Sin manual de instrucciones

Cuando Alicia, por fin, atravesó el cristal del espejo y se encontró no solo con su mundo de maravilla, sino consigo misma, no tuvo necesidad de consultar ningún folleto explicativo. Se lo inventó…

Ana María Matute

Soy la mayor de una familia numerosa: tres hermanas y tres hermanos. Nacimos perfectamente “entreverados” –chica, chico, chica, chico, chica, chico–, lo que siempre nos produjo una secreta admiración hacia mi madre, a la que considerábamos artífice de tan organizada hazaña, y un nada discreto orgullo familiar –como si la perfecta combinación de mujeres y hombres fuera merito personal– que nos invita a contar el dato, como yo ahora, haga o no haga falta.

Así, a mí me sigue un varón, Javier, al que llevo poco más de dos años y medio, lo que ahora no es nada, aunque en la infancia constituía la diferencia entre el conocimiento (yo) y la ignorancia (él). Mi hermano era, y es, muy inteligente y profundamente observador, por lo que hablaba poco, pero preguntaba mucho, sobre todo a mí, que para eso era la hermana mayor y, por tanto, la “sabia”. Me hacía las preguntas más extrañas que se puedan imaginar. “¿Cómo se sujetan las estrellas en el cielo?”, “¿por qué el agua moja?”, me decía mientras la mirada que salía de sus grandísimos ojos oscuros se convertía en un interrogante con mayúscula. Él preguntaba y yo respondía. Y lo hacía dando toda serie de explicaciones y detalles sobre el tema en cuestión.

No hace muchos años, Javier me echó en cara –en broma y en serio– las muchísimas mentiras que le conté cuando éramos niños. ¿Mentiras? Me paré a recordar… y descubrí que, por supuesto, la mayor parte de las veces, yo no tenía ni idea de cuáles eran las respuestas “acertadas” a sus preguntas. Pero sí tenía ideas, y muchas, solo que no coincidían con las explicaciones que habría dado por ejemplo una profesora, de haber sido ella la destinataria de las inquietudes de mi hermano, porque mis respuestas, casi siempre, eran inventadas, aunque él las recibiera como verdades científicas, ya que estaba convencido de que yo lo sabía todo.  Me inventaba lo que le decía, pero no le mentía. Cada palabra salida de mi boca se correspondía con lo que yo creía la verdad, verdad a la que había llegado, eso sí, discurriendo por mi cuenta y a mi manera. Y me habría dejado matar por defenderla.

Quizá por ello, y por un montón de cosas más, me conmovió tanto el discurso que Ana María Matute pronunció cuando recogió el Premio Cervantes. En sus palabras se mezclaron, en armonioso concierto, don Quijote, inventor de Dulcineas a partir de Aldonzas, los recuerdos de la infancia y de la juventud de la escritora, la memoria de sus primeras creaciones literarias, su “vida de papel”, las mujeres recortadas cuyo destino no quería ella compartir, la historia de la flor arzadú, capaz de renacer en primavera o en otoño y de tener un color u otro, según convenga, porque para eso es inventada, soñadores y poetas, tan parecidos, los cuentos de siempre y, atravesándolo todo, la entrega total de la escritora a la literatura, faro salvador de muchas de sus tormentas…

“El que no inventa, no vive”, dijo Ana María Matute, que se dio a sí misma la autoridad de reinterpretar a san Juan. Cuando leí estas palabras –no pude oírla en directo–, pensé inmediatamente en la literatura y en otras artes, pero me he ido dando cuenta de que inventar no es privilegio de quienes solemos calificar como creadoras/es, sea en el mundo del arte, de la ciencia, de la tecnología, etc., sino algo que hacemos todos los días, posiblemente sin darnos cuenta, como aquel que hablaba en prosa sin saberlo…

Cada mañana, no solo estrenamos día, sino que lo inventamos. No lo hacemos partiendo de la nada, puesto que nos servimos de lo que ya sabemos, de lo que ya tenemos, de lo que ya somos. En realidad, ningún invento lo es en su totalidad, pues todos se basan en logros anteriores y se convierten, a su vez, en inspiración para futuras invenciones. Hasta el Génesis parece otorgar a la Divinidad “algo” –el caos– con lo que iniciar la Creación, algo de lo que partir…

Inventamos nuestras ideas, cuando somos capaces de renovarlas, nuestras relaciones, no solo cuando iniciamos una nueva, sino cuando nos esforzarnos en mantenerlas, nuestro lenguaje, cada vez que pronunciamos una palabra… Nos inventamos a nosotras/os mismas/os cuando, como Alicia, nos miramos al espejo y descubrimos algo más en la imagen que nos devuelve, algo que nos remite al mundo exterior y al interior, cuando dejamos que nuestra conciencia se despierte y nos dé una luz nueva que nos transforma, cuando decidimos vivir plenamente. Y todo ello, sin manual de instrucciones, sin garantías de éxito, sin seguros… Porque cada vida es irrepetible y porque conquistar la libertad, exterior e interior, cada día, requiere toda la invención y creatividad de la que somos capaces.

Licencia Creative Commons
Sin manual de instrucciones por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

2 Responses to “Sin manual de instrucciones”

  1. Me acordé de tu blog esta mañana cuando una amiga me contaba lo maravilloso que había sido su marido muerto. La verdad es todo lo contrario, pues la engañó con todo bicho viviente y la trataba en público con desdén. La última bofetada fue separarse cuando estaba muy enfermo. Pero ella se ha creado una vida distinta que me imagino le sirve para recuerdos positivos y no amargos. No es mala idea

  2. Hay una cosa que me dá rabia, yo me pasé la infancia inventandome cosas, amigos, paises imaginarios, vidas maravillosas, ( no tuve una infancia desgraciada al contrario la tuve bastante feliz ), bueno, a mi alrededor todo el mundo sabía de mi imaginación, y se encargagaron de volverme o hacerme una persona demasiado realist, porque eso de imaginar e inventar era malo. Después de oir a Ana Maria Matute el discurso, y despues de leer sus libros me quedo con eso de la rabia, eso si, me puedo inventar que la rabia es solamente ganas de ser como ella.

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