Fuerzas creadoras

A veces maldigo las fuerzas creadoras que hay en mí y que me empujan hacia Dios sabe qué cosas. Pero en ocasiones también me llena de satisfacción y casi de éxtasis. El hecho de que esos puntos culminantes de gratitud estén tan llenos de vida y también la posibilidad de entender las cosas poco a poco, aunque sea a mi manera, hacen que la vida me parezca que merece la pena. Todo esto se convierte en los pilares en los que se apoya mi vida.

Etty Hillesum

Ayer por la noche vi en la televisión un capítulo de la serie Caso abierto. Por si alguien no conoce la serie, trata de un equipo de policías, en no sé qué ciudad norteamericana, que investigan antiguos casos de asesinato que, por diferentes causas, han quedado sin resolver. Los motivos por los que se reabren estos casos son también diversos y, para regocijo de los espectadores, siempre se acaba descubriendo al asesino. Esto, que podría considerarse una deficiencia de la serie, pues desde el principio se sabe que “acaba bien”, no le resta ni un ápice de interés, porque la verdadera gracia de cada capítulo reside en las historias que se narran. Cada una de ellas encierra una vida, con toda su complejidad, con sus luces y sus sombras. En todas discurre por la pantalla el tejido de relaciones humanas en las que se insertó el protagonista, sus anhelos, sus frustraciones, los múltiples matices que conformaron su identidad y la de quienes le rodearon.

La de ayer era una historia antigua, el caso más viejo al que se enfrentaban los detectives de homicidios. En realidad, se trataba de un feminicidio, es decir, del asesinato de una mujer, acaecido en 1919. No recuerdo su nombre, pero la llamaré Karen, no por nada, sino porque su atuendo me recordó a Karen Blixen, la protagonista de la película Memorias de África y autora de la novela en la que se basó el guión del film.

Karen, de 19 años, apareció muerta en su casa, con signos claros de haber caído desde la barandilla del segundo piso. La biznieta de su hermana acude a la policía, noventa años después, para que se investigue el caso, porque la historia de Karen había obsesionado a su abuela durante toda su vida. Al fallecer esta, la nieta quiere rendirle tributo aclarando lo que sucedió aquel 23 de junio de 1919.

Los policías, cuya protagonista es Lilith –durante muchos años la única detective de homicidios de su ciudad– examinan los objetos de todo tipo que la sobrina de Karen había guardado en la buhardilla. Y gracias a ellos van conciendo la historia de Karen, una joven de familia rica, destinada a casarse con un “buen partido”, y a hacer de su hogar su reino. Sólo que ella tenía otras inquietudes: deseaba ser la protagonista de su vida, la dueña de su destino. Quería ser una persona libre y libremente tomar sus decisiones.

A lo largo de la investigación, se descubre que Karen y Philippa, una criada que trabajaba en su casa, formaron parte de un grupo de mujeres sufragistas, lo que generó una férrea oposición por parte de sus familias, que utilizaron todas las armas que pudieron para que ni una ni otra colaboraran con aquellas mujeres que, según la opinión más generalizada, eran unas descabezadas cuya locura e insolencia llevaría al caos a la sociedad. A Philippa la neutralizaron con relativa facilidad, amenazándola con el despido sus jefes, y su marido, con divorciarse y quitarle la custodia de su hija, algo que, presumiblemente, sería muy sencillo con los jueces de aquella época. Al principio, Karen también fue una presa fácil. Su madre, que le hizo ver que la familia, dueña de una fábrica de cerveza, se arruinaría si las mujeres votaban, ya que la mayoría era partidaria de que el alcohol se considerara ilegal, le pidió a Karen que volviera a las reuniones de las sufragistas para espiarlas y saber qué “tramaban”.

Y vuelve con ellas, pero Alice, la líder del grupo, le manifiesta una y otra vez su más profunda confianza, aun sabiendo que el origen de la fortuna de la familia de Karen es la cervecera. Es esa confianza, fundamentada en el profundo convencimiento de que los deseos de libertad de Karen son hondos y auténticos, la que hace que esta se entregue a la causa, confiada, a su vez, en que es cierto que, como repite Alice a menudo, “somos tan fuertes como nuestro mayor miedo”.

El 23 de junio de 1919, el grupo de sufragistas reunido en casa de Alice es detenido bajo la acusación de llevar a cabo actividades relacionadas con la prostitución –¿es que siempre que se quiere difamar a las mujeres se utiliza el mismo argumento?– y Karen acaba en la cárcel. Su prometido y su padre van a buscarla. El novio no logra convencerla de que se olvide de “esas cosas”, pero el padre le amenaza con desheredarla y Karen sucumbe por miedo a la pobreza.

Una vez pagada la fianza, vuelve a casa y se entera de las amenazas que ha sufrido Philippa, lo que le hace descubrir que su mayor miedo no es ser pobre, sino ser cobarde, y decide unirse de nuevo a las sufragistas detenidas. Antes de salir, encuentra a su madre en el rellano de la escalera y discuten. Karen le explica sus razones y su madre no es capaz de aceptarlas, porque hacerlo significaría reconocer que su vida, limitada exclusivamente a ser esposa y madre, carece de sentido. Cuando Karen se dispone a bajar las escaleras, su madre le agarra para impedirlo. En el forcejeo, Karen pierde el equilibrio, cae por encima de la barandilla y se estrella contra el suelo, dos pisos más abajo. Sólo un año más tarde, el 18 de agosto de 1920, se aprobó la Decimonovena Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, que dio el voto a las mujeres en ese país. Ese mismo día, la madre de Karen grabó un disco contándole a su hija la noticia, “porque sé que te alegraría saberlo”.

La de ayer era una historia ficticia. La serie avisa que los acontecimientos narrados no son reales. Pero sí lo son los hechos y las personas que los inspiran. Las sufragistas hicieron historia, cambiándola. Las mujeres concretas que posibilitaron este cambio pagaron un precio por ello, cada una el suyo. Muchas creyeron que, con el voto, los hombres las tratarían como iguales. El tiempo se ha encargado de demostrar que, para las mujeres, ir a las urnas fue sólo un paso, muy importante, pero insuficiente.

No sé de dónde sacaron estas mujeres las fuerzas para enfrentarse a todos los obstáculos. No sé cómo lograron ser tan fuertes como sus mayores miedos, mejor dicho, más fuertes que ellos. No sé cuál es el mayor miedo de cada una/o, pero confío en que las fuerzas creadoras y transformadoras que nos habitan sean mucho más poderosas y, nos lleven donde nos lleven, sintamos agradecimiento por ellas y convirtamos nuestras experiencias de creación y transformación en los pilares de nuestras vidas.

Licencia Creative Commons
Fuerzas creadoras por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

One Response to “Fuerzas creadoras”

  1. “Somos tan fuertes como nuestro mayor miedo”.
    El relato no podía haber sido más oportuno, para darme un poco de valor frente a las oposiciones que sufro.

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