Dejar entrar la oscuridad

Pues ante la muerte los vivos se cierran y oponen la resistencia de su tiempo impenetrable. Así la muerte penetrará en ellos un día desde afuera, y no como el mar que inunda y lleva lejos.

María Zambrano

Reconozco que me da cierta vergüenza confesar que hace poco que descubrí a María Zambrano. Sabía quién era, por supuesto, y me eran familiares algunas imágenes suyas inmortalizadas en fotografías a las que se recurre siempre que se habla o se escribe sobre ella. Pero no había leído de esta autora más que frases sueltas. La suerte quiso que un día que me empeñé en dormir la siesta en el sofá de mi casa, sin conseguirlo, el insomnio vespertino involuntario me hiciera jugar con el mando de la tele y dar, casualmente, con un documental sobre ella que ya había empezado. Me quedé tan fascinada que, inmediatamente, me puse a buscar por internet y lo encontré en la red[1]. Lo devoré, abandonada toda pretensión de dormir, y me propuse conocer más a esta mujer que, de pronto, me pareció imprescindible.

Trabajar en una biblioteca tiene sus ventajas, así que localicé en el catálogo todo lo que había sobre María Zambrano y empecé a leer su obra, comenzando por una recopilación de artículos, pues consideraba una osadía abordar sus monografías sin acostumbrarme a su lenguaje y a su pensamiento a través de escritos más “ligeros”, ya que no soy filósofa. El caso es que me estoy dando cuenta de que, en María Zambrano, no hay nada ligero, sino que cada palabra, cada frase, es el fruto de una reflexión profunda transida de experiencias vitales en las que brilla una honestidad poco común. Así que leo, sí, pero despacio.

Como en tantas ocasiones de la vida, las cosas no suceden por casualidad, o al menos esa es mi impresión, porque los textos de María Zambrano han llegado a mí justo en el momento preciso, como si sus palabras hubieran estado guardadas en los anaqueles de mi biblioteca esperando a que yo estuviera preparada para leerlas. Me refiero a que estoy encontrando en ella, precisamente, lo que me hace falta para este momento de mi vida.

Hay temporadas en que resulta difícil mirar alrededor sin que a una le venza el desánimo. En ellas, parece que la muerte se hace más presente, sin que para ello sea necesario que fallezca ningún ser querido o simplemente conocido, ni que las noticias sobre catástrofes y pérdidas humanas llenen los telediarios. A veces, la muerte se percibe “solamente” como ausencia de vida, por lo que nos alcanza allí donde la vida, nuestra vida, no lo es plenamente. El mundo, entonces, se nos antoja un lugar inhóspito, y cada acontecimiento, la prueba irrebatible de que “esto” no tiene remedio. Y cuando digo “esto”, me refiero a casi todo, incluidas/os nosotras/os mismas/os.

El desánimo –o la impotencia, o el desengaño o la desesperanza– nos agota, y el cansancio nos repliega y, de alguna forma, nos paraliza. Hace que nuestros ojos no puedan ver las cosas más que en escala de grises, como cuando anochece, por lo que no sólo se nos ocultan los muchos matices y colores de la realidad, sino que también quedan veladas a nuestra vista las luces que nos permitirían escapar del mismo desánimo. A menudo nos rendimos y dejamos de escudriñar en la oscuridad y de buscar la presencia de una luz, por tenue que sea, que nos anuncie que se inicia el final de la espera, es decir, el comienzo de otra cosa, de algo nuevo y desconocido.

Es difícil determinar por qué, de vez en cuando, las fuerzas que ayer nos sostenían, hoy se niegan a hacer acto de presencia, y ahora mismo no aspiro ni a descubrirlo ni a encontrar las palabras que puedan explicarlo. Pero descubro en mí misma la tendencia a poner distancia entre la oscuridad y yo, entre la muerte y yo, como si la oscuridad y la muerte fueran algo ajeno a mí, algo que no me corresponde, que no me atañe y que, además, no quiero que me concierna.

Estos días he tenido algunas experiencias que, paradójicamente, han encendido luces donde creía que no las había. Y las palabras de María Zambrano me han ayudado a reconocerlas y a encontrar mis propias palabras, es decir, a dar una forma diferente a la realidad y, por tanto, a experimentar algo que, aun siendo conocido, se convierte en algo nuevo. Aceptar la oscuridad, dejarla entrar en mí y saberme responsable de ella, ha sido la condición necesaria para experimentar la fuerza del oleaje de la vida, siempre en expansión, una fuerza misteriosamente surgida allí donde solo parecía habitar la impotencia.

¿Tendrá algo que ver con la resurrección? Porque intuyo que resucitar no es simplemente volver a vivir, sino dejar que, a través de la muerte, se abra camino la vida de una forma no solo misteriosa, sino inesperada: nunca sabemos ni cómo ni cuándo ni adónde nos llevará.


[1] http://www.rtve.es/mediateca/videos/20100724/mitad-invisible—razon-poetica-maria-zambrano/837779.shtml

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Dejar entrar la oscuridad por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

One Response to “Dejar entrar la oscuridad”

  1. Lei algo de la vida de Maria Zambrano hace algunos años a raiz de su muerte y me sorprendió y emocionó la frase que por su deseo reza en su tumba :
    SURGE AMICA MIA ET VENI (levantate, amiga mia y ven).

    Esto si que tiene que ver con la resurreción o mejor dicho, con la invitación a elevarse sobre si mismo. Una mujer que para ella todo era insuficiente, que se movia entre la tragedia ,el vacio , el exilio y el montón de gatos que siempre la rodeaba, encontró en unos versos del Cantar de los Cantares, la esperanza y el sentido de su vida y de su muerte.

    Ánimo, y grabemos como un sello en nuestro corazón el :Surge amica mia et veni

    ´¨

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