Águilas, no ovejas

¡Y recordad: no existen respuestas verdaderas o falsas, sino solo preguntas correctas!

Elizabeth Schüssler Fiorenza

Creo que ya he contado alguna vez que formo parte de un grupo feminista de reflexión teológica. Desde hace once años, nos encontramos una vez al mes en una sala alquilada a una institución religiosa femenina de la ciudad, una de cuyos miembros –a quien llamaré arbitrariamente Estrella, porque no le he pedido permiso para mencionarla– se encarga de abrirnos la puerta del edificio. Normalmente, soy yo quien se pone en contacto con ella para concertar el día y la hora de la reunión.

El sábado pasado, Estrella me dijo que un señor, cuyo nombre no recordaba y que acude a veces, con otro grupo, al mismo local que nosotras, quería hablar conmigo y que era tan grande su interés que el hombre había querido presentarse en nuestra reunión sin avisar, algo de lo que Estrella le disuadió, argumentándole que ese tiempo era nuestro y no podía invadirlo con una visita inesperada. Le agradecí a Estrella su prudente mediación y le di permiso para proporcionarle mi número de teléfono a aquel misterioso e impaciente señor.

El mismo sábado por la noche, al otro lado de mi móvil, una voz masculina preguntó por mí. Por el timbre y la expresión, me pareció alguien más bien mayor. Fue directo al grano: “Es que yo pensaba que ese grupo no tenía quien lo dirigiera, pero si lo diriges tú, no quiero interferir”. Yo no sabía a qué se refería, así que le pregunté por qué, exactamente, quería hablar conmigo y, sobre todo, para qué. Me espetó que lo que aprendemos con nuestro estudio no debería aprovecharnos solo a nosotras, individualmente, y que él quería dirigirnos para que tuviéramos una dimensión más eclesial. O, al menos, eso fue lo que entendí.

Me quedé tan sorprendida que no le pregunté ni cómo se llamaba ni cómo había sabido de nosotras. En realidad, mi deseo de aclararle nuestra condición fue mucho más poderoso que mi curiosidad. Le dije, antes de nada, que yo no dirijo el grupo, porque funcionamos de forma circular, y que tan solo soy la mujer de contacto con Estrella. Luego, le expliqué que nuestros objetivos son ayudarnos a estudiar teología feminista, reflexionar las repercusiones que lo que estudiamos tiene en nuestras vidas y compartir libremente cuantos pensamientos y experiencias deseemos. Le informé de que, si lo necesitamos, contamos con el asesoramiento de varias teólogas feministas para buscar materiales, y finalmente le dije que el grupo está formado íntegramente por mujeres adultas y que cada una de nosotras tiene sus grupos de trabajo, acción, misión, militancia –como se le quiera llamar–, dentro y fuera de la iglesia, en su ambiente cotidiano. Él se dio cuenta de que no buscábamos dirección alguna, yo le agradecí educadamente su interés y ambos colgamos el teléfono.

La anécdota termina aquí, pero la sorpresa, no. Ni tampoco las preguntas. ¿Qué le hizo pensar a este hombre que andábamos necesitadas de dirección? ¿Se habría ofrecido de igual modo si el grupo hubiera estado formado por hombres entre los 50 y los 75 años, que es aproximadamente la franja de edad en la que nos movemos, y de diversa condición civil y religiosa? Seguramente, no. Creo que el solo hecho de saber de la existencia de un grupo de mujeres que estudian teología feminista le hizo imaginarnos como un grupo de vacas sin cencerro u ovejas sin pastor… o pastora, pues en su descarga tengo que decir que, desde el principio, aceptó la posibilidad de que yo, una mujer, liderara y orientara al grupo…

Sin duda, se sintió llamado –¿por quién?– a pastorearnos y, por tanto, a reconducir nuestro objetivo de estudiar teología feminista, por considerarlo egoísta, ya que dedujo –¿por qué?– que no lo poníamos al servicio de la iglesia, como si lo que es bueno para las mujeres –y la teología feminista lo es, doy fe– no beneficiara, directamente, al pueblo de Dios.

Sus deducciones fueron, en realidad, prejuicios, los prejuicios de carácter patriarcal que tan libremente circulan por la Iglesia y fuera de ella, los que nos dibujan a las mujeres de toda condición como eternas menores de edad, necesitadas de orientación y siempre sospechosas de coquetear –por maldad o por ignorancia– con los límites de la ortodoxia. Sinceramente, creo que el hombre con el que hablé no actuó de mala fe, pero sí con un paternalismo que las mujeres no podemos aceptar, por “buena” que sea la intención, porque el paternalismo, entre otras cosas, es la cara amable del patriarcado y, por tanto, una de sus trampas más peligrosas.

Por eso, creo que las mujeres tenemos que dejar bien claro que no somos ovejas indefensas y perdidas, sino águilas capaces de volar alto y lejos, de estar solas y de compartir con otras; capaces de ver a mucha distancia y de buscar alimento, de pasar hambre, si la cosa se pone difícil, y de digerir los tragos duros; capaces de dormir atechadas o a la intemperie, de arriesgarnos y ganar… o perder; capaces de decidir hacia dónde queremos caminar y hacerlo con alas extendidas. Las mujeres somos capaces de pensar, de estudiar, de responder y de preguntar. Somos capaces de madurez, de libertad, capaces de vida… Capaces de Dios.

Licencia Creative Commons
Águilas, no ovejas por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

One Response to “Águilas, no ovejas”

  1. ¡Qué razón tienes, Mª José! Pero no solo a vosotras, las mujeres, los “patriarcas” eclesiásticos os tratan como a menores de edad. Esa es la tendencia y la tentación que tienen para todos los seglares, en general. Y los obispos, cardenales, curiales, etc, se empañan en tratarnos a todos los demás que estamos por debajo en el escalafón (esta palabra no se usa en la Iglesia, pero lo que significa ¡cómo se tiene en cuenta en los despachos eclesiásticos!) como a gente sin peso ni criterio. También a los curas. Desde luego a los que no somos de su cuerda.
    Pero consuélate (¿?),que hay mujeres muy valoradas. ¡Mira Vérónica Berzosa, la gran fundadora de Lerma!

    Jesús Mari (Areópago)

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