Ser quienes somos

Me quitaron la vida cuando me robaron el derecho a ser quien yo quería ser. Yo era una joven iraní a quien mataron porque quería leer filosofía. Ahora ya soy otra.

Azar Nafisi

 

En el suplemento dominical Magazine, del día 20 del pasado mes de junio, se incluía una entrevista a Azar Nafisi, una mujer iraní, profesora de Literatura Inglesa, que ha escrito sus memorias en un libro titulado Cosas que he callado. Aunque no tengo delante la entrevista, recuerdo que me impresionaron sus palabras. Con ellas dibujaba experiencias de sufrimiento y opresión, pero también de lucha y resistencia. Me llamó especialmente la atención lo que contaba sobre un grupo de mujeres formado cuando fue expulsada de la Universidad de Teherán. Por lo visto, durante dos años, Azar Nafisi se reunió en su casa con unas cuantas ex alumnas para leer los libros prohibidos. ¡Qué forma más inteligente de resistir! Aunque tengo la revista guardada en alguna estantería, no me aguanté las ganas de copiar en mi libreta de “Breves” la frase que encabeza este post, porque me sobrecogió.

Es posible que me impactara no sólo por el significado objetivo de las palabras, sino también por el momento en que las leí. Hacía muy pocos días que me había enterado, por correo electrónico, de la reciente publicación del libro A todos nos matan antes de morir, la última novela de Pilar Bellver, cuyo título resulta tan paradójico como la afirmación de la profesora iraní. Porque… ¿cómo es posible que alguien nos mate antes de que muramos? ¿Cómo puede alguien contar que le quitaron la vida? Llevo varios días dándole vueltas al asunto y, hoy, por fin, creo que he encontrado algunas palabras con las que expresar mis reflexiones, o quizá tenga que decir, mejor, mis intuiciones.

La aparente paradoja que supone seguir vivas/os después de que alguien nos haya matado está relacionada, creo, con la idea de que la vida, en último término, está “atada” a los latidos de nuestro corazón: si la “carne” mantiene la sangre caliente, estamos vivas/os; si nos enfriamos, no. El tema no es simple, porque podría conducirnos a formular muchas preguntas sobre los límites de la vida, preguntas relacionadas con la bioética, por ejemplo, que yo no me siento capacitada para responder. En realidad, ni siquiera estoy segura de saber plantear las preguntas.

Según esta concepción de la vida, decir que a todos nos matan antes de morir sería una metáfora, una licencia literaria aguda, sugerente, sin duda bien diseñada para servir de reclamo, para invitar a seguir leyendo. Lo mismo sucede cuando se leen las palabras de Azar Nafisi: suenan también a metáfora, a una forma de hablar no literal, por supuesto. Pero que algo no sea literal no significa que no sea real, y las experiencias de muerte cotidianas son tan reales como la vida misma.

Es más, yo no estoy tan segura de esa falta de literalidad, porque ¿qué es morir? ¿Acaso no tiene relación con no-ser? ¿Es que no morimos, o nos matan, cuando no somos, o no nos dejan ser, aquello que realmente somos o que podemos llegar a ser? ¿No se “trastorna” nuestra identidad, es decir, aquello que somos, cuando algo o alguien no nos permite ser en plenitud, cuando nos son dictados desde fuera, en función de los más variados intereses, los modelos de persona a los que podemos aspirar para encajar en el sistema como un guante? ¿Y si alguien nació para ser una china en el zapato de las estructuras injustas o una mota en el ojo de quienes no tienen ningún problema para olvidarse de la dignidad humana?

Es cierto que la vida, en ocasiones, nos “roba” el derecho a ser quienes queremos ser. Hay situaciones accidentales, sin explicación, al menos aparente, que nos caen como un hachazo y que, de alguna forma, nos mutilan. Nos dejan vivas/os, sí, pero ya no somos las mismas personas, ni lo seremos nunca. Otras veces, la vida nos da también sorpresas “accidentales” –aunque solemos ser menos conscientes de ellas– que nos hacen crecer como nunca nos habríamos sentido capaces de hacerlo. Y tampoco volvemos a ser las mismas personas. Gracias a Dios, la realidad nos afecta.

Lo que me estremece, por tanto, no son estas experiencias que quedan fuera de nuestro control y del control de otras personas, sino aquellas de las que somos responsables, o lo son otros. Lo que me sobrecoge es adquirir mayor conciencia de que hay quienes no son aquello que quieren o pueden ser porque alguien les roba ese derecho de las más diversas formas: oprimiendo, prohibiendo, juzgando, censurando, expulsando, desterrando, robando, negando la educación, obstaculizando el acceso a los recursos, explotando los bienes comunes, atemorizando… Matando, sí, aunque los cuerpos sigan vivos, impidiendo formas de ser, maneras concretas de ser seres humanos, que nunca se harán realidad. Mirado del otro lado, me emociona pensar que, cuando abrimos caminos, también podemos contribuir a que cada una, cada uno, sea aquello que puede ser.

De todas formas, una de las mejores cosas de la vida es su capacidad de reinventarse, es decir, de vencer a la muerte. Hace años que me despedí de la María José que pude haber sido y no fui porque alguien me robó el derecho a ser lo que yo quería ser. Hoy soy otra, no sé si mejor o peor, pero distinta. No me lamento, porque mi “mutilación” no es buena ni mala, sino parte de mí: pienso que me ha hecho más sabia, pero seguramente también habría aprendido mucho en “mi otra vida”. Supongo que el truco consiste en mirar las cicatrices con realismo, pero sin nostalgia.

Ahora soy la que soy, y con esta arcilla espero llegar a ser la que puedo ser. Y me gustaría pasar por esta vida, al menos, sin matar a nadie antes de morir y siendo lo suficientemente libre para no llenar demasiado las hojas de mi cuaderno con las “cosas que he callado”.

Licencia Creative Commons
Ser quienes somos por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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