incluidos sus cuerpos, se iban transformando a través de ese diálogo/monólogo consigo/con Dios.

¿Por qué vamos a renunciar a nada?

Buscar soluciones

 

Tu anhelo de hallar una solución es una plegaria.

Elizabeth Gilbert

 

Soy filóloga, por lo que no he podido resistir la tentación de hablar sobre el tema, entre otras cosas, porque veo que despierta mucho interés, a juzgar por los numerosos artículos que, en los últimos días, están saliendo a propósito del carácter sexista, o no, de la lengua española.

El detonante fue un artículo titulado “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer” [1], escrito por Ignacio Bosque y firmado por 26 académicos de número de la Real Academia Española, que publicó El País el pasado 2 de marzo[2]. Su autor, académico electo desde 1995, sostiene que, si bien existen los usos verbales sexistas, las recomendaciones de dichas guías difunden usos ajenos a las prácticas de los hablantes y conculcan normas gramaticales, anulan distinciones necesarias y obvian la realidad de que no hay discriminación en la falta de correspondencia entre género –gramatical, se supone– y sexo.

Me encantaría analizar uno por uno dichos ejemplos y otros muchos esgrimidos en las numerosas reacciones al artículo de Ignacio Bosque, pero hacerlo excedería con mucho el espacio propio de un post. Así que me centraré en lo que parece la cuestión más controvertida: el sexismo atribuido a los usos del masculino genérico.

El sistema gramatical español considera al masculino gramatical como término no marcado de la oposición de género, y por tanto inclusivo de las palabras gramaticalmente femeninas, y al femenino gramatical, como término marcado de dicha oposición y, por tanto, excluyente. Nadie duda de que usar el masculino gramatical de este modo es lo correcto y lo que cualquier hablante de español hace de manera espontánea. El problema es que ese sistema, en muchos casos, hace que la lengua invisibilice la presencia real no de sandías entre melones, sino de mujeres reales entre varones reales. Baste como ejemplo la noticia sobre los 26 académicos que han firmado el artículo de Ignacio Bosque. No hay manera de saber si entre ellos hay algunas académicas, pero no cabe duda de que, al menos, hay un académico varón, porque su sola presencia, aunque fuera entre 25 académicas, justificaría el uso del plural masculino.

La coincidencia formal entre el masculino gramatical y el masculino que se refiere a varones, hace que se identifiquen casi automáticamente, de manera que, en muchas ocasiones, demasiadas, no se cae en la cuenta de que tras el masculino genérico también hay mujeres. Y la invisibilidad de las mujeres reales tiene consecuencias para las mujeres reales. Sin ir más lejos, una de las razones esgrimidas para negar la posibilidad del sacerdocio femenino en la iglesia católica es que no había mujeres en la última cena, conclusión a la que han llegado quienes defienden dicha negación porque interpretan como “varones” el masculino plural “discípulos”, cuando en realidad podría tratarse de un masculino genérico que incluyera a las discípulas. El problema es que ya no hay realidad con la que confrontar el mensaje.

¿Significa esto que la lengua española y su gramática son culpables de sexismo? La lengua, producto cultural por excelencia, se limita a reflejar los valores de quienes la han creado y usado a lo largo de los siglos. Nuestra lengua, que tiene varios siglos de vida, es además hija de otra, el latín, que a su vez es hija de otra, el indoeuropeo, por lo que habría que remontarse muy lejos para pedir responsabilidades, por decirlo de alguna manera, por nuestro sistema de género gramatical. Sexistas y de pensamiento androcéntrico son las personas y las sociedades. La gramática no tiene la culpa, pero tristemente lleva la marca del androcentrismo, porque lo no marcado y lo masculino coinciden. Y, al llevarla, lo alimenta, aunque sus hablantes no queramos que así sea.

¿Qué hacer, entonces? ¿No meneallo, o intentar algo? Las políticas lingüísticas no sexistas buscan soluciones, a menudo torpemente. Algunas propuestas van en contra de lo gramaticalmente correcto, no lo niego. Otras son inviables y causan hastío. A mí tampoco me gusta escribir –as/os en este blog, pero lo hago con una intención muy clara, en contra de mis gustos estéticos y consciente de que es algo ilegible oralmente, porque quiero concienciar y concienciarme lo suficiente como para que nos preguntemos cuántas veces nos pasa inadvertida la presencia de las mujeres en el masculino genérico. Las guías estudiadas por Ignacio Bosque quizá no acierten, pero me pregunto por qué algunas propuestas ofenden tanto la sensibilidad, cuando se parecen tanto a fórmulas tan habituales como el par “D./D.ª” presente en tantos impresos oficiales, desde hace mucho tiempo, contra el que no he visto levantarse a nadie, quizá porque no fue una sugerencia feminista

Es posible que la solución no pase por forzar la gramática, pero creo que el poco éxito de algunos intentos no es una invitación a la resignación, sino un grito que clama por la búsqueda de otras posibilidades, quizá más acordes con nuestro sistema lingüístico, que hagan nuestra lengua más apta para reflejar la realidad y expresar el pensamiento, confío en que cada vez menos sexista, de sus hablantes.


[2] La RAE, según consta en su web, cuenta con una larga nómina de académicos de diversos tipos: de número, electos, de honor, correspondientes españoles, correspondientes hispanoamericanos y correspondientes extranjeros. Solo de número, hay 42, por lo que me parece exagerado afirmar, como hace El País, que la RAE “ha decidido llamar la atención a las guías de lenguaje no sexista publicadas en los últimos años por diversas instituciones”. En todo caso, se puede concluir que algunos académicos no están de acuerdo con algunas propuestas de lenguaje no sexista que dichas guías sugieren y/o imponen.