De tacones y utopías

Hemos generado un mundo de esquizoides en el que se invita a las adolescentes a estudiar como leonas y vestir como panteras. Porque se sabe que, de otro modo, la fortuna les será más esquiva.

Gabriela Cañas

 

Del mismo modo que hay veces en que una no sabe qué busca hasta que lo encuentra, hay ocasiones en que una no sabe lo cansada que está hasta que se para, programa su descanso y descubre, con sorpresa, que ni cuerpo ni mente se resignan al plan y que deciden “vacar” por su cuenta. Literalmente, eso es lo que me ha pasado este verano, el primero, desde que recuerdo, que no he hecho nada más que descansar, y no por deseo consciente, sino por imposición inconsciente y, por ello, inevitable.

He pasado un montón de días no sólo sin escribir ni una sola línea, sino sin leerla. Bueno, para ser sincera del todo, dediqué unos minutos a un artículo* escrito por Gabriela Cañas en El País el día 24 de agosto, titulado “De trapos y siliconas”. Quizá por eso, porque ha sido mi única lectura en muchos días, le he dado muchas vueltas al tema, que excede con mucho lo que el título sugiere, pues aborda algo más que la cuestión de la carga ideológica que las prendas femeninas encierran y de la esclavitud de la imagen estereotipada que la sociedad occidental impone a las mujeres, aunque la reflexión parta de algo tan cotidiano como el uso de los tacones, por ejemplo, quintaesencia de la elegancia femenina y un auténtico seguro para tener problemas de espalda.

El texto de Gabriela Cañas fue como lluvia sobre el suelo mojado de mis propias reflexiones y preguntas. Vivo junto a una plaza céntrica que cada fin de semana reúne a muchos grupos de adolescentes que pasan la tarde en locales cercanos. Hace algunos años que observo cómo van vestidos. Ellos lucen ropa holgada, casi siempre vaqueros anchos, muy caídos, sudaderas o cazadoras amplias, calzado deportivo y, por lo tanto, plano. Ellas van muy ceñidas, con minifaldas o pantalones muy cortos, medias altas, camisetas de tirantes o palabra de honor, y unos zapatos de tacón tan alto que a menudo les obliga a andar con las piernas algo dobladas por las rodillas. Y esto, tanto en verano como en invierno. A veces, cuando los termómetros están cercanos a 0º C, me gustaría saber si esas chicas logran volver a sus casas sin sufrir hipotermia o sin pillar un constipado semanal, si no directamente una neumonía.

Siempre me pregunto si a unas y otros les parece normal que las chicas vistan no sólo de forma tan incómoda y poco saludable, sino tan “expuesta”, pues los cuerpos de las jóvenes, lejos de cubrirse con las prendas que llevan, suelen resultar mucho más evidentes. Me pregunto también si ellas se visten así porque les gusta, porque quieren gustar a sus amigos varones y, por tanto, competir con sus amigas por ellos, o si simplemente aceptan el estereotipo que impone la moda, siempre tan exigente con las mujeres. Seguramente, los motivos son variados, pero todos ellos esconden la necesidad de aceptación por parte del grupo/sociedad, un grupo que ve a las mujeres –que nos ve– como cuerpos sexuados y sexuales cuyo fin primordial es deleitar a los varones.

Es posible que esas jóvenes que veo cada fin de semana sean unas magníficas estudiantes y que algún día logren ser unas profesionales de altura en la rama del conocimiento a la que escojan entregarse, pero también lo es que todas lo tendrán difícil si pretenden abrirse camino únicamente con las armas del saber, de la inteligencia o de otras cualidades ajenas a su aspecto corporal, porque, como afirma Gabriela Cañas, “el talento de las mujeres es un valor todavía relativo e incompleto”. Al menos, eso es lo que están aprendiendo cuando, para ser aceptadas y valoradas por el grupo, se ponen unos tacones que apenas les permiten andar y que, más de una vez, les he visto llevar en la mano mientras regresan a casa descalzas, algo que no les impide intentarlo de nuevo el fin de semana siguiente.

Me tocó hacer el bachillerato y entrar en la Universidad en la segunda mitad de los setenta. En mi época, lo que se llevaba era el estilo unisex, por lo que mi vestuario nunca incluyó prendas escotadas, ni zapatos altos, ni faldas imposibles. Era también la época hippie, que puso sobre nuestros cuerpos ropas de algodón holgadas y de colores, y en nuestros pies, sandalias de tiras. No me atrevo a decir que fuera ropa bonita, pero desde luego era cómoda. Me pregunto si debo al feminismo “clásico”, que entonces hacía su aparición en España, tener unos pies sin callos ni juanetes –no he probado jamás unos tacones– y seguir pensando que la ropa, cuya carga ideológica es innegable, sirve sobre todo para proteger nuestros cuerpos, sin que por ello pierda su cualidad identificadora, pues son nuestras prendas lo primero que los demás ven cuando nos miran y, por tanto, funcionan como tarjeta de presentación.

Y me lo pregunto, porque llevo mucho tiempo sospechando que una de las armas más poderosas del neomachismo –esa forma de machismo sutil y amable, difícil de detectar porque se disfraza de igualdad– es la moda, a la que las mujeres, no por casualidad, somos muy vulnerables. Y la moda no sólo afecta al vestir, sino a los propios cuerpos, concebidos como objetos que hay que moldear –a veces cortando y pegando– y rediseñar una y otra vez para poder estar a la altura.

Resulta frustrante descubrir que, después de tantos años de lucha y logros, el feminismo se está ralentizando. Y considero muy valiente decir en un medio de comunicación, que precisamente los medios no consideran importante la causa de las mujeres. Entristece observar que las mujeres son utilizadas contra las mujeres de mil formas distintas, casi siempre muy efectivas, impidiendo que construyamos nuestra identidad al margen de mercados e intereses que nos son ajenos. Pero hay que seguir en la brecha, porque nos lo jugamos todo.

Quizás haya quienes piensen que perseguimos algo utópico, sin lugar, que es lo que significa utopía, pero no estoy tan segura de ello. Está claro que vivimos en un mundo profundamente patriarcal, que la igualdad entre hombres y mujeres no está conseguida, pero no es algo del todo ausente. Si la lucha feminista no fuera eficaz, el machismo no tendría que renovarse una y otra vez, como lo hace, haciéndose más sutil, más imperceptible, más amable, con el fin de “despistarnos”. Pero somos inteligentes, fuertes y sabemos lo que queremos. Queda tarea para rato, pero no vamos a renunciar a ser seres humanos en plenitud, por más que suene a utopía.

 

 


* Por si alguien tiene interés, el artículo se puede leer en: http://www.elpais.com/articulo/opinion/trapos/siliconas/elpepiopi/20100824elpepiopi_12/Tes

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De tacones y utopías por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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