Arriesgarse a la utopía

Hablar de la utopía nos acerca más a ella.

Pilar Sampedro

El Adviento va avanzando. Es un tiempo que me gusta, un tiempo de esperanza, casi de buena esperanza, porque se parece mucho a una gestación. ¿No es, acaso, la preparación a un Nacimiento? La cuestión que me ronda desde hace unos días es, precisamente, qué esperamos que nazca, porque decir que la Navidad celebra el nacimiento de Jesús de Nazaret, sin más, no responde a mi pregunta o, mejor dicho, no satisface mi inquietud. ¿Qué gestamos en este tiempo de esperanza y expectación? ¿Es la esperanza pura espera?

Diversas lecturas recientes, unidas a la simple contemplación de la realidad, me recuerdan cada día lo difícil que es cambiar las cosas. Me refiero a cambiarlas a mejor, porque cambiarlas a peor parece relativamente sencillo, unas veces, a mala idea, otras, metiendo la pata sin querer y, las más, no haciendo nada para que mejoren. Leer los periódicos o ver los telediarios es, casi siempre, una experiencia garantizada de asombro –en su sentido más negativo–, indignación e impotencia. De estas reacciones, la que más me preocupa hoy es la impotencia, porque, de alguna forma, sabernos sin posibilidades nos condena a un mundo sin libertad y sin horizontes, que viene a ser lo mismo que entregarse en manos del destino, como si este fuera un dios omnipotente ante el que no cabe otra actitud que la resignación, si las cosas vienen mal dadas, o el agradecimiento, si la “plaga”, sea cual sea la forma que tome, pasa a nuestro lado sin rozarnos. Pero si el destino se convierte en el Destino, si las cosas son así y no se pueden cambiar, ¿qué pedimos realmente cuando pronunciamos “Ven, Señor Jesús”, que es la consigna por excelencia del Adviento?

¿De verdad nos creemos que el mundo será distinto alguna vez? ¿No albergamos en nuestro interior, aunque sea agazapada, una profunda desesperanza que tiñe nuestros sueños de imposibilidad, convirtiéndolos, como una profecía autocumplida, en impotentes? O lo que es peor, ¿creemos que la misericordia y la fidelidad se encontrarán y que la justicia y la paz se besarán –como dice el salmo 84, tan propio del Adviento– sin nuestra intervención? ¿Nos sentimos agradecidas/os cuando la desgracia no nos alcanza, aunque asole al prójimo? ¿Todavía pensamos que lo que sucede alrededor, cerca o lejos, no nos atañe?

La teóloga alemana Dorothee Sölle, contaba la historia de una mujer que, cuando comprendió lo que había sucedido realmente en Auschwitz, se adhirió al movimiento a favor de la paz. Con sus propias palabras: “Esta mujer había comprendido que Dios, durante la época nazi de Alemania, había sido pequeño y débil. Dios era –de hecho– impotente, porque no tenía amigas ni amigos; el Espíritu de Dios no tenía donde morar; el sol de Dios, el sol de justicia, no brillaba. El Dios que necesita a los seres humanos para ser, era una nada”.  Confieso que me impresionó mucho leer esta historia. Hay actualmente muchos Auschwitz en funcionamiento, con muy diferentes aspectos, y me pregunto si la aparente ausencia de Dios no tiene que ver con nuestra indiferencia, cuando decidimos no mirar, y con nuestra desesperanza, cuando después de haber visto nos convencemos de nuestra impotencia.

Cuando rezo “Ven, Señor Jesús”, lo que yo pido en realidad es que el Reinado de Dios, el que Jesús de Nazaret anunció y vivió, se abra camino en la realidad presente y futura. Y me preocupa que esta petición sea, en el fondo, una especie de invocación mágica y no una expresión de mi conciencia de pertenencia al todo y del compromiso y de la responsabilidad que yo, concretamente, tengo para que lo que pido sea posible. Y, sobre todo, me preocupa que pedir la realización del Reinado de Dios no sea expresión y alimento de mi más profunda confianza en que es algo posible y no una utopía.

Creo que el Reinado de Dios nunca se ha hecho presente sin más, sin la intervención humana, ni siquiera en tiempos de Jesús. Claro que Dios está implicado en ello, pero pienso que su intervención, el verdadero milagro, es el que opera y se opera en y a través de las personas que hacen posible su Reinado no sometiéndose a los dioses de facto y confiando en la Vida, pese a sus propias limitaciones y a la dureza y dificultad de las circunstancias en que se ven inmersas. Cuando rezamos “Ven, Señor Jesús”, en el fondo, nos acercamos un poco más a la utopía, porque la nombramos, porque verbalizamos nuestra esperanza y, sobre todo, porque, al hacerlo, nos “arriesgamos” a convertirnos en una de estas personas que la hacen realidad.

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Arriesgarse a la utopía por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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