La voz de las palabras

 

¡Cuánta mística escondida! ¡Cuántas palabras recogidas sólo por el viento, la tierra y los ríos! ¡Cuántos gestos de liberación y de orgullosa dignidad de ser mujer, que se quedan en espacios desconocidos! ¿Quién narrará sobre este Dios? ¿Quién hablará este lenguaje? ¿Quién recogerá estas historias?

 Antonieta Potente

 

Esta mañana, mientras hacía las faenas de casa, encendí la radio. Una locutora estaba entrevistando a un hombre, cuyo nombre no llegué a oír. Era sudamericano y me dio la impresión de que tenía algo que ver con la literatura, quiero decir que era escritor, aunque no estoy segura. La mujer le preguntaba algo que sonaba a “¿qué libro se llevaría a una isla desierta?”, sólo que tenía más miga. Ella quería saber qué obra estaría él dispuesto a memorizar para transmitir a las generaciones futuras, si le dijeran que la palabra escrita iba a desaparecer.

Escoba en mano, y antes de que el entrevistado respondiera, pasaron por mi cabeza varios títulos. En décimas de segundo, intenté pensar qué memorizaría yo si se diera un supuesto tan poco previsible como el que la locutora proponía. Me acordé de las obras de Homero, de las tragedias griegas –quizá las de Eurípides– y del Quijote de Cervantes. Recordé la huella que me produjo la lectura de Cien años de soledad, de García Márquez, y de La Regenta, de Clarín. Quise salvar del olvido Los gozos y las sombras, de Torrente Ballester, y 1984, de Orwell. A una velocidad de vértigo, pasaron por mi mente muchas obras que he leído, y a veces releído, con pasión.

De pronto, mientras el entrevistado empezaba a responder, un título se abrió paso en mi cabeza como una antorcha luminosa: El cuento de la criada, de Margaret Atwood. “Este es –pensé– el libro que yo memorizaría”. Y entonces oí una voz en la radio, que decía: “La Biblia, sin duda”. Confieso que me llevé un susto de muerte. ¿Cómo no se me ocurrió pensar en la Biblia, cuyo nombre significa, precisamente, “libros”? Me llamaron por teléfono y apagué la radio. Cuando volví a encenderla, la entrevista había terminado.

Llevo todo el día dándole vueltas al asunto. No sé por qué asocié la palabra libro a obra literaria. Es más, no sé por qué recordé que la Biblia es el resultado de la suma de muchas obras, y muchas de ellas literarias. Creo que el motivo puede estar relacionado con que, para mí, la Biblia es algo más que un libro, pues sus efectos en mí superan con creces los de cualquier otro texto escrito que haya podido leer.

De todas formas, me pareció interesante la idea de un mundo en que no existiera la escritura y en el que las palabras –y las ideas que contienen– tuvieran que transmitirse oralmente. Sonaba a completa ciencia ficción. ¿Cómo puede pensarse en algo así? Entonces caí en la cuenta de que ese mundo ya ha existido, porque la escritura, que nos parece tan al alcance de la mano, es un invento muy reciente si pensamos el tiempo que los seres humanos llevamos sobre la tierra. Durante miles y miles de años, la memoria de la humanidad se transmitió oralmente. De hecho, las primeras obras escritas conservadas fueron recopilaciones de “cuentos” orales, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos. Sin ir más lejos, los relatos evangélicos circularon oralmente de una generación a otra, de una comunidad a otra, hasta que se pusieron por escrito.

Nuestra mentalidad “letrada” da más valor a la palabra escrita que a la oral. Quizá de ahí expresiones como “las palabras, se las lleva el viento”, donde está claro que se hace alusión a palabras dichas, no plasmadas de puño y letra sobre un documento. La letra tiene vocación de eternidad y de inmutabilidad. Pero muchas de las letras a las que ahora concedemos tanto valor, como las de la Biblia, por ejemplo, fueron antes sonidos pronunciados por personas que, a su vez, los escucharon de otras. ¿Cuántas palabras de aquellas se llevó el viento a lo largo de los siglos? Y lo que es quizá más interesante, ¿cuántas se añadieron y se reinterpretaron? ¿Serían los libros de la Biblia literalmente como son si se hubieran plasmado por escrito antes o después de cuando lo fueron?

La oralidad no es un defecto, sino una condición que no se puede obviar cuando se aborda determinado tipo de textos. Tenerla en cuenta, lejos de quitar valor a lo escrito en dichos textos, los llena de voces diferentes, a veces discordantes, pero tan reales como la tinta sobre el papiro, el pergamino o el papel. Los llena de mujeres y hombres de carne y hueso que oyeron palabras, las interpretaron, las filtraron y las impregnaron de sus propias experiencias para transmitirlas al futuro, como auténticas/os exégetas.

En el siglo XXI también transmitimos historias oralmente, y no sólo en los lugares del mundo donde el índice de analfabetismo es muy alto. Ninguna/o de mis hermanas/os les cuentan a sus hijas/os la historia de Caperucita Roja de la misma manera, ni siquiera si leen el cuento. A veces añaden detalles, para transmitir un mensaje, y a veces los eliminan, para evitar un conflicto.

Al final de ese día, he llegado a una conclusión. Si la palabra escrita desapareciera de este mundo, yo no memorizaría ningún texto. Transmitiría, a quien quisiera oírme, las historias que me han marcado tal como yo las he entendido, añadiendo mi voz a las palabras y, por tanto, sumando a la vida que ya tienen mi propia vida.

Licencia Creative Commons
La voz de las palabras por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

One Response to “La voz de las palabras”

  1. Estimada Mª José,
    Mi mujer me ha descubierto su blog y debo reconocer que tiene toda la razon al decir que esta cargado de una esplendida sensibilidad en todo lo que toca.
    Sin mas, quería transmitirle mi enhorabuena por sus articulos.
    Rodrigo

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