Derechos e indefensión

Todos los dolores pueden ser sufragados si los ponemos en una historia o contamos una historia sobre ellos.

Karen Blixen

Nada me gustaría más que poder eliminar –y, en todo caso, aliviar– el dolor propio y ajeno. Y si poner los dolores en una historia o contar una historia sobre ellos sirve para algo, confieso abiertamente que me encantaría contar –en realidad, me muero de ganas de hacerlo– algunas historias de acontecimientos recientes, y no tan recientes, en los que he podido contemplar reiteradamente la indefensión que sufren algunos grupos y personas. Pero, por muy concernida que me sienta, no son mis historias, y pienso que no tengo derecho a contarlas sin el conocimiento y el consentimiento de sus protagonistas, ni siquiera para denunciar la indefensión que, según mis ojos, sufren.

El DRAE define indefensión como la “situación en que se coloca a quien se impide o se limita indebidamente la defensa de su derecho en un procedimiento administrativo o judicial”. Dicho de otra manera, se encuentran en tal condición aquellas/os cuyos derechos no han sido realmente reconocidos ni defendidos por quienes deberían ser, precisamente, sus garantes.

Podría ampliarse el horizonte, pero ahora mismo estoy pensando en los derechos eclesiales, los que aparecen en el código de Derecho Canónico y en otros reglamentos con validez en las instituciones de la Iglesia. Que tal código sea de uso intraeclesial no disminuye su importancia, porque afecta a personas y vidas concretas. Por otro lado, no sé si la negación o limitación de tales derechos está tipificada en algún sitio como delito, pero estoy completamente segura de que una mirada detenida y atenta a los mismos nos descubriría su relación con los derechos civiles y, por supuesto, con los derechos humanos. ¿Significa esto que quienes ponen en situación de indefensión a algunas personas o grupos en la Iglesia les están negando o limitando sus derechos humanos? Parece que sí. ¿Y lo hacen también quienes colaboran con su silencio con su omisión? Parece que también.

Pues esto, a mí, me impresiona mucho.

La verdad es que no sé si tengo derecho, o no, a contar algunas historias, aunque lo que me inquieta de verdad es no saber si lo que tengo es, más bien, obligación de hacerlo… Mientras lo descubro, me limitaré a compartir públicamente algunas preguntas, pocas, que me he hecho sobre un “caso” al que últimamente se le ha dado una gran publicidad: el de las clarisas de Lerma.

Se ha escrito mucho sobre el tema, pero a mí lo que me interesa en este momento es un grupo de mujeres: las que han decidido seguir siendo lo que eran y son, es decir, clarisas. Y, entre estas, me preocupan sobre todo aquellas que no tienen edad suficiente para ser consideradas ancianas y, por lo tanto, no pueden permanecer en el monasterio de La Aguilera, que es donde, curiosamente, se van a quedar las que dejan la orden para convertirse en otra cosa. Estas clarisas, pocas, que siguen siéndolo, tienen que irse de Lerma, de su casa, de su monasterio, y buscarse otro que las acoja, o varios. Y todo, porque un instituto recién creado se ha quedado con el patrimonio de la comunidad de clarisas de Lerma, de la que esas pocas son sus únicas y verdaderas representantes: ellas son la comunidad de clarisas de Lerma, una comunidad que, por otro lado, no se ha extinguido, como la presencia de estas monjas demuestra. Las demás –aunque sean muchas, muchísimas– son las que abandonan la orden y, por tanto, parece lógico que fueran ellas también las que abandonaran el monasterio y lo que hay en él. Pero no lo han hecho. No han seguido el ejemplo de Teresa de Jesús y Teresa de Calcuta, por nombrar a dos de las muchas fundadoras que la Iglesia ha tenido. Ambas se fueron de donde estaban, fundaron y no echaron a nadie de su casa. Sin embargo, las clarisas de Lerma, para seguir siendo lo que son, van a pagar no sólo con el exilio, sino con la expropiación.

Es solo un caso, pero hay muchos más, de los que apenas nadie habla: pequeñas comunidades monásticas que son obligadas a unirse a otras comunidades, con consecuencias diversas sobre su patrimonio; monasterios que son enajenados aprovechando la ausencia de sus legítimas dueñas, a las que luego se traslada forzosamente; comunidades enteras exclaustradas por decreto, a causa del mal gobierno de sus superioras, y a cuyas hermanas se les prohíbe acercarse a ningún monasterio de la orden, como si fueran portadoras de la peste… Y están también los casos individuales, de los que aún se habla menos.

Lo curioso es que todas las historias que yo conozco tienen como protagonistas a mujeres.

¿De verdad que no hay nadie dispuesto a alzar un código jurídico que reconozca y defienda los derechos de todas estas mujeres, y de otras, frente a los abusos de poder intraeclesiales? ¿No hay nadie que quiera contar estas historias, y otras? Es más, ¿nos atreveremos a contar nuestras propias historias?

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Derechos e indefensión por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

2 Responses to “Derechos e indefensión”

  1. Me temo que es el dinero el que presentarán como excusa: nosotras “las nuevas”, arreglamos este convento que se estaba cayendo con lo que nos quedamos, además tenemos todas las bendiciones de la jerarquía. Lo que no entiendo es, que si dejan la vida contemplativa, sigan en Lerma

  2. Gracias, Mª José, por dar voz en tu “post” a ese grupo de mujeres indefensas, víctimas del abuso de poder, que se enmascara de formas tan plurales. Desgraciadamente, este caso es una reedición de muchos otros que se han dado en la historia del monacato, de la vida conventual y de la vida religiosa apostólica de las mujeres. La vida monástica femenina se las ha tenido que ver, a lo largo de la historia, con varones y grupos, también de mujeres, como en este caso de Lerma, con expropiaciones. Antaño ya eran expertos muchos jerarcas eclesiásticos en adaptar las leyes a sus intereses y conveniencias y, generalmente, se han salido con la suya. Yo recomiendo vivamente la lectura de un libro de una historiadora norteamericana sobre la Vida Religiosa de las mujeres. La autora se llama Jo Ann Kay McNamara y el libro se titula “Hermanas en armas”, publicado en la editorial Herder hace unos años. El libro está fundamentado hasta la hartura. En él se da cuenta no sólo de la increíble historia de monjas y religiosas, sino también de multitud de desmanes contra ellas, patriarcales donde los haya. Es interesante por la profusión de datos con que cuenta y porque lo escribe una historiadora feminista, católica educada por religiosas, y agradecida a ellas. Lo escribe con el fin de hacer justicia y dar palabra y visibilidad a todo lo que ellas han construido y a quienes, en su momento, fueron perdedoras. Es un libro que enseña, como es propio de la historia. Es un libro cuya lectura anima a la acción contra las injusticias actuales, pues ayuda a entender las motivaciones de fondo que, siempre, son las mismas. En nombre de las mujeres no tenidas en cuenta, en nombre de las que han sufrido estos atropellos, te doy las gracias, Mª José. Me gustaría que la abadesa de Lerma fuera tan honesta como las mujeres a cuyo ejemplo te remites, Teresa de Jesús, por ejemplo, que se marchó de su monasterio para reformar la Orden, sin echar a nadie de su propia casa.

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