Palabra de mujeres

La lucha más importante a lo largo de la historia de la iglesia es la que libran las mujeres por la libertad y por su pensamiento, y por el derecho a comunicar ese pensamiento al mundo.

Matilda Joslyn Gage

Siempre he pensado que el tiempo pascual es un tiempo especialmente femenino. Bueno, siempre no. Empecé a pensarlo cuando fui consciente –porque saber, lo que se dice saber, lo sabía mucho antes– de lo que significa que las mujeres fueran las primeras testigos de la resurrección de Jesús, y que lo fueran, precisamente, en un tiempo y lugar en que no tenían capacidad jurídica para dar testimonio. Parece casi una broma, pero no lo es… De hecho, el dato tiene tanta importancia que ningún evangelio lo omite, aunque las versiones sean diferentes. Sin embargo, los mismos relatos evangélicos tienen mucho empeño en “avalar” el testimonio de las mujeres con el de los discípulos varones y no está de más preguntarse por qué.

El domingo de Resurrección de hace unos cuantos años, no muchos, escuché una homilía en la que el oficiante explicó, con mucho entusiasmo y no menos intención pedagógica, que el dato de la tumba vacía no fue realmente digno de credibilidad hasta que Juan y Pedro llegaron al sepulcro de Jesús y vieron que allí solo quedaban el sudario y las vendas con los que el cuerpo del Maestro había sido envuelto, precipitada y provisionalmente, la víspera de la Pascua judía. Es decir, que fueron los ojos de Juan y Pedro los que “verificaron” que el cadáver de Jesús no estaba allí. Bueno, en realidad, según aquel hombre, el verdadero artífice de la autentificación fue Pedro, ya que Juan, que llegó antes a la tumba, porque era más joven y corría más, esperó a Pedro en el exterior del sepulcro y le “cedió” el honor de ser el “primer” testigo, como correspondía a su “mayor categoría” en el grupo de los apóstoles. La intención del relato y su interpretación no pueden ser más evidentes… Una amiga mía, que estaba en la primera fila, se levantó, recogió sus bártulos, que no eran pocos, y se fue de la iglesia sin ninguna discreción, indignada por lo que oía, y no la culpo por ello. De hecho, siempre me he arrepentido de no haber hecho lo mismo, para que quedara bien claro el sentido de su gesto, porque la cosa tenía mucha miga.

Creo que, haciendo un esfuerzo, me cabría en la cabeza una intención “misionera” en la narración, es decir, que las comunidades que generaron los evangelios intentaran fundamentar la resurrección de Jesús, ante quienes no formaban parte de ellas, sirviéndose de testimonios masculinos, ya que, como ya he dicho, las mujeres no eran testigos válidos jurídicamente. Pero lo que no puedo entender, ni con buena voluntad, es que resulte “normal” que los discípulos varones desconfiaran de las palabras de sus compañeras. Realmente, los relatos evangélicos revelan que no se comportaron con ellas como con-discípulos, sino como jueces, es decir, que no las consideraban como iguales.

El problema, con serlo, no parecería especialmente grave si estas cosas fueran solo anécdotas del pasado, pero han sucedido durante más de dos mil años y siguen sucediendo. Así, el discurso de aquel domingo de Pascua se repite una y otra vez, y me da por pensar que no por casualidad: argumentos como ese –y otros parecidos y mucho peores– son los que se han utilizado para fundamentar la pretendida inferioridad de las mujeres en la Iglesia, disfrazada ahora, eso sí, de “complementariedad” entre los roles masculinos y femeninos o de igualdad de los sexos “en el orden de la gracia y de la salvación”.

No hace ni dos semanas, un amigo mío que está haciendo un curso de teología para laicas/os me contaba, algo confuso, que un sacerdote de los “estudiados”, es decir, con mucha formación, le negaba a pies juntillas –enmendado la plana, de paso, a la profesora de mi amigo– que el hecho de que las mujeres hubieran sido las primeras testigos de la Resurrección tuviera ninguna trascendencia, porque su palabra no tuvo ningún valor testimonial hasta que el “colegio apostólico” la confirmó con su propio testimonio. Sin comentarios.

Hace algún tiempo, estas cosas me enfadaban mucho. Ahora me indignan. Y he descubierto que sentir indignación es algo muy sano, porque moviliza. He decidido, por tanto, no dejarme arrastrar a callejones sin salida y caminar abriendo mis propias sendas, aquellas que me conducen a los claros del bosque donde entra la luz. Empieza a importarme muy poco lo que los “jueces” piensen de las palabras de las mujeres, de las de antes y de las actuales. Nosotras vemos y oímos y experimentamos y tenemos algo que decir, algo que, en palabras de María Zambrano, “no tienen los habitantes de ninguna ciudad, los establecidos; algo que solamente tiene el que ha sido arrancado de raíz, el errante, el que se encuentra un día sin nada bajo el cielo y sin tierra; el que ha sentido el peso del cielo sin tierra que lo sostenga”.

Quizá fue así como se sintieron las mujeres cuando llegaron a la tumba y la encontraron vacía: confundidas y atemorizadas. Pero ni el miedo ni la confusión las silenciaron. Ellas estaban allí. Solo ellas. Vieron y dijeron su palabra, palabra de mujeres. Digamos hoy la nuestra.

Licencia Creative Commons
Palabra de mujeres por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

One Response to “Palabra de mujeres”

  1. Sí, pero palabra escrita, que la oral ha sido dicha y redicha un siglo detrás del otro hasta hoy… y ya vemos con qué resultados. Por favor, que muchas mujeres hagan como tú, que digan su palabra, pero puesta por escrito para que conste. El verbo oral, ya se sabe, se copia, se reinventa y se reapropia. Al final, acaba siendo palabra anónima. Yo animo a escribir y firmar lo que se escribe con el propio nombre de mujer.

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