Soledad y comunicación

 

La existencia no está amenazada por el aislamiento, sino por ciertas formas de comunicación empobrecedoras y alienantes.

Carmen Alborch

 

Llevo unos días dándole vueltas a la soledad, una realidad que, por lo general, no goza de buena fama. También ando reflexionando, desde hace algún tiempo, sobre la comunicación, un concepto que, mayoritariamente, es percibido como positivo. No obstante, una y otra, en sí mismas, no son ni buenas ni malas, pero pueden ser ambas cosas.

Cuando la soledad es consecuencia del abandono, de la incomprensión, de la marginación, del olvido, del desamor, de la depresión… resulta muy dolorosa y tiñe de tristeza lo más profundo de nuestro ser: una tristeza honda, gris, desesperanzada y sombría. Hay soledades impuestas que, al no ser fruto de la libertad de quienes las viven, encadenan y destruyen. Pero hay también soledades elegidas y necesarias que nos hacen más humanas/os. La soledad es imprescindible para el encuentro consigo mismo/a, para que nuestro monólogo interior encuentre el tiempo y el espacio suficientes, para crecer y madurar, para que el mundo que nos rodea y del que formamos parte no nos devore con sus permanentes exigencias de exteriorización de nuestro yo, para construirnos, para mirarnos al espejo y vernos tal cual somos, para percibir nuestras limitaciones y nuestra sed de transcendencia, para desmontar lo falso y construir la verdad…

Hay gente que teme la soledad y la rehúye y hace lo que sea con tal de no vivir un minuto a solas. Y hay gente que la desea y la busca y las circunstancias no dejan que la encuentre. Hay quienes perciben una soledad profunda, aun cuando tienen abundante compañía, y hay quienes, en la soledad de su casa, se saben en contacto con el universo mundo.

La comunicación parece un buen antídoto contra la soledad. Las nuevas tecnologías ayudan a que muchas personas puedan relacionarse de forma rápida y cómoda con otras a las que no pueden ver cara a cara. Hoy podemos comunicarnos de manera fluida incluso con quienes están muy lejos. Antes, para recibir una carta de alguien que viviera en América, por ejemplo, había que esperar días. Las noticias de los seres queridos, a menudo, llegaban “caducadas”. Sabíamos, cuando escribíamos a alguien lejano, que nuestras palabras envejecerían por el camino. Para comunicarse en esas circunstancias hacía falta ejercitar la espera, una espera que se veía más que recompensada cuando encontrábamos un sobre en el buzón. Ahora, la alegría al recibir algunas llamadas telefónicas y algunos correos electrónicos es la misma, pero nos parece todo mucho más “normal”, menos extraordinario…

Hace unos años, una monja benedictina me regaló una tarjeta, elaborada por ella, en la que se leía “Dios es comunicación”. Había hecho varias, todas distintas, pensadas para cada una de las destinatarias. Creo que intentó buscar aquello de cada una que revelaba al Dios que llevábamos dentro. En las demás se podían leer palabras como “fortaleza”, “alegría”, “misericordia”, “esperanza”… Durante un rato miré casi con envidia a mis compañeras, que tenían en sus tarjetas “Dios es…” con todos esos conceptos tan elevados, tan espirituales, tan cristianos, mientras que yo me había quedado con uno que sonaba tan de andar por casa. La decepción, enseguida, se convirtió en sorpresa. ¿Yo era para aquella mujer un signo de que Dios es comunicación? Desde entonces, ha sido un pensamiento recurrente en mi vida que me ha ayudado a tomarme en serio el uso de la palabra y el ejercicio de la escucha.

¿Qué es comunicarse? ¿Decir palabras y oírlas? No. Hay muchas formas de comunicarse sin servirse del lenguaje, pero se use o no, la comunicación, tal como yo la entiendo, no es un mero intercambio de información, sino una forma de compartir nuestro yo y de dejar que el yo de las/os demás acabe formando parte del nuestro. Un acto de comunicación implica seriamente a quienes lo protagonizan, porque los expone y los hace vulnerables a lo otro. Y eso hace posible que haya formas de comunicarse empobrecedoras y alienantes, más temibles y dañinas que la más triste soledad: cuando las partes implicadas no comparten como iguales, cuando la intención del acto de comunicación es la manipulación, cuando mentimos, cuando nos exponemos innecesariamente, cuando sospechamos más de la cuenta, cuando tomamos en vano los gestos y las palabras y rebajamos su valor…

Dice el refrán que “más vale solos que mal acompañados”. Yo creo que más vale bien comunicados, aunque conozcamos la soledad. Quizá sean las experiencias de soledad, buscada o impuesta, las que nos enseñen a valorar y disfrutar en toda su profundidad de la auténtica comunicación.

Licencia Creative Commons
Soledad y comunicación por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

3 Responses to “Soledad y comunicación”

  1. Todo lo que escribes es precioso y lleno de sugerencias para tus lectores. Mil gracias

  2. Siempre abres terrenos nuevos por los que transitar.

  3. Cuando hace 30 años me quedé viuda, yo no sabia que la experiencia de soledad, tristeza y desesperanza me llevaria a entablar una rica experiencia de amistad con la soledad.

    Esta soledad fue la oportunidad que tuve de sentirme siempre acompañada de mi yo mas profundo, y esa soledad siempre está ahi. Con ella camino de la mano por todo el mundo,con ella hablo de mis miedos ,mis alegrias, mis ilusiones, mis frustaciones etc… Y cuando me siento sola, le hago un guiño y nos sumergimos en el mar de la abundancia de los sueños eternos.

    Recuerdo una canción que me fascinaba de Emilo Jose:
    Soledad, es tan tierna como una amapola,
    que vivió siempre en el campo sola…..

    Soledad , vive como otra cualquiera,
    en la aldea donde naciera,
    lava, cose, llora, rie ,ah mi soledad…

    Pues si, mi amiga la soledad es muy corriente y hasta hace las tareas domésticas como cualquiera….

    Gracias por las reflexiones que se comparten en este blogs

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