Yaya, ¿las arrugas duelen?

Vivir en la realidad y soñar con cambiarla es una espléndida forma de amor.

Maruja Torres

Tengo seis sobrinos, tres niños y tres niñas. Cuatro nacieron en un periodo de quince meses, por lo que, aunque tienen maneras de ser muy distintas, forman un grupo muy homogéneo en lo que a su relación con el mundo se refiere. En realidad, son bastante pequeños pero, a poco que se les mire con algo de atención, se puede descubrir que, a menudo, sus jóvenes cerebros no sólo observan la realidad circundante, sino que la procesan de forma muy peculiar, lo que suele generar en ellos preguntas que a los mayores, a veces, nos resultan sorprendentes, por inconcebibles, pero que nos invitan a reflexionar antes de dar una respuesta.

Uno de ellos, Ethan, le preguntó a mi madre hace unos días: “Yaya, ¿las arrugas duelen?” No cabe duda de que, con sus seis años, considera que su abuela es una mujer ancianísima, aunque aún no ha cumplido los setenta… Mi madre, viendo la carita compungida del nieto, respondió inmediatamente: “No, cariño, no duelen nada. Si no me miro al espejo, ni me acuerdo que las tengo”.

Cuando cuento esta historia, todo el mundo, después de sonreír por la ocurrencia de Ethan, me dice: “¡Vaya si duelen!”, lo que me lleva a pensar que tendemos a asociar las arrugas no sólo con la vejez, sino con el dolor, un dolor que sin llegar a sentirse en el cuerpo, tiene que ver con la dureza de la vida, con todas las dificultades con las que nos hemos tenido que enfrentar a lo largo de los años, máxime si son muchos los que ya dejamos atrás.

Está claro que, al margen de herencias genéticas y procesos biológicos naturales, las experiencias de sufrimiento dejan huella en nuestro cuerpo. El llanto continuado, por ejemplo, causa unas arrugas muy características debajo de los ojos. Asimismo, los rostros de quienes sufren algún tipo de dolor crónico también se contraen de una forma especial y, por tanto, se arrugan de manera diferente. Los trabajos que requieren mucho esfuerzo físico, al cabo de los años, también dibujan unos surcos característicos en la cara. Pero hay arrugas que no tienen nada que ver con el dolor físico y/o espiritual. Las personas apasionadas, las que ríen a menudo, las que no sólo se expresan con palabras, sino con  gestos, son candidatas a tener muchas arrugas en la cara, arrugas que hablan de experiencias gozosas, de relaciones humanas intensas y de una gran capacidad de comunicación, arrugas que, como las que nos regalan los años, son un auténtico trofeo y deberían constituirse en motivo de alegría o, como mínimo, de satisfacción.

Por una extraña conexión que no acabo de comprender, esta historia me ha recordado mucho a la Navidad. En los últimos días, me he encontrado a bastantes personas que, ante la cercanía de estas fiestas, sentían sobre todo tristeza a causa de quienes, por un motivo u otro, no se sentarán a la mesa de la celebración familiar o comunitaria. Afortunadamente, también me he encontrado con personas que, aun sufriendo ausencias importantes e incluso soportando situaciones familiares difíciles o experiencias personales de enfermedad y dolor, quieren ser conscientes de lo que la Navidad significa –Dios con nosotras/os– y alegrarse por ello.

Nadie dice que vivir sea fácil. Los tiempos que corren nos lo ponen quizás aún más difícil, pero la vida, cualquier vida, puede estar llena de sentido. Y sacrificar la esperanza y eludir el compromiso con la realidad, al final, es resignarse a la injusticia, al dolor y al desaliento. Miremos con benevolencia nuestras arrugas y hagamos de ellas un motivo de agradecimiento. Alegrémonos de las huellas que nos deja la vida, porque, en justa reciprocidad, eso significa que también nosotras/os podemos dejar huella en la vida y, por lo tanto, transformar en Luz y Vida la oscuridad y la muerte. Una noche como la de hoy es un canto a la esperanza.

Feliz Navidad.

Licencia Creative Commons
Yaya, ¿las arrugas duelen? por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

3 Responses to “Yaya, ¿las arrugas duelen?”

  1. Cada arruga lleva detrás la historia de una vida. Funcionan como un mapa que va dejando sus huellas a lo largo del camino: aquí fueron risas, allí llantos, en esta cuesta un fuerte desgaste, en esa ciudad ¡cuantas comidas compartidas!, esta cicatriz fue de aquel accidente pero esta me la hicieron en un quirófano… Renuncias a ellas es suprimir páginas de una biografía que han quedado fuertemente inscritas en nuestro organismo y que nos han hecho lo que somos

  2. Recientemente cuando leo algo sobre las arrugas, recuerdo un anuncio de una cadena de radio que ofrece insistentemente un potinge de veneno de serpiente y siento como que ya nos quieren envenenar y quitar de enmedio. Tambien Woody Allen en la ultima visita a Oviedo nos dijo que la vejez es algo malo que empieza a sucederte y que las opciones se reducen.
    Todo esto me hace pensar en este articulo precioso que escribe M. Jose y que da esperanza a esas arrugas o plieges cutaneos o rayas que dejan las sonrisas y lagrimas y que ennoblecen y embellecen los rostros.
    En un tiempo pasado y compartiendo experiencias con un monje , este me hablaba de esos surcos en la tierra de la vida en donde hay que hacerse semilla de si mismo.

  3. Siendo todo lo que decís cierto, creo que las arrugas son sobre todo una cuestión de piel. De calidad de la piel. O sea que aquí la marca genética también es fundamental. Luego están, claro, los que se las operan. Asombra ver a nuestros famosos, a muchos, en las cercanías de los 70 y con la piel tirante. Genética y dinero, he ahí dos claves.

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