Pudo más la que más amó

Para esto es la oración, hijas mías; de esto sirve el matrimonio espiritual, de que nazcan siempre obras, obras.

Teresa de Jesús

 

Hoy, 10 de febrero, se celebra a santa Escolástica. Creo que no es una santa muy conocida y que tampoco hay muchas mujeres que lleven su nombre. No se sabe demasiado de ella, quizá porque ha pasado a la historia, sobre todo, por ser la hermana de san Benito, patrón de Europa y autor de la célebre regla monástica bajo la que muchos hombres y mujeres en todo el mundo han vivido, y viven, desde el siglo VI hasta la actualidad. No obstante, se cree que Escolástica nació en Nursia, como su hermano, en torno al año 480, y que murió en su monasterio de Piumarola, en Montecasino, hacia 547. Se sabe muy poco de su vida, aunque parece que no hay duda de que fue consagrada a Dios desde niña y que, después de que Benito fundara el monasterio de Montecasino, abrazó la regla benedictina en un cenobio cercano, donde ejerció de abadesa.

El episodio más famoso de su vida se encuentra recogido en el capítulo XXXIII del Libro II  de los Diálogos, en el que Gregorio Magno relata la vida de san Benito. En dicho capítulo, san Gregorio cuenta que Escolástica visitaba una vez al año a su hermano y que ambos se encontraban en una casita fuera del monasterio, adonde Benito acudía acompañado de algunos discípulos. En la última visita que le hizo, al final del día, que había transcurrido en “santos coloquios”, Escolástica le rogó a Benito que no se fuera y que pasara la noche con ella hablando de “los goces de la vida celestial”. Benito, muy observante con las normas monásticas, se negó argumentando que no le estaba permitido permanecer fuera del monasterio. Escolástica, ante la negativa, juntó las manos sobre la mesa, apoyó la cabeza en ellas y oró con abundantes lágrimas a Dios. Simultáneamente, y aunque nada en el cielo hacia presagiarlo, se desencadenó una tormenta de rayos, truenos y lluvia, de tal envergadura, que ni Benito ni sus acompañantes pudieron salir de allí. Benito le preguntó a su hermana qué había hecho y ella respondió: “Te lo supliqué y no quisiste escucharme; rogué a mi Señor y él me ha oído. Ahora, sal si puedes. Déjame y regresa al monasterio”. Al monje no le quedó más remedio que quedarse en la casa, a la fuerza, y pasar la noche en vela hablando con su hermana sobre la vida espiritual.

Gregorio Magno interpreta el suceso como un milagro hecho por Dios, “gracias al corazón de aquella santa mujer. Y no es de maravillar que, en esta ocasión, aquella mujer que deseaba ver a su hermano pudiese más que él, porque según la sentencia de san Juan: Dios es amor (1Jn 4,16), y con razón pudo más la que amó más (Lc 7,47)”.

Me gusta mucho esta historia. Está planteada como un duelo entre dos formas de afrontar la vida y las relaciones humanas y con Dios. Benito representa la inflexibilidad, la fidelidad a ultranza a la letra de la ley. Escolástica, sin embargo, escucha sus propios deseos, los acepta y los expresa. La regla monástica les obligaba a volver al monasterio tanto a ella como a él, pero ella se atreve a desafiar la norma. No importa mucho si su deseo de permanecer con Benito en santos coloquios era fruto de su gusto por la conversación espiritual o quería disfrutar de la compañía de su hermano. Cuando Benito se negó a su petición, Escolástica oró a Dios. ¿Qué le rogó? Seguramente no le dio tiempo a emitir ni una sola palabra, ni siquiera mentalmente, pues cuenta san Gregorio que la oración de Escolástica y la tormenta fueron simultáneas. Me gusta pensar que lo único que hizo la mujer fue poner ante Dios su deseo y que la tormenta desencadenada al instante fue la ratificación divina del mismo. Escolástica venció en el duelo. El amor pudo más que la ley.

Es verdad que la historia es eso, una historia. Puede que sea completamente ficticia, que no se haya inspirado ni en un pequeño fragmento de realidad. Es verdad que, en la “vida real”, no siempre puede más quien más ama –a menudo parece que sucede justo al revés– y que las oraciones parecen estrellarse contra una pared de silencio, también impotentes. Pero las historias, aunque sean ficticias, tienen que ver con la realidad. A mí, esta historia me habla de libertad y de confianza. Me habla de la ausencia de miedo de una mujer ante sus sentimientos, ante Dios y ante la reacción de los demás. La libertad y la confianza de Escolástica fueron, al mismo tiempo, la causa de su oración y su fruto.

Creo en el poder de la oración. Y también en el poder del amor. Quizá ni una ni otro consigan transformar la realidad en el momento y del modo en que pensamos y deseamos, tal como le pasó a Escolástica, pero estoy segura de que, tarde o temprano, lo logran. Como mínimo, logran transformarnos a quienes lo intentamos, haciéndonos más libres, alejando y neutralizando nuestro miedo y aumentando la confianza en nosotros mismos, en los demás y en Dios. No es poco.

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Pudo más la que más amó por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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