Creo

 

Tuve miedo y creí en el coraje.

Vi la muerte y creí en la vida.

Sufrí el tormento y creí en la paz.

Padecí el silencio y creí en las palabras.

Perdí el rumbo y creí en el camino.

Se destruyó mi mundo y creí en construir un mundo mejor.

                                    Superviviente anónima de Argentina

 

Esta semana me tocó pasar la ITV del coche. Salí demasiado pronto de casa y llegué al lugar del “examen” con bastante anticipación. En una mesa baja de la sala de espera había varias revistas y periódicos, todo bastante atrasado. Medio escondido entre las coloridas portadas de las revistas del corazón, relucía un titular superpuesto al rostro triste de un hombre sobre un fondo negro: “El club de los resucitados”. Me pareció muy sugerente para una semana de Pascua, pero, como el resto, aquel ejemplar de El País Semanal estaba ya “caducado”, pues correspondía al domingo 17 de enero de 2010. El artículo del interior se titulaba “A un paso de la muerte”. El texto –de Álvaro Corcuera Ortiz de Guinea– y las fotografías que lo ilustraban –de Sofía Moro– contaban la historia de 21 presos norteamericanos que, después de varios años en el corredor de la muerte y una vez demostrada su inocencia, han logrado salir de la cárcel. El reportaje, si alguien no lo conoce, puede leerse en:

http://www.elpais.com/articulo/portada/paso/muerte/elpepusoceps/20100117elpepspor_7/Tes

En mi opinión, el artículo es sobrecogedor e invita a muchas reflexiones: me alarma, por ejemplo, que quienes han logrado evitar sus ejecuciones lo consideren un “milagro”, pues dice mucho de lo difícil que resulta demostrar la inocencia; me indigna que las muertes “legales” no generen debate social, porque significa que se concede más valor a la vida de unas personas que de otras; me estremece que se tenga constancia de que han sido ejecutadas personas que no habían cometido los delitos por los que se les condenó; me espanta que, de alguna manera, al hablar sólo de inocentes que han evitado el corredor de la muerte, se pueda dar por supuesto que la ejecución de los culpables es justa. Y mucho más. Pero yo, precisamente porque es Pascua, quiero destacar y compartir algunas cosas del artículo que me hablan más de Vida.

La primera es la mención a la ONG Testigos para la Inocencia, fundada hace cinco años por Helen Prejean, monja católica de la congregación de las Hermanas de San José de la Medalla e intensa activista por la abolición de la pena de muerte en los Estados Unidos. La actriz Susan Sarandon le dio vida en la pantalla, en la película Pena de muerte, film basado en sus experiencias como consejera espiritual de varios condenados a la pena capital. El compromiso de esta religiosa con estas personas está profundamente imbricado con su compromiso con el Evangelio y con su condición de seguidora de Jesús de Nazaret, también condenado a muerte. Y resucitado. Ser religiosa no le impide “complicarse” en asuntos civiles. Al contrario, le empuja a meter los pies en el barro o allí donde la dignidad del ser humano esté comprometida. Hay muchos sitios en los que hace falta que soplen los aires de la resurrección vestidos de lucha y de resistencia. Y en ellos, hay muchas religiosas y monjas católicas, no sólo en Estados Unidos, sino en todo el mundo. También en España. Hace mucho, por ejemplo, que las monjas benedictinas de San Pere de les Puelles son socias de ACAT (Acció dels Cristians per l’Abolició de la Tortura), una ONG ecuménica. Y son muchos los nombres de religiosas que luchan desde hace tiempo y en muy diversos ámbitos –incluida la Teología Feminista– por la promoción y la liberación de las mujeres. Para mí son signos de Vida, de Resurrección, allí donde parece reinar la muerte.

La segunda es la alusión a “una extraña paz que casi todos los rescatados del corredor contagian al estar a su alrededor. Como si estuvieran ya por encima del sufrimiento”. No puedo imaginarme qué significa estar condenada a muerte, ni cómo se puede vivir conociendo la “fecha de caducidad”. Es verdad que todos sabemos que vamos a morir, pero la muerte natural e incluso la accidental no son una condena. Evitar una condena a muerte, establecida por decisión judicial y tras muchos años de encarcelamiento, parece que es como volver a nacer, pero está claro que los renacidos no parten de cero. Ser conscientes de que se van a morir, verle los ojos a la muerte y lograr evitarla, según los testimonios de quienes lo han vivido, les aporta Paz, con mayúsculas. Es algo que también me habla de Vida, porque me habla de renovación.

Creo que el titular “El club de los resucitados” es muy sugerente y podría abarcar a muchas más personas. No sé si los “resucitados” de los que habla el reportaje creían que evitarían la ejecución o se habían resignado a ella. Pienso que lo importante es que han experimentado que la muerte no es un destino inevitable. Para ellos, casi todos varones, esto ha sido posible porque han luchado, junto con otras personas, para demostrar su inocencia, y lo han logrado. Para otros, mujeres y hombres, lo será cuando la pena de muerte sea abolida de los países donde viven. Para otros, la mayoría mujeres, cuando consigan salir de sus condiciones de vida infrahumanas. Para otras, casi todas mujeres –y niños y niñas–, cuando dejen de ser consideradas objetos y propiedad de otros seres humanos… Para todos, es posible vencer a la muerte como destino inevitable creyendo en la Vida y alimentándose de lo que Ella genera en cada uno de nosotros: fuerza, esperanza, paz, libertad, sabiduría… Se trata de mantener la fe y alimentarla con experiencias de resurrección, por pequeñas que sean, y repetir, incluso contra todo pronóstico, “creo”.

 


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Creo por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

One Response to “Creo”

  1. Se puede actuar colaborando en el programa de Acciones Urgentes de Amnistía Internacional, es una buena forma de creer en los milagros.
    aauu@es.amnesty.org; éste es el correo electrónico.

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