El lugar donde resistir

 

Creo que, en la vida, bajo cualquier circunstancia, puedes descubrir algo positivo, pero la frase anterior sólo tienes derecho a enunciarla cuando incluso en las peores adversidades has salido adelante.

Etty Hillesum

 

Esta tarde he visto Kamchatka, una producción hispano-argentina, estrenada en 2001, que se sitúa en los tiempos de la dictadura militar argentina y cuenta la historia de una familia que decide esconderse en una finca, por miedo a ser parte de la lista de personas “desaparecidas”. El punto de vista de la narración es el de Harry, nombre falso del hijo mayor, de diez años, que interpreta lo que acontece sirviéndose de paradigmas que le son familiares: la serie de televisión Los invasores, la historia del mago y escapista Houdini, de quien toma el nombre, y un juego de mesa llamado TEG o Plan táctico y estratégico de la guerra, uno de esos juegos donde se invaden países a base de lanzar dados y diseñar buenos planes. Creo que no desvelo ninguna clave que estropee la película a quienes no la hayan visto si reproduzco la última frase que pronuncia el protagonista: “Kamchatka es el lugar donde resistir”. Tenía planeado dedicar un rato de hoy al blog, con otro asunto, pero con una frase así no puedo resistirme a escribir sobre eso que llamamos resistencia.

Creo que, de entrada, no es una palabra con mala fama. Suena a firmeza, a tenacidad, a entereza… En el DRAE, resistir significa, entre otras cosas: “oponerse un cuerpo o una fuerza a la acción de otro; repugnar, contradecir, contrariar; tolerar, sufrir; rechazar, repeler; bregar, forcejear”. Así que tiene acepciones muy distintas, incluso contradictorias, pues parece imposible rechazar y tolerar al mismo tiempo. Pero quizá no lo sea. De cualquier forma, creo que es importante definir cómo y qué resistimos, o a qué nos queremos resistir, porque no es lo mismo resistir que resistirse.

Resulta relativamente fácil aceptar que hay que resistirse –en el sentido de rechazar– a los abusos de poder, aunque sólo sea interiormente, si es que no se puede hacer otra cosa, porque generan todo tipo de opresiones y vulneran, al impedirla, la plena humanidad de quienes los padecen. Más difícil resulta definir el poder, pero sin duda es algo que poseen quienes deciden, sea cual sea el ámbito en el que toman sus decisiones. Toda/os hemos experimentado alguna vez el poder, por insignificante que sea nuestro mundo, pues todos tenemos un espacio en el que podemos decidir. Y decidir sobre otros. Pero sentimos que nuestro pequeño poder palidece ante nuestros ojos, como una pulga ante un elefante, si lo comparamos con el poder que percibimos alrededor, sufrimos en nuestra vida cotidiana y sospechamos que tienen gobiernos, empresas, consorcios, corporaciones, compañías y otro tipo de asociaciones, no siempre dotadas de nombre y rostro conocidos. No tenemos dudas: ese poder es algo negativo, algo a lo que, en conciencia, hay que resistirse, algo contra lo que hay que luchar.

Tenemos nuestras luchas de cada día, nos enfrentamos a conflictos de conciencia cotidianos, cuando no sabemos dónde está la justicia, buscamos soluciones con las que abordar las dificultades diarias… Y nuestra historia vuelve a parecernos una pulga cuando pensamos qué pasa con el Mundo con mayúscula y sus mayúsculos problemas; qué pasa con las injusticias que nos estremecen hasta el punto de no poder ni escucharlas; qué pasa con los abusos de poder sobre pueblos, razas, colectivos, clases desfavorecidas y todo un género; qué pasa con la potencia destructora de ese poder que, si quisiera, podría acabar con la humanidad; qué pasa con el mal radical que todo lo arrasa. Apetece rendirse, pero, sintiéndonos minúsculas/os, todavía podemos preguntarnos: “¿Qué puedo hacer yo?”.

Lo inmediato, por supuesto, es sentirse impotente, pero, en palabras de Joan Chittister, “¿cómo se puede ser cristiano y no hacer nada acerca de estas cuestiones?”. Por lo visto, la impotencia no es una excusa. Nada sucederá si no pasa primero en nosotras/os y a través de nosotras/os. Como dice la misma Joan Chittister: “Cambia tu modo de pensar y dilo. Eso es lo que debo hacer. Pese al ridículo y a las críticas, debo decirlo. Alto, claro y siempre. Así puede que llegue el día en que me encuentre en medio de un coro de voces que griten “no” al mismo tiempo que yo. Y entonces cambiará el mundo”.

Esa impotencia que tanto nos angustia y nos paraliza es, en realidad, el poder que necesitamos para cambiar el mundo, porque, según la misma autora, “el poder no radica en la riqueza y la autoridad, sino en no tener nada que perder”, porque entonces somos libres.

Nunca he estado tan desnuda como para no tener nada que perder. Estoy segura de que esa desnudez es la condición de la verdadera libertad, la que no está limitada por ningún miedo, ni teme a las consecuencias, porque en realidad ya se han producido. Sea como sea, ser libre no es gratuito. Y no es que tengamos que desprendernos de nuestros ropajes por el camino, es que tenemos que dejarnos la piel.

Hay que ser muy valiente para resistir y resistirse, no en silencio, sino sembrando con las palabras “la semilla de toda posibilidad, la resistencia a todo mal”.  El único fin de la resistencia activa y pasiva es su capacidad de oponerse al mal y cambiar las cosas.

Si Kamchatka es el lugar donde resistir, Kamchatka está en cada una/o de nosotras/os, allí donde descubrimos que no hay poder que pueda arrebatarnos nuestra humanidad si nosotras/os no queremos. Y, desde ahí, podemos “conquistar” el mundo[1].

 

 

 


[1] Los créditos finales de la película se despliegan sobre un fondo musical, la canción de Paco Ibáñez Palabras para Julia, interpretada magistralmente por Liliana Herrero. Si alguien tiene interés, puede escucharla en:

http://www.lilianaherrero.com.ar/discos/confesion.php

 

Licencia Creative Commons
El lugar donde resistir por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

3 Responses to “El lugar donde resistir”

  1. Yo creo que todos los seres humanos tienen esa parte de resistencia que los hace resistir en muchas etapas de sus vidas. Pero también tienen miedo. Ese miedo que se nos pega al alma y nos paraliza cuando nos encontramos frente a un poder que nos amenaza con quitarnos el trabajo o la dignidad o la familia o la vida..

    La pasada noche vi un programa sobre los cientos de mineros esclavizados que extraen casiterita de las minas de Angola . Ellos resisten trabajos inhumanos y oponen resistencia a los soldados que los vigilan, pero todo lo hacen empapados de miedo. Y yo pienso que el poder les quita humanidad, les quita las mujeres, les quita la comida, la vivienda , la sanidad, etc…

    Ellos nos tienen tiempo para escucharse, valorarse y aceptarse. Ellos dejan la piel cada dia y su Kamchatka no les hace conquistar el mundo ,sino que los lleva a quedar sepultados en esas minas y entre esas piedras de casiterita que luego nos envian a los paises ricos para construir teléfonos móviles electrónica etc…

    Y que podemos hacer ? Somos cómplices del mundo que nos toca vivir, y todos ponemos nuestro granito de maldad . Hay que cerrar los ojos y saltar fronteras para llorar apretujados junto al corazón de esos hombres que en un pais lejano estamos maltratando.

  2. Preciosa reflexión. Vi la película hace años, pero no le saqué tanto jugo…

  3. Es posible que un día le pida que me apoye en mi propia resistencia al poder.
    Me pregunto qué actitud tomará usted ese día.

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