La pluma como espada

Nos excluyeron de todo poder, de todo saber, pero se olvidaron de quitarnos la posibilidad de escribir.

Olympe de Gouges

Me da remordimiento de conciencia dejar que acabe un 4 de febrero sin recordar a Betty Friedan, que nació en Peoria, Illinois (Estados Unidos) un día como hoy de 1921 y murió en el mismo día de 2006, hace cuatro años. No voy a hablar aquí de su vida, pues hay montones de lugares donde se registran datos sobre ella. Basta con teclear su nombre en cualquier buscador de Internet para encontrar cientos de páginas sobre esta norteamericana que pasó su vida luchando por los derechos de las mujeres.

Tampoco voy a hablar de su obra, ni siquiera de la más famosa, La mística de la feminidad, cuyo éxito se materializó en una cantidad ingente de ventas de ejemplares y en el premio Pulitzer que Betty Friedan recibió en 1964 por este trabajo, pero sobre todo en que cambió la vida de millones de mujeres en los Estados Unidos y en todo el mundo, algo que la autora ni se había propuesto ni imaginaba que pudiera suceder.

Nuria Varela, en su libro Feminismo para principiantes, afirma, hablando de los años que siguieron a la II Guerra Mundial, que fueron los que Betty Friedan vivió, “Hitler había sido vencido, pero el discurso nazi sobre las mujeres, las célebres tres K alemanas (Kinder, Kirche, Kürchen, que significan niños, iglesia, cocina, traducidas en España por las tres C: casa, calceta y cocina), se extendió prácticamente por todo el mundo”.

Me sobrecogen enormemente las líneas de Nuria Varela: Hitler no consiguió invadir el mundo con las armas, pero sus palabras referidas a la misión y destino de las mujeres, tres simples palabras que empezaban por K-, lograron llegar a todos los rincones y hacer retroceder los avances que las mujeres habían conseguido no sólo unos años antes con el voto, sino con su incorporación durante el periodo bélico al mundo laboral y a determinados espacios de la esfera pública. La vieja disyuntiva medieval sobre si era más fuerte la espada o la pluma quedaba claramente resuelta: la pluma (la palabra) es más poderosa, quizá porque se impone con menos ruido o porque no se percibe como amenaza o porque hay algo en la naturaleza de la palabra que la hace fructífera, con la sola condición de que caiga en una tierra capaz de germinar. Pero ¿qué ser humano es totalmente incapaz de ello?

Betty Friedan experimentó en carne propia la hegemonía asfixiante y mutiladora del discurso de las tres K- en la sociedad estadounidense de los años cincuenta. Experimentó la angustia sin nombre que suponía para las mujeres vivir exclusivamente para otros, llegando a desconocer por completo quiénes eran; experimentó, asimismo, la dificultad para poner nombre a lo que nadie quiere ver; experimentó el dolor real, incluso físico, con que su marido (y en él, la sociedad patriarcal) castigaba su negativa a conformarse con el destino que como mujer le era “propio”. Lo mejor de todo es que escribió sobre ello. Escribió lo que veía, lo que pensaba, lo que sentía, lo que deducía de observarse y observar, lo que oía a otras mujeres, lo que leía… Lo escribió todo, menos cómo solucionar aquel problema que tantas mujeres vivían y que no tenía nombre. Pero no hizo falta que pensara en soluciones. Sus palabras fueron también poderosas, aunque quizá no tanto como las de Hitler (sospecho que las tres palabras con K- no lo tuvieron muy difícil, porque encajaban bien con el patriarcado de cualquier sociedad del mundo), pero lograron transformar la vida de muchísimas mujeres, incluida la de su autora, que años después de escribir La mística de la feminidad reunió el valor necesario para divorciarse de su marido.

Lo más sobrecogedor de este asunto no es sólo el reconocimiento de la fuerza que pueden tener las palabras, sino que la tienen todas: las ciertas y las erróneas, las verdaderas y las falsas, las veraces y las mentirosas. Lo más esperanzador, que no importa quien las emita: allí donde caen, son tan poderosas las de alguien “importante”, como las de alguien “insignificante”. Por eso, quiero animar a todo el mundo, especialmente a quienes no han tenido nunca la “espada”, ni la han querido, a que cojan la pluma y escriban y cuenten y hablen… y siembren la tierra de quienes les rodean con la semilla de sus palabras, para que nada ni nadie sea invisible para siempre.

Licencia Creative Commons
La pluma como espada por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

5 Responses to “La pluma como espada”

  1. Me alegra que hayas hablado del libro de Nuria Varela, ‘Feminismo para principiantes’. A mí me descubrió muchas cosas que nunca me habían contado ni en el colegio, ni en el instituto ni en la universidad. Debería ser un libro de lectura obligatoria para que los jóvenes se formen, sobre todo en tiempos en los que muchos adolescentes desconocen qué significa feminismo, lo temen o lo desprecian. En las aulas no vendría mal porque por desgracia los patrones machistas siguen existiendo.

  2. Afortunadamente la red nos permite a las feministas expresarnos y conectarnos de una manera no conocida hasta ahora. Me siento animada a seguir expresandome e intercambiar ideas.

  3. Acabo de descubrir que “La mística de la feminidad” ha sido reeditada recientemente por la editorial Cátedra. Es una buena noticia para mí porque no tenía manera de localizar un ejemplar.

  4. Gracias por la noticia de la edición de Cátedra de “La mística de la feminidad”. Es una buena noticia que las editoriales pongan de nuevo en circulación ejemplares de obras tan necesarias.

  5. Leyendo este articulo sobre el poder de las palabras, recuerdo algo que lei referente a Hitler. El sabia del poder de la palabra, por eso creó un ministerio de la propaganda colocando al frente a un buen orador que pronunció una verdad terrible : Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad.

    Pero afortunadamente hay verdades repetidas miles de veces que tienen vida, sanan corazones heridos, alivian las cargas y traen luz a nuestras vidas.

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