Un canguro en la huerta

Me siento como una acumulación de hablas reunidas. Apenas llevo el acento individual, la voz que lleva un nombre solo.

Gabriela Mistral

Hay mil formas de pasar la Semana Santa, algunas muy atractivas, pero suelo escoger el pueblo como lugar de destino, no solo porque puedo vivir unos días tranquilos con mis padres, sino porque volver a la casa materna –y digo materna, porque mi padre no es de aquí– me permite una intensa experiencia de pertenencia que agradezco y me fortalece.

Salir a la calle y tener la certeza de que, me encuentre con quien me encuentre, doy y recibo un saludo cariñoso hace que me sienta como en casa en cualquier parte. Me alegra ver crecer como algo propio, aunque no sean de mi familia, a los niños y las niñas que, sin saberlo, proclaman que hay futuro. Noto el vacío que dejan en los bancos de la plaza o de la iglesia o en la banqueta del bar quienes murieron en los últimos meses y cuyos rostros permanecen en tantos recuerdos personales. Me alegra contemplar las casas, cada vez más cuidadas, y los nogales de las eras, que ahora renacen, como cada año. Me emociona oír las campanadas del reloj de la iglesia y el ladrido de los perros y las bocinas de las camionetas que traen el pan y la fruta y, sobre todo, el silencio nocturno de las calles, tan extraño para quienes vivimos en cualquier ciudad, por pequeña que sea. Todo es distinto a mi vida cotidiana y, a la vez, profundamente familiar y cercano, como si cada sonido y cada imagen me pertenecieran, mejor dicho, fueran parte de mí, como yo lo soy de todo lo que me rodea.

Pero lo mejor, sin duda, son las interminables horas en torno a la mesa de la cocina, charlando de lo humano y lo divino, en las que se desgranan los acontecimientos más recientes y, a menudo, sorprendentes. “¿Ya os he dicho que el mes pasado la Dolores se encontró un canguro en la huerta?”, nos contó ayer mi tía. ¿Un canguro? La anécdota prometía, más que nada, porque mi pueblo no está en Australia, sino en Navarra, por lo que la exigencia de explicaciones detalladas fue inmediata. Al parecer, el bicho en cuestión se escapó de un circo que actuaba no sé dónde y fue a parar, a base de saltos, supongo, a las posesiones de la Dolores, la cual tardó un buen rato en fiarse de sí misma y creerse que aquel animal que le miraba fijamente a los ojos, no sin cierto descaro, era en efecto un canguro y no una alucinación. Evidentemente, la mujer dio parte a las autoridades y el canguro fue capturado –eso sí, ya en el monte– y devuelto al circo.

A la historia inicial de las tertulias, que funciona como desencadenante, siguen otras, casi siempre contemporáneas, que compiten en originalidad con la primera –un buitre herido que se paseó delante de la iglesia y que apareció muerto junto al lavadero, o una perdiz que, cual gallina doméstica, decidió entrar en el corral de la vecina–, pero llega un momento en que, indefectiblemente, se recurre a la memoria y empiezan a brotar de los labios de mis padres y de mi tía anécdotas del pasado, algunas protagonizadas por ellos, y otras, por generaciones anteriores. Y como las cerezas, enganchados unos con otros, sus relatos van reconstruyendo, como teselas de un mosaico, la historia del pueblo y, sobre todo, de la familia, una historia de hechos cotidianos que me conecta con nombres cuyos rostros nunca he visto, pero cuyos rasgos quizás aún pueden detectarse en el mío.

Muchas anécdotas me son conocidas, pero siempre sale a relucir alguna nueva para mí, que me ayuda a conocer más a mis antepasadas/os y, por tanto, me conecta con mis raíces. Confieso que me hace mucha ilusión enterarme, por ejemplo, de que una de mis abuelas o bisabuelas tenía un mechón de canas como el mío, y en el mismo sitio, o que reaccionaba como yo ante situaciones parecidas. Pero lo que más me impresiona no es poder seguir el rastro de los genes responsables de que yo, por ejemplo, sea morena, y no rubia, sino descubrir cómo algunos valores que considero fundamentales ya estaban presentes en mis antepasadas/os, quienes se preocuparon por vivirlos y por trasmitirlos a las generaciones posteriores, hasta llegar a la mía. Así, se convierten en referencias vivas, aunque hayan muerto, y en eslabones de una cadena de la que yo formo parte y cuyo nexo más importante no es el parentesco, sino las opciones vitales.

Tener una genealogía, por tanto, no es cuestión de sangre. Si las/os protagonistas de algunos relatos familiares no hubieran sido mis parientes, seguirían siendo referencias para mí, porque me siento heredera de cierto tipo de historias, aquellas en las que lo humano, en el sentido más amplio y profundo de la palabra, es prioritario. Y por eso, puedo considerar como antepasadas a personas con las que no comparto alelos, pero sí una forma de ser y estar.

A veces, no es fácil encontrar el hilo conductor, aquello que nos conecta con aquellas/os de quienes hemos recibido, gratuitamente, una herencia que agradecer y de la que también somos responsables. Pero siempre cabe la posibilidad de que aparezca un canguro en la huerta que invite a contar y, por tanto, a visibilizar otras historias –quizá silenciadas en el pasado–, hasta que aparezca aquella que reconocemos como propia y a cuya continuidad nos entreguemos para que la cadena de trasmisión de aquello que nos da vida no se rompa.

Licencia Creative Commons
Un canguro en la huerta por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

2 Responses to “Un canguro en la huerta”

  1. Me ha encantado, yo vivo en mi pueblo, en el sitio que me vió nacer y que vió nacer a varias generaciones de mi familia, sigo viviendo aqui y estoy feliz, pero precisamente por eso no me doy cuenta de esas pequeñas cosas que cuentas, pero que has despertado de repente en mi en esta tarde de miercoles santo, gracias por descubrirme que aún viviendo en lo sencillo puedo encontrar muchas cosas. Un saludo.

  2. Qué bonito, Mª José! Yo soy de ciudad-ciudad, es decir, madrileña. Pero, afortunadamente, mis hilos conductores de vida me llevan a los pueblos de mi madre (en Cantabria) y de mi padre (en Segovia). Noto a menuido esas raíces en mi vida, en mi forma de valorar las cosas, en mi manera de actuar y enfrentar situaciones. Me he nutrido desde pequeña de ese ambiente rural, sano, sencillo. Seguimos teniendo familia y casas en los dos pueblos, reconozco que no los visito tanto como debería, pero siempre es un chute de energía, naturaleza y aprendizaje. Todos mis recuerdos de infancia están asociados a la leche de vaca recién ordeñada, el olor a abono (“los campesinos olemos así”, decía mi abuelo), la huerta, dar de comer a las gallinas, jugar con los conejos, ir al río a meter los pies, rodar por el prado, ver a mi otra abuela pelar las codornices y las perdices recién cazadas, hacer magdalenas, reutilizar todo y no tirar nada… No idealizo la vida en los pueblos, también tiene su parte dura (la soledad, el frío invierno, la falta de descanso y vacaciones si te tienen animales, la escasez de recursos económicos y de servicios sociales…) pero me sigue gustando pensar que tengo un pueblo al que ir (en mi caso, dos), y que forma parte de lo que soy.

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