Totum revolutum

En los instantes de crisis, la vida aparece al descubierto en el mayor desamparo, hasta llegar a causarnos rubor. En ellos el hombre siente la vergüenza de estar desnudo y la necesidad terrible de cubrirse con lo que sea. Huida y afán de encontrar figura que hace precipitarnos en las equivocaciones más dolorosas. Lo que haría falta es simplemente un poco de valor para mirar despacio esa desnudez, para vigilar no ya el sueño, sino más hondamente, los hontanares mismos del sueño; ver cómo nos queda cuando ya no nos queda nada.

María Zambrano

Hay temporadas en que las preocupaciones se cuelan incluso en el sueño y levantarse de la cama requiere hacer acopio diario de todos los recursos físicos y espirituales disponibles, porque la vida se pone muy cuesta arriba y no resulta fácil –al menos a mí– abordar cada jornada con la necesaria esperanza. Así están siendo mis últimas semanas. ¿Motivos? Creo que los tengo. O quizá sean solo desencadenantes de algo que clamaba por abrirse paso en mí y que no acababa de encontrar su camino. Resumiendo, que estoy en crisis, o sea, desnuda ante el espejo en que me miro.

La desnudez produce rubor, sí, y una intensa sensación de vulnerabilidad. Recuerdo que hace muchos años iba de caminata con mi familia por una carretera rural que atraviesa unos montes donde el ganado pasta libremente. Nos habíamos quitado la ropa y andábamos en bañador, que para eso estábamos en verano y casi en mitad de la nada. Al dar la vuelta a una curva, apareció en el camino un montón de vacas, sin pastor, que avanzaban hacia nosotros… Yo, que iba en bikini, de pronto me vi “la carne” y me sentí completamente desprotegida y, sin pensarlo un instante, me eché encima una camiseta de algodón que llevaba en la mano. Sabía que si me embestía una vaca, la camiseta no me serviría de nada, pero llevarla puesta me daba seguridad y hasta valor. Lo cierto es que las vacas apenas nos miraron… y mi familia se estuvo riendo de mí todo el día.

Con rubor o sin él, creo que mirar nuestra desnudez nos ayuda a vernos tal cual somos, lo cual a la larga siempre es positivo, aunque nos cueste un poco hacernos a la idea y, sobre todo, a la mirada. Porque contemplar la propia desnudez también desnuda los ojos y nos permite ver la realidad de una forma que el ropaje del que nos hemos despojado impedía. O sea, que aunque parezca paradójico, cuando estamos en crisis, disponemos de una mayor lucidez, al menos, perceptiva. Nos damos más cuenta de las cosas, porque estamos más sensibles, porque nos urge más encontrar respuestas, porque estamos madurando, aunque no nos percatemos de ello, porque… En realidad, vemos más cosas y las vemos más crudas y, seguramente, muy revueltas, pero conectadas, como piezas de un puzzle que en este momento no sabemos encajar, pero que pertenecen a la misma caja.

Es posible que la crisis –mi crisis– sea el motivo por el que esta temporada me preocupan y me entristecen muchas cosas. ¿Más de la cuenta? No lo sé, y no me importa. Las noticias sobre mujeres muertas por violencia machista –en claro aumento en nuestro país– me estremecen más hondamente y me indigna más que nunca constatar, una vez más, que las instituciones no funcionan, ni las leyes, ni la sociedad… Y mi deseo –mi exigencia– de poner fin a semejantes atrocidades me lleva, sin esfuerzo, a reflexionar sobre la permanente violencia que se ejerce contra nosotras todos los días y a todas horas, sin ir más lejos, en la todo-poderosa y siempre-vista televisión. Esa violencia, cuando no es directamente grosera, viene envuelta, no pocas veces, en un humor delicado y políticamente correcto, que contribuye a que todas y todos la aceptemos y asumamos como natural, porque ni siquiera la identificamos. Y si no, véase cómo retrata a sus protagonistas femeninas, una por una, la serie estrella de la televisión pública, Cuéntame, porque salta a la vista lo mal paradas que salen las que no se mantienen dentro de los márgenes de lo establecido como “femenino”.

Otras veces, la violencia machista se disfraza de exaltación de la belleza femenina, y así de bien vestida, desnuda nuestros cuerpos y los exhibe, haga o no haga falta, solo porque sí, porque son cuerpos femeninos y, como tales, indisolublemente asociados a lo sexual. ¿Por qué, si no, en la gala de entrega de los premios Goya, salieron cantando dos actrices, con smoking, pero enseñando las piernas, mientras sus compañeros varones de escena lucían un correctísimo traje negro que incluía, por supuesto, los pantalones? ¿Por qué se los quitaron a ellas o, en su defecto –si querían que aparecieran muy “femeninas”–, no los sustituyeron por unas elegantes faldas?

Y si las mujeres nos quejamos y nos manifestamos –como han hecho las italianas– contra la denigración –caldo de cultivo perfecto para otro tipo de violencia– a la que se nos somete en muchos medios de comunicación, se nos acusa de moralismo ultraconservador, con la intención de desacreditarnos, ya que no pueden silenciarnos.

Luego, están los ámbitos cotidianos, donde el panorama no resulta más alentador… Mire donde mire, veo lo difícil que resulta vencer al sistema, que lo devora todo y lo metamorfosea, para seguir imponiéndose. Hay quienes creen que la igualdad está conseguida y que el feminismo está superado, cuando lo cierto es que queda mucho por caminar y conseguir: casi todo. Algunas mujeres se rinden y otras siguen luchando contra viento y marea… Pero es fácil desanimarse.

No obstante, las crisis no son eternas y sé que, sin tardar mucho, empezaré a vestir de nuevo mi desnudez. Mi mirada será quizá menos lúcida, pero ahí queda lo visto… Y la ropa me ayudará a recordar que no soy tan vulnerable como a veces pienso y me infundirá valor para encarar lo que aparezca en el camino, aunque lleve cuernos. Todo, menos huir.

Licencia Creative Commons
Totum revolutum por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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