¿La vida sigue igual?

Un rostro es tiempo. Tiempo trabajando su propia materia maleable

Olvido García Valdés

 

Los deberes de mi doctorado me tienen “atada” últimamente al tema del cuerpo y sus imágenes, un mundo apasionante y novedoso para mí, que invita a entrar en él al tiempo que produce cierto vértigo, porque reflexionar sobre el cuerpo lleva el pensamiento a la piel o, mejor dicho, nos hace conscientes de que las ideas no flotan en el espacio ni viven, virtualmente, en el interior de nuestra cabeza, sino que tocan nuestra materia –nos tocan– y, a menudo, incluso nos traspasan. Resulta sorprendente descubrir que las ideas sobre el cuerpo –las diferentes concepciones sobre el mismo, las imágenes aceptadas socialmente, los prototipos, los modelos propuestos…– pueden ser tan beneficiosas para él como el régimen alimenticio más completo y equilibrado, o tan perjudiciales como recibir una paliza. Es un tema complejo, aunque no por ello lejano a lo más cotidiano, pero no es mi intención profundizar aquí en él. Tan sólo lo he enunciado para explicar un poco el camino que han recorrido mi cuerpo y mis ideas antes de compartir el contenido de este post.

En uno de esos programas de aspirantes a ser artistas sonó hace unos días una famosísima melodía que tiene un montón de años y cuyo estribillo, por su propia condición de estribillo, repite varias veces: “Al final, las obras quedan, las gentes se van, otros que vienen las continuarán: la vida sigue igual”. Las canciones muy conocidas tienen la virtud, o el vicio, de seguir sonando en nuestro interior después de que los oídos han dejado de escucharlas. Son como un “hilo musical” particular que resulta muy difícil apagar –por no decir imposible– y que a veces nos acompaña, como música de fondo, durante muchos días. Fue lo que me pasó con “La vida sigue igual”: no podía dejar de cantarla por dentro, incluso cuando no pegaba ni con cola. Pero lo mismo que si se juega todos los días al cupón, alguna vez se acierta con el reintegro, la letra de la canción, cansina donde las haya, sonó en momentos que hicieron que las ideas me “atravesaran”.

Uno de ellos fue descubrir mi rostro frente al espejo la mañana del domingo. No había salido la noche anterior, había dormido nueve horas sin interrupción ni pesadillas, me había levantado sin ayuda del despertador, no estaba enferma, se supone que tenía que lucir como una rosa de Alejandría, pero la verdad es que me veía muy distinta –en realidad, peor– a como me imagino mentalmente. Fue como tomar conciencia del paso del tiempo en mi cara. Entonces oí que mi voz interior cantaba “la vida sigue igual”. ¡De eso, nada! Si yo no soy igual que hace unos días o unos meses o unos años, ¿cómo va a seguir igual la vida? ¿Es que yo no soy también parte de la vida, o sólo soy un accidente, parte del decorado total? No –pensé–, la vida no sigue igual. Si estoy cansada, la vida no sigue igual que si no lo estoy, y al revés. Y si tengo cincuenta años, no es lo mismo que si tengo treinta, o setenta. La vida no sigue igual si como bien o si no lo hago, no sigue igual si leo estos libros o aquellos, no sigue igual si hablo o si callo, si me relaciono o si me alejo de la gente…

El segundo momento tuvo que ver con el dolor que produce la muerte de alguien en sus seres queridos, algo que no tiene nada que ver con la creencia, o no, en la resurrección. La ausencia física de quien se ama es dolorosa, se tenga la fe que se tenga. Mientras reflexionaba sobre esto, mi tocadiscos interior volvió con la misma cantinela: “la vida sigue igual”. Y me rebelé, me rebelé mucho y profundamente, porque ¿cómo puede seguir igual la vida sin alguien que una vez formó parte de ella? Si así fuera, los seres humanos seríamos sustituibles por otros seres humanos, o por ideas, o por actividades diversas. Y me niego a aceptar algo así. Hacerlo sería como admitir que lo más importante no son las personas, sino las obras que quedan y que otros que vienen continuarán. Tengo una amiga que dice que, siempre que mira la catedral de la ciudad donde vive, se pregunta si hay derecho a que un edificio perdure cuando las personas que lo construyeron desaparecieron hace ya siglos. Y no es que ella tenga ninguna intención de demoler el patrimonio monumental, pero no puede mirarlos sin pensar en quienes los edificaron gastando sus energías, su tiempo y quizá su salud o su vida. Está claro que hay obras que sobrepasan los años de un ser humano, o de muchos, pero también es cierto que esas obras no serían como son sin la participación específica de personas con nombres y rostros concretos, y que la vida no siguió igual después de que llegaron o se fueron.

Ahora bien, que la vida no siga igual no quiere decir que no sea vida, que sea peor o que no pueda ser plena. Mi rostro no es el que tenía hace unos años. Ni falta que hace. Quiero que mis rasgos muestren algo de mi historia, del tiempo que también soy. Yo tampoco soy la misma, por muchos motivos, pero aquí estoy. Y estoy viva. Mi vida no es la misma desde que algunas personas se han ido de ella, por muerte, por olvido, por abandono… Tampoco es la misma desde que han llegado otras. Y estoy satisfecha de que así sea. Quiero que en el mapa de la piel de mi vida se dibujen todas mis experiencias. Es un mapa que está hecho de presencias y de ausencias, de satisfacciones y de carencias, de logros y de sueños incumplidos. Quiero recordar las cosas y las personas que hicieron que mi vida no fuera igual, quiero darles la importancia que tuvieron, reconocer su individualidad entrelazada con la mía, conformándonos mutuamente. Y quiero ser consciente de que todo ello forma parte de mi ser tanto como las células que, cambiando continuamente, hacen que esté viva y que sea yo.

Y espero que la vida siga sin seguir igual.

Licencia Creative Commons
¿La vida sigue igual? por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

One Response to “¿La vida sigue igual?”

  1. ¡Qué cosas más sensatas dices!

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