Fiarse de la experiencia

No carecemos de imágenes, sino de experiencias memorables de Dios.

Dorothee Sölle

Vivir en una ciudad pequeña tiene muchas ventajas y algunos inconvenientes. Uno, sin duda, es que las películas poco comerciales, o no se proyectan, como Therèse, o duran muy poco en las salas de cine, como Visión: la vida de Hildegard von Bingen, desaparecida de la cartelera casi al mismo tiempo que se estrenaba. El consuelo, si no se siente la urgencia de opinar justo cuando la película en cuestión está de moda, es que al cabo de unos meses se edita el DVD correspondiente, lo que permite ver el film cuando una quiere, y no cuando la distribuidora cinematográfica lo impone.

Así, hace unos días, sabedora de que había salido a la venta Therèse, fui a un centro comercial para comprar la película y, de paso, hacerme con unos cuantos títulos más. Acudí al dependiente, para evitarme innumerables vueltas en torno a los expositores, y le di mi lista de peticiones: Therèse, Visión, Diálogo de Carmelitas, Historia de una monja… Me miró desconcertado, lo que generó mi propio desconcierto, hasta que caí en la cuenta de que todas las pelis eran de monjas. Seguro que si le pido diez títulos románticos o bélicos, no se habría extrañado tanto… Al final, me llevé las únicas que tenían en existencias: Therèse y Visión.

Al llegar a casa, me decidí por Visión, dirigida por Margarethe von Trotta y protagonizada por Barbara Sukowa. Es una película hermosa y bien hecha. Me gustó tanto que, al día siguiente, volví a verla y, al otro, la llevé a casa de una amiga, para verla en compañía. Y también le gustó. Podría intentar hacer una reseña, pero creo que quienes la han visto, no la necesitan, y quienes aún no lo han hecho, quizás agradezcan no tener ideas preconcebidas sobre la misma. Por otro lado, si alguien tiene interés, el film está magníficamente comentado y criticado, por personas entendidas, en numerosos espacios de Internet, de fácil acceso.

Lo que me importa aquí y ahora es la protagonista, Hildegarda, una mujer extraordinariamente sabia cuya biografía y figura no me parece fácil resumir en poco menos de dos horas. El retrato que Margarethe von Trotta hace de ella no es la típica apología de una santa, sino el dibujo de una mujer en la que las luces y las sombras se combinan, como en todo ser humano, haciendo del conjunto algo único e irrepetible. Fortaleza y debilidad, fe y dudas, ciencia y mística, obediencia y rebeldía, miedo y esperanza, soledad y amistad, dulzura y exigencia, respeto a la tradición y visión de futuro… pueblan la experiencia de esta monja benedictina que llegó a ser abadesa del monasterio de Bingen y que supo mostrar su autoridad ante los hombres más poderosos de su tiempo, tanto de la iglesia como del “siglo”. No obstante, lo que más me llama la atención de Hildegarda, en la película, es la confianza que tiene en su experiencia, es decir, en lo que intuye como verdadero, en lo que sabe, en lo que espera, en lo que siente, en lo que “ve”, a pesar de las críticas e, incluso, de las amenazas.

Inevitablemente, pienso en otras mujeres, como Teresa de Ávila, que estuvo siempre en el punto de mira de la Inquisición, o Juana de Arco, que murió quemada en la hoguera por hereje, mujeres de cuyas experiencias dudaron los hombres de iglesia, aunque finalmente fueran reconocidas como santas, al igual que Hildegarda. Me pregunto qué habría sido de ellas –y de nosotras/os– si hubieran dudado de sí hasta el punto de negar su experiencia de Dios, es decir, de negarse a sí mismas.

Porque, a toro pasado, es muy fácil decir que Dios estaba con ellas, como lo es interpretar como valiosas y valerosas las rebeldías y desobediencias de tantas personas del pasado –más tarde “rehabilitadas”– que abrieron puertas hasta entonces cerradas y facilitaron la entrada a espacios injusta e injustificadamente prohibidos o vetados por quienes tenían el poder de cerrar la puerta y esconder la llave. Lo difícil es reconocer la Presencia divina en quienes hoy sufren la crítica y la condena de los dueños del sí y del no. Lo realmente difícil y arriesgado es hacer compañía y prestar apoyo a quienes los dedos acusadores señalan, tanto si son personas con voz pública, cuyas palabras se quieren silenciar –el reciente caso de Elizabeth A. Jonhson[1]– como si son individuos y colectivos marginados y/o invisibilizados.

Tampoco es fácil fiarnos de nuestra propia experiencia de Dios, porque nos han educado para la auto-desconfianza y para considerar trascendente solo aquello que “oficialmente” lo es. En la última reunión de mi grupo de reflexión teológica feminista, una de mis compañeras dijo: “No podemos tener experiencias memorables de Dios si no nos fiamos de nuestras experiencias”… Me impactó. Nadie mejor que cada una/o sabe cuáles han sido las experiencias verdaderamente fundantes en su vida y en su fe. Seguramente, muchas de estas experiencias no coinciden con lo que se supone que tendrían que ser los momentos “estelares” de nuestra existencia y, sin embargo, lo son.

Es posible que, desde fuera, no se reconozcan nuestras experiencias memorables de Dios, pero eso no las hace menos memorables. La cuestión es que no nos dejemos vencer por la tentación de trivializarlas desde dentro, es decir, que nos reconozcamos, como Hildegarda, capaces de ver y, si es posible, de poner palabras a nuestras “visiones” cotidianas.


[1] http://blogs.21rs.es/ilusiones/2011/04/06/una-nueva-condena/

Licencia Creative Commons
Fiarse de la experiencia por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

One Response to “Fiarse de la experiencia”

  1. Tienes razón cuando dices que las personas huyen de tener amistades con los que se han atrevido a desafiar algún presupuesto, que el grupo da por válido. Me ha gustado ver que la Asociación de teólogos norteamericanos ha respaldado sin fisuras a E.Johnson, a la vez que se ha atrevido a regañar a los obispos USA por haberse saltado el protocolo de conversaciones previas con teólogos antes de la condena, que ellos mismos había firmado y ratificado por el entonces cardenal Ratzinger

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