La buena sombra

El anhelo y el deseo hacen por sí solos que una persona siga adelante. Hacen que una mujer siga buscando y, en caso de que no logre encontrar una cultura apropiada, hace que ella misma se la construya. Lo cual es muy bueno, pues, si la construye, un día aparecerán misteriosamente otras mujeres que llevaban mucho tiempo buscando y proclamarán con entusiasmo que era eso lo que tanto ansiaban encontrar.

Clarissa Pinkola Estés

Esta mañana, al volver a casa después de hacer la compra, he abierto el buzón: unas hojas de publicidad, dos sobres del banco y, al fondo, uno sin membrete de ningún tipo y con mi nombre y dirección estampados a mano, así como el remite, prueba inequívoca de que era una carta, una auténtica carta personal, de puño y letra, de las que, por pereza e impaciencia, apenas se escriben ni reciben ahora. Afortunadamente, tengo amigas que todavía practican el arte epistolar a la antigua usanza y me alegran a menudo los ojos y el alma.

Junto a las palabras escritas a mano, había una fotocopia de una columna titulada “Ricino” y publicada en la revista Vida Nueva el pasado 11 de febrero, un texto amable e incisivo, como solo Dolores Aleixandre, su autora, sabe hacer. En él, entre otras cosas, se acuerda ella del ricino bajo cuya sombra se sentó Jonás y lo usa como metáfora del cobijo que todo el mundo necesita para seguir caminando, sobre todo en tiempos difíciles. Nada mejor que sus propias palabras para expresar el mensaje central –que no el único– del texto: “Quien viva a la intemperie y no haya encontrado aún una rama de ricino para cobijarse, que la busque por tierra, mar y aire hasta que dé con alguna comunidad, grupo de fe o compañeros que le den sombra en su camino cristiano”.

La cosa tiene su gracia, porque el ricino es, en realidad, un arbusto, lo que significa que, por mucho que llegue a crecer, su sombra no será precisamente ni la más extensa ni la más frondosa ni la más fresca. Ahora bien, cuando no hay pan, buenas son tortas, y si Jonás estaba tan acalorado como parece y, además, no tenía donde escoger, la sombra de aquel ricino debió de parecerle sombra bendita. Al final, las valoraciones de la realidad son algo muy subjetivo y dependen mucho de las circunstancias y de nuestras expectativas. Con todo, parece que no todas las sombras son de la misma calidad –¡qué no habría dado Jonás por descansar, por ejemplo, a la sombra de un haya o de un roble!– y que algunas se consideran perjudiciales. Al menos, eso decía mi abuela de la sombra de un enorme nogal que había enfrente de casa, bajo el que no nos dejaba permanecer mucho tiempo, porque, según ella, daba dolor de cabeza.

La sabiduría popular –y su expresión en el lenguaje– también apunta a la diferencia entre buena y mala sombra, y así, según el Diccionario de uso del español, de María Moliner, buena sombra equivale a buena suerte y gracia, y mala sombra, a mala suerte, inoportunidad y mala intención. Y parece que estas expresiones nacieron en el sur de España, donde el sol aprieta más que mucho en verano –como en Nínive– y donde es imprescindible encontrar sombras que cumplan de verdad su función.

Es muy duro vivir a la intemperie, aunque “solo” sea espiritual, por lo que resulta muy tentador, por necesario, buscar sombras bajo las que cobijarse y permanecer todo el tiempo que sea posible antes de iniciar la siguiente etapa del viaje. Algunas veces, como Jonás, quizá no tenemos en el horizonte más que arbustos y no nos queda más remedio que tumbarnos junto a sus ramas pequeñas y ralas. Otras veces, resulta muy refrescante descansar bajo frondosos nogales, aunque sepamos que a la larga sufriremos una buena jaqueca. Otras, las menos, tenemos la suerte de encontrar el árbol que de verdad nos restaura y nos vivifica. Otras, quizá no las más frecuentes, pero sí las más difíciles, miremos donde miremos, no vemos más que puro desierto, sin presencia alguna de sombra, salvo la propia.

Estoy de acuerdo con Dolores Aleixandre: si no la tenemos, es necesario buscar, al menos, una rama de ricino… Pero quizá no baste con buscar “fuera” y haya que pararse en plena intemperie y sembrar algo y cobijarlo con nuestra propia sombra mientras nace y crece, con la esperanza de que le pase como al grano de mostaza. Y quizás haya que acercarse a quienes también buscan una sombra, y cobijarse mutuamente. Sería la mejor forma de asegurarnos que la sombra caminará a nuestro lado o, mejor, que caminaremos todas/os a la buena sombra.

Licencia Creative Commons
La buena sombra por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

2 Responses to “La buena sombra”

  1. Te deseo lo mejor en esta época en que vives, según parece desértica.
    Esto parece desprenderse con claridad de lo que escribes.
    Te daría mi opinión sobre cómo salir de él pero como no nos conocemos salvo por lo que escribimos con toda probablidad metería la pata, así que mejor no.
    Que encuentres árboles o arbustos donde cobijarte.

  2. Estaría bien ponerse a plantar árboles por amor al planeta y a quienes lo habitamos, aunque fueran ricinos. Siempre me llamó la atención el duelo desesperado de Jonás por la muerte de su àrbol que un gusano pudo secar tan rapidamente. En ese otro arbusto, el de la semilla de la mostaza, también no es más que un árbusto…Parece que no va de grandes fortalezas. Yo por ser del sur preferiría un olivo añoso, los hay miilenarios. El olivo además de su maravilloso fruto tiene una facultad y es poder sacar la humedad y conservarla en la sequia. Resiste mucho.

    Me gusta ese casi culto que se le tributa por el Sur. Cultivar sombras para cobijarse del solano, bonita tarea. Muy bien por la reciprocidad que entraña. No estaría mal un dia para el cobijo que bastantes nos toca, sin remedio, vivir a la intemperie que es muy sano sin duda

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