Damnatio memoriae

Lo son. Unas veces más y otras, menos. Pero lo son: invisibles, transparentes. Están en escena y no se las ve. Presiden instituciones, congresos, departamentos sociales, y no se las ve. Pintan, escriben, componen, dirigen orquestas, crean arte, y no se las ve. Se silencian sus nombres o se las aparta del canon, que es lo mismo que no ser.

Elsa López

 

Cuando el Senado romano hacía balance del reinado de un emperador, tras su muerte, decidía si este merecía que se le rindiera culto como a un dios o si, por el contrario, su recuerdo debía ser borrado, en cuyo caso se aplicaba la llamada damnatio memoriae, que significa “condena de la memoria”. En la práctica, consistía en eliminar todo cuanto recordara al condenado –imágenes, monumentos…– e incluía la abolitio nominis, es decir, la eliminación de su nombre en las inscripciones y la prohibición de pronunciarlo públicamente. La finalidad de la estrategia era “borrar” la existencia de personajes que por diversos motivos se habían vuelto odiosos para el Estado, y se basaba en la creencia, relacionada con la magia, de que lo que no se nombra, no existe y, por lo tanto, no puede ser dañino.

La damnatio memoriae, en Roma y Egipto, tenía carácter jurídico y afectaba siempre a personalidades muertas, pero la condena de la memoria no es ni invento ni patrimonio exclusivo del Imperio Romano. Todas las sociedades humanas, incluida la Iglesia, la han practicado y la practican, ocultando con el silencio y la invisibilidad a aquellas personas o acontecimientos de su pasado que consideran vergonzosos, peligrosos o dañinos. Y contar la historia, cualquier historia, a medias es lo mismo que negarla.

No soy tan ingenua como para creer que la objetividad es posible cuando se trata de abordar la historia de cualquier grupo humano, porque quien narra lo hace condicionado, irremediablemente, por su propia mirada e intenciones, que a su vez dependen de muchas y variadas circunstancias. Tampoco pienso que sea posible contar la historia, cualquier historia, de forma completa, porque hay mil formas de acercarse a un acontecimiento e interpretarlo. Pero hay olvidos y ausencias y condenas de la memoria tan llamativos, que merecen, al menos, el reconocimiento de su existencia y de su importancia. Uno de ellos, y muy grave, es la ausencia de las mujeres y de su papel en la historia de todas las sociedades humanas. Ni se ha hablado de nosotras ni hemos tenido voz, al menos hasta hace poco tiempo.

Silencio y olvido están íntimamente y recíprocamente relacionados: lo que se calla se olvida, y no se habla de aquello que no se recuerda. Así, palabra y memoria caminan de la mano. Y si memoria equivale a existencia, cuando se habla del pasado, quizá palabra y existencia estén relacionadas cuando se trata del presente. Intentaré explicarme.

Hace unos días se celebró una cena en una ciudad española a la que asistió el obispo de la diócesis correspondiente. En el evento, en el que participaron muchas personas, había un grupo al que se rendía homenaje y que compartió mesa con el prelado y con una mujer que había sido invitada por los organizadores del acto: una teóloga extranjera, que trabaja en la Facultad de Teología más prestigiosa de su país, donde ha ocupado cargos de mucha responsabilidad, y que profesa una fe cristiana no católica. Cuando acabó la cena, la teóloga mostró su extrañeza y su desconcierto, pues el obispo no sólo no le dirigió la palabra durante todo el tiempo que compartieron mesa, sino que ni siquiera le miró. ¿Un caso de damnatio memoriae? Si aquello de lo que no se habla no existe, quizá aquella a la que no se habla –ni se mira– tampoco exista… La pregunta es por qué el obispo decidió relegar a la inexistencia a esta mujer.

Todos, alguna vez en nuestra vida, hemos recortado una fotografía eliminando un rostro, un cuerpo, una persona que querríamos no haber conocido, alguien que nos recuerda algo que queremos olvidar. Hay en mi casa una de esas imágenes “mutiladas”. Es una foto pequeña, como una cajetilla de tabaco. En ella se ve a un montón de chicas y chicos jóvenes junto al párroco del pueblo. Encima del cuerpo de mi madre hay un agujerito, recortado con esmero por ella cuando era niña, porque –según afirma todavía hoy– había salido muy fea. ¿Por qué recortó la foto, por qué las recortamos todos, en lugar de tirarlas a la basura, enteras o rotas en mil pedazos? Porque no queremos olvidar el resto de la escena, sino tan sólo una parte. Cada vez que mi madre mira esa foto, se pasa un montón de rato mirando uno a uno, todos los rostros, poniéndoles nombre y contando cómo les ha ido la vida. Cuando llega al agujero que hay sobre sus hombros, recuerda siempre lo fea que salió. El silencio del obispo, el otro día, es como ese agujero en la foto de mi madre: no pasa inadvertido. Al contrario, resulta más llamativo unas palabras, aunque sean pocas y por pura cortesía. Al final, el recorte y el hueco son un constante recuerdo de lo que falta o, al menos, de que algo falta, por lo que, paradójicamente, el silencio acaba convertido en un grito.

Hay silencios que gritan y que logran llenarse de palabras cuando alguien escucha su voz, cuando a alguien le llama la atención una ausencia e intenta llenarla rescatando la memoria silenciada. Pero hay vacíos que difícilmente podrán llenarse, porque ya no hay quien guarde recuerdo de lo que contenían y pueda ponerle palabras. Los vacíos de la historia, al igual que los silencios que se intercalan entre las notas de una partitura musical, son tan significativos como las presencias. No está de más agudizar el oído, ser conscientes de ellos y dedicarles atención con la esperanza de levantar la condena de algunas memorias.

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Damnatio memoriae por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

One Response to “Damnatio memoriae”

  1. Mira que hermosura de Juan del Encina. al hilo de la fama:
    .
    Juan del Encina
    (Salamanca, 1468 – 1529)
    .
    Todos los bienes del mundo
    (Villancico – Castellano antiguo)

    ________________
    .
    Todos los bienes del mundo
    pasan presto y su memoria,
    salvo la fama y la gloria.
    .
    El tiempo lleva los unos,
    a otros fortuna y suerte,
    y al cabo viene la muerte,
    que no nos dexa ningunos.
    Todos son bienes fortunos
    y de muy poca memoria,
    salvo la fama y la gloria.
    .
    La fama bive segura
    aunque se muera su dueño;
    los otros bienes son sueño
    y una cierta sepoltura.
    La mejor y más ventura
    pasa presto y su memoria,
    salvo la fama y la gloria.
    .
    Procuremos buena fama,
    que jamás nunca se pierde,
    árbol que siempre está verde
    y con el fruto en la rama.
    Todo bien que bien se llama
    pasa presto y su memoria,
    salvo la fama y la gloria.
    .
    Sobre por qué el obispo actuó así, por poco cristiano y por necio. A las claras que su ‘reino’ sí es de este mundo.

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