Conquistando libertad

Tu silencio no te protegerá.

Audre Lorde

 

Aprovecho los fines de semana para relacionarme con las amistades, porque los días “de labor” no me ofrecen horas libres para ello. Hoy he tomado un café con una amiga, Nuria, a la que veo menos de lo que quisiera, porque vivimos en ciudades diferentes. Imaginé que nuestra conversación sería una especie de puesta al día de nuestras respectivas vidas, al menos de lo más importante, y que acabaríamos charlando de algunos de los muchos temas sobre los que nos gusta “discutir” cuando nos vemos. Pero no fue así. La encontré disgustada, muy disgustada, casi furiosa. “¿Qué te pasa?”, le dije. Y vomitó su indignación con toda confianza, lo que agradecí profundamente, por lo mucho que dice de nuestra amistad intermitentemente alimentada.

Trabaja en una empresa con bastantes empleados. Está en una sección en la que se encuentra muy a gusto con los compañeros y compañeras con quienes comparte tareas, salvo con uno, que, según mi amiga, es un poco maniático, pero como tanta otra gente que anda por el mundo. La cosa no tendría más trascendencia si no fuera porque el compañero en cuestión, que sin ser jefe de Nuria tiene más categoría profesional que ella en la empresa, se ha enfadado un par de veces con mi amiga y le ha mostrado muy malos modales, gritándole delante de todo el mundo y no permitiéndole ni abrir la boca. Nuria, que es mujer tranquila y nada amante de disputas, había dejado correr el asunto. Pero esta semana, su compañero perdió los estribos por tercera vez. Y Nuria se cansó de callar.

Al día siguiente, habló con sus compañeros y compañeras de oficina y les comunicó su intención de ir a ver al jefe para contarle lo sucedido, para decirle que no estaba dispuesta a soportar ni un solo grito más y para avisarle de que, si se repite una escena así, acudiría a instancias más altas de la empresa e, incluso, a los tribunales. Casi todos (siempre hay un “casi”) le apoyaron. Y Nuria fue al despacho del jefe.

Salió de allí satisfecha consigo misma, porque se mantuvo íntegra y dijo todo lo que se había propuesto decir, pero, desde entonces, la sensación de escándalo aumenta cada día que pasa y con cada persona con la que comenta la conversación habida con su jefe. Este empezó por no dar del todo crédito a lo que ella le contaba: “No será la cosa como me la cuentas. Las apreciaciones son muy subjetivas”… Cuando ella le dijo que había testigos de la escena que estaba denunciando, el jefe intentó desacreditarla, ante él y ante sí misma, poniendo en tela de juicio su comportamiento laboral: “Todos cometemos errores y tenemos que aguantarnos cosas de los demás. Y tú, en concreto, no lo haces todo bien”… A Nuria no le importó admitir que se equivoca y aclaró que no se quejaba de las manías de su compañero ni de que este hiciera las cosas bien o mal: “Lo que no voy a aguantar es que me grite, me humille y me falte al respeto. Me he sentido maltratada y acosada laboralmente”. Al jefe le pareció que eran palabras muy fuertes “en los tiempos que corren”, literalmente. Y añadió: “Y si piensas hacer una denuncia formal, te conviene saber que la mesa del despacho del Gran Jefe está llena de expedientes por maltrato y acoso, incluso sexual, y ninguno de los acusados ha perdido el trabajo ni ha recibido castigo alguno”. ¿Acaso trataba de disuadirla de ejercer su derecho a denunciar en la empresa situaciones laborales problemáticas? La conversación fue más larga, pero creo que con esto hay más que suficiente para entender la furia de Nuria cuando nos hemos visto.

Al escucharla, me he estado acordando de la película En tierra de hombres. Las protagonistas de este film pasan un verdadero infierno en su empresa, una mina, a manos de sus compañeros y jefes. Casi todas ellas optan por callar, creyendo que el silencio las protegerá. Una, sin embargo, decide hablar. Y empieza haciéndolo con el jefe inmediato, pasando luego al siguiente… hasta llegar al Gran Jefe. La vida se le complica muchísimo cuando decide romper su silencio. Tanto, que llega un momento en que parece que no merece la pena, pero no se calla y sigue adelante. Y logra visibilizar la insostenible situación de acoso, abuso y maltrato que las mujeres sufrían en esa mina.

Lo más curioso es que el enfado de Nuria no va en aumento porque sienta que sus demandas no han sido atendidas, pues me ha confesado que está segura de que alguien tomará cartas en el asunto, sino por la posibilidad de que la existencia de esa pila de expedientes sobre la mesa del Gran Jefe no haya sido una invención de su jefe para acobardarla y, de verdad, haya un montón de casos de acoso laboral y sexual que pueden quedar en vía muerta, mientras los acosadores se mantienen invisibles e impunes.

A mí también me preocupan esos expedientes y el hecho de que alguien los haya utilizado para desmotivar a una mujer que decide denunciar algo. Por otro lado, estoy muy contenta de que los problemas de Nuria no sean tan graves como los que muestra la película En tierra de hombres. Y estoy contentísima de que haya decidido dejar de callar.

A menudo pensamos que el silencio nos protege. Sería interesante que cada una/o se preguntara qué es lo que calla y de qué quiere protegerse. El silencio no es equivalente a la inexistencia. Lo que se calla no deja de ser o existir en virtud del silencio. Somos lo que somos y vivimos lo que vivimos tanto si callamos como si no. Con una diferencia: cuando rompemos el silencio, damos el primer paso hacia una libertad mayor y más profunda. Nadie dice que sea fácil. Nuria ha empezado a lograrlo.

Licencia Creative Commons
Conquistando libertad por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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