Mujeres en el menú

Las metas del movimiento feminista no se han alcanzado, y quienes aseguran que vivimos en una época postfeminista se equivocan, lamentablemente, o se han cansado ya de pensar en estos temas.

Margaret Atwood

 

Ayer por la noche acabé de leer La mujer comestible, de Margaret Atwood. Es la primera novela de esta autora canadiense que no limita su actividad literaria a la narrativa –pues escribe, además, poesía y ensayo– y que, entre otros muchos a lo largo de su vida, recibió en 2008 el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, algo que, sobre todo, honra a la Fundación que concede estos galardones y al jurado que aquel año decidió otorgar el premio a esta escritora.

La mujer comestible se publicó en 1969, por lo que hablar de esta novela no es precisamente algo de “palpante” actualidad, como solía decir un amigo mío, hace muchos años, imitando en broma a alguien de su pueblo para quien el adjetivo “palpitante” no era suficiente para expresar la fuerza con que irrumpen algunas noticias en la realidad cotidiana. Pero esa falta de actualidad es sólo aparente.

Esta misma mañana, cuando entraba a toda prisa en la estación de autobuses, un hombre delgado y muy sonriente extendió el brazo hacia mí y me ofreció uno de esos periódicos gratuitos que se reparten de par de mañana en muchas esquinas de la ciudad. Lo hojeé por la calle con cierta desgana y, al llegar a la última página, una foto me golpeó a través de los ojos. En ella se veía a una mujer joven, hermosa, desnuda, cubierta de comida y tendida sobre una mesa, y a un hombre sentado a su lado y comiendo sushi del vientre de la mujer.

El titular rezaba: La cocina creativa se sale del plato. Y el texto explicaba: “También están los que prefieren sustituir la mejor porcelana por la suave piel de una mujer para degustar sushi. Se trata del ‘Nyotaimori’, una tradición japonesa que se basa en la idea de que el sushi está hecho para complacer la vista al igual que el paladar”. Añadía: “la presentación se convierte en algo tan importante como el propio manjar”. Y concluía: “Hay normas con ‘el plato’. El comensal debe respetar a las modelos: no se les puede hablar, tocar o pellizcar con los palillos y tampoco se pueden emitir comentarios o gestos inapropiados”.

Me acordé inmediatamente de La mujer comestible y se me cruzaron mil ideas  –y algún que otro cable– por la cabeza. Es hermoso disfrutar de los placeres sensuales, entre los que, sin duda, se encuentran la buena comida y la contemplación de la belleza; es cierto que los manjares entran por los ojos tanto como por el paladar, por lo que siempre se agradece un plato bien presentado en un contexto hermoso; hay personas que, de mutuo acuerdo, unen sexo y comida en sus juegos eróticos. Pero la fotografía del periódico y la noticia que la acompañaba no tenían nada que ver con todo eso… La supuesta belleza estética no lograba esconder la insultante humillación del cuerpo de las mujeres que la tradicional práctica japonesa representa. Además, me pareció que, dado el interés de cocineros y comensales en esos “platos” de carne y hueso, no era descabellado temer que la atención acabara desviándose tanto del contenido (el sushi) al continente (el cuerpo femenino), que la frontera entre ambos se esfumara, convirtiéndose la mujer misma en parte del menú. ¡Qué desvarío!

En cuanto tuve acceso a un ordenador, busqué por Internet y, en efecto, encontré algunas webs que explicaban en qué consistía la tradición del Nyotaimori, la cual, por cierto, no utiliza nunca el cuerpo masculino como plato para comer sushi. Y como suele suceder siempre que se indaga un poco, la cosa no acabó ahí. En una web se leía: “Debe haber más de una persona inconforme con esta tradición, pues el trato que se le da de ‘plato’ a una mujer no es algo grato”. Confieso que me animé un poco –muy poco, porque la crítica era más que floja– y seguí leyendo: “Para los inconformes, parece ser que la última moda en Japón, ahora, es comerse a la modelo entera. La diferencia es que ahora la modelo está hecha de comida. Las personas cortan a la mujer y se la comen en trozos”. Y añadía: “(fotos aquí)”. Casi me desmayo, y eso que no me dio la gana de ver las fotos. Mi “desvarío” se había hecho realidad. Mi razonamiento y mis temores, pues, no eran algo tan disparatado…

Mi abuela siempre decía que no se juega con las cosas de comer. Y tenía razón. Tampoco se juega con la dignidad del ser humano, o no debería jugarse. Lo siento por el Nyotaimori –y que no se me enfaden los japoneses–, pero no todas las tradiciones son venerables. Una tradición que considera que el cuerpo de las mujeres es el mejor plato para el pescado, aunque se utilice la belleza como excusa, no merece mantenerse ni rescatarse ni reciclarse, porque resulta muy peligroso. Prueba de ello es la solución aportada para “salvar” la dignidad de las mujeres: comérselas. Simbólicamente, sí, pero comérselas al fin y al cabo. Y creo que no hace falta recordar que lo simbólico tiene consecuencias en la vida real, porque la configura, entre otras cosas, al convertirse en referente común. ¿A nadie se le ocurre qué puede suponer para las mujeres de cualquier sociedad que sus cuerpos sean despojados de su humanidad hasta el punto de que se les considere no sólo utensilios (en este caso, platos), sino comida? Es algo de una violencia tan profunda y tan radical que resulta difícil de expresar.

Tengo que decir que no voy a la estación de autobuses casi nunca, pues vivo cerca de mi lugar de trabajo, y que, cuando salgo a la calle, la mayor parte de las veces, ya han acabado de repartir los periódicos gratuitos. ¿Ha sido casual que terminara de leer La mujer comestible ayer, que apareciera hoy, precisamente, esa noticia en el Qué, y que yo la viera?

Siempre digo que creo que todo está conectado, pero a veces me sorprendo cuando lo experimento.

Licencia Creative Commons
Mujeres en el menú por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

One Response to “Mujeres en el menú”

  1. En la película de Camino juegan con esta misma idea. No sólo se conectan los acontecimientos sino los diferentes planos de nuestra realidad.
    ¿No te impresionó?

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