Un camino sin retorno

Soy la mujer que ha despertado,

he hallado mi camino

y nunca volveré.

Meena

El 25 de noviembre se celebró el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, declarado como tal por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 17 de diciembre de 1999, algo que las feministas ya hacían, en esa misma fecha[1], desde 1981.

Seguramente es algo que sabe la mayoría de la gente, pero he querido mencionarlo por dos motivos. El primero, recordar que el “invento” no fue de la ONU, sino de mujeres que luchaban por los derechos de las mujeres, lo que confirma mi idea de que todo lo que se siembra florece y de que hasta lo más pequeño puede hacerse grande, por lo que hemos de seguir siendo creativas. El segundo, reflexionar un poco sobre las distintas interpretaciones a que da lugar un día como el 25 de noviembre a partir de las distintas denominaciones que se atribuyen a esta fecha.

El nombre oficial –Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer– no es, precisamente, el que más aparece en los carteles y titulares. Es muy habitual leer, por ejemplo, Día Internacional contra la Violencia hacia –o ejercida contra– la/s Mujer/es, o Día Internacional contra la Violencia Machista, o contra la Violencia de Género, denominaciones que se parecen a lo que estableció la ONU, pero que no son lo mismo. Al margen de las diferencias entre expresiones como “violencia machista” o “violencia de género”, que no son equivalentes, los ejemplos anteriores comparten algunas características: prescinden de la palabra “eliminación” y la sustituyen por “contra”, que suena más beligerante, algo que no sobra ante la magnitud y gravedad del problema. No obstante, en mi opinión, que un término visibilice que dicha violencia puede ser eliminada es un grito de esperanza al que me cuesta renunciar. Por otro lado, creo que es positivo que todas estas denominaciones remitan a la práctica personal y, sobre todo, colectiva y política, para combatir y erradicar lo que Celia Amorós piensa que habría que calificar, sin atenuantes, como “terrorismo machista”.

Sin embargo, hay un modo bastante habitual de referirse al 25 de noviembre que enfoca el problema de otra manera: Día Internacional de la Mujer Maltratada. El cambio es tan significativo, que merece una reflexión. El protagonismo del mensaje ya no lo tiene la eliminación de la violencia, sino quienes la sufren, por lo que podría considerarse como una denominación más solidaria, pero creo sinceramente que tiene “trampa”, porque lejos de ayudar a la eliminación de la violencia, la perpetúa a través de diversos mecanismos que no siempre resulta sencillo explicar.

Por un lado, al centrar la atención exclusivamente en un tipo de violencia contra las mujeres –cuando se habla de maltratadas, todo el mundo piensa en las víctimas del maltrato físico y psicológico dentro del ámbito doméstico o asociado a relaciones “sentimentales”– minimiza el problema, aunque parezca paradójico si se tiene en cuenta que este tipo de maltrato es el más grave, por lo que resulta fácil olvidar que la violencia ejercida contra las mujeres es mucho más amplia, pues se vive dentro y fuera de casa, y adquiere muy diversas formas y grados. En realidad, todas las mujeres sufrimos violencia todos los días y, a menudo, de forma inconsciente: en la discriminación laboral, en el descrédito público, en la publicidad, en el acoso disfrazado de caballerosidad, en la competencia desleal, en la culpabilidad que se nos quiere inyectar cada vez que no respondemos al “modelo”… Y ese goteo continuo de violencia no sólo tolerada, sino a menudo aceptada y bendecida social y políticamente –a todo el mundo le parece normal, por ejemplo, que el amor incluya cierto grado de celos–, merma nuestra dignidad y es el caldo de cultivo donde crece “eso” que un día, a menudo, acaba con la vida de las mujeres en el hogar y fuera de él.

Por otro lado, alimentar el victimismo reproduce la situación, porque presenta a las mujeres tan sólo como “sufrientes”, como seres pasivos, débiles, cuando en realidad lo que hace falta es infundir esperanza y habilitar soluciones, tomar medidas no sólo curativas –que son las más urgentes–, sino también preventivas. Y para ello, hay que poner patas arriba muchas cosas.

Mientras escribía este post, una amiga me ha mandado por correo electrónico un enlace[2] con un vídeo que, creo, expresa mucho de lo que quiero decir. Se titula “Por los buenos tratos”, un título positivo, que mira hacia el objetivo y que muestra qué tipo de actitudes son las que hay que cambiar.

Confieso que este año no fui a ninguna manifestación, pero le di muchas vueltas a los distintos modos en que somos violentadas. Percibí la necesidad de que las mujeres seamos conscientes de nuestra propia fuerza interior y de nuestra dignidad, algo sin lo cual ninguna medida política puede tener éxito. Y, sobre todo, fui consciente de que hay que mantener viva la esperanza de que algún día recorreremos, individual y colectivamente, un camino sin retorno para lograr la eliminación de esta violencia, y de que saldremos victoriosas, aunque, en el viaje, no todas salgamos indemnes.


[1] La fecha fue elegida en recuerdo del brutal asesinato, en 1960, de las tres hermanas Mirabal –Patria, Minerva y María Teresa–, activistas políticas de la República Dominicana, por orden del dictador Rafael Trujillo.

[2] http://www.youtube.com/watch?v=RUMSA1U2uOk

Licencia Creative Commons
Un camino sin retorno por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

One Response to “Un camino sin retorno”

  1. Como siempre da gusto leer estas aclaraciones comprometidas y reinvidicativas, desde una reinvidicación calmada fruto de la reflexión y del compromiso diario. Sin duda, hemos de seguir caminando para que en todos los lugares del mundo, las mujeres ganemos en buenos tratos, los tratos que simplemente merecemos como seres humanos. Gracias y a seguir

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