Mancharse un poco

La esencia de ser cristiano es vivir y actuar en simpatía con el Espíritu de Dios tal y como lo hizo Jesús, lo que implica que tenemos que ser conocidos por mantener la compañía de mendigos, ladrones, prostitutas y publicanos, cualesquiera que sean los nombres y las formas con que vienen actualmente hasta nosotros.

Musimbi Kanyoro

Mi amiga Helena, que vive en Bogotá, me contó el sábado pasado una historia sorprendente. Su casa está un sector en el que hace años había un basurero a cielo abierto. Pese a la suciedad que suponía la cercanía de un vertedero, los niños y niñas de las familias de la zona –que seguramente se mezclaban con la mismísima basura, rescatando desechos todavía aprovechables, o incluso jugando– no enfermaban, lo que lógicamente llamó la atención de las instituciones sanitarias. Después de las pertinentes investigaciones, se llegó a la conclusión de que la clave de la fortaleza del sistema inmunológico de aquella gente estaba en la sangre de los cuervos que picoteaban en el basurero, porque, como todo el mundo sabe, esos pájaros de aspecto siniestro tragan de todo, y si toca meter el pico en la carroña, pues se mete, y en paz.

No sé cómo llegaba la sangre de los cuervos al cuerpo las/o vecinas/os de aquel barrio –¿se los comerían?– y no se me puede olvidar preguntarle a Helena sobre el asunto, pero la cuestión es que unos pájaros oportunistamente carroñeros y poco atractivos para figurar en ningún menú ayudan a mantener sana a la gente, aunque viva en condiciones poco salubres.

La historia me recordó un documental que vi hace mucho tiempo sobre algunos tratamientos aplicados a enfermedades auto-inmunes, como la de Crohn, consistentes en introducir en el organismo “bichitos” microscópicos, obligando así al cuerpo a usar su  sistema inmunológico contra los intrusos, y no contra sí mismo. El programa interesantísimo, planteaba entre otras cosas la posibilidad de que la responsable de la proliferación de alergias, asmas y dermatitis, por ejemplo, fuera la excesiva limpieza de nuestros ámbitos y hábitos cotidianos. En conclusión, que un poco de “impureza” no solo no hace mal a nadie, sino que puede resultar beneficiosa.

El mismo sábado en que supe lo de la sangre de cuervo, se reunió mi grupo de reflexión teológica. Comentamos un artículo de Musimbi Kanyoro[1] extraordinariamente rico, lo que dio lugar a un encuentro intenso e interesante. Entre las muchas frases del texto que nos llamaron la atención, estaba la que encabeza este post, y no porque la idea nos resultara extraña o desconocida, sino porque, aun sonando familiar –mendigos, ladrones, prostitutas y publicanos son personajes con los que Jesús comparte palabra y/o mesa en las narraciones evangélicas–, invita a la novedad, a través de la actualización de los conceptos, y remite a lo concreto.

Mi traducción de lo que Musimbi Kanyoro dice es que seguir a Jesús supone estar al lado de quienes, según la gente bienpensante y políticamente correcta, se encuentran en los márgenes y, por tanto, lindando con lo sucio, con lo impuro, con lo heterodoxo… En fin, con lo malo. Es más, creo que ser cristiana/o, entre otras cosas, supone convertir lo liminal en el centro, es decir, enviar a los márgenes de nuestra vida –o sea, bien lejos– lo que encaja como un guante en el sistema, lo puro, lo perfecto…, porque, como en la excesiva limpieza, en la ortodoxia sin fisuras se agazapan muchos riesgos, entre ellos, lo que una amiga mía –en parte, le debo esta reflexión– calificó el otro día como “la maldad de los buenos”, es decir, una maldad no premeditada, aunque no por eso menos dañina, y que se produce precisamente por querer ser demasiado buenas/os. Es lo que les pasó, en el siglo XVII, a las monjas del monasterio de Port-Royal, cuya santidad y pureza de vida causaba pasmo, pero de las que se decía que eran “puras como ángeles y soberbias como demonios”.

La bondad “de libro”, la que se apoya en la letra, la que busca garantías en la norma, la que intenta eludir el riesgo a equivocarse agarrándose a lo reglamentado, a lo calificado objetivamente como bueno, a lo juzgado como santo, la que evita mancharse esquivando el trato con lo que contamina, con quienes contaminan… es una bondad pobre, engañosa, una bondad que, paradójicamente, puede llegar a ser malvada, porque la letra no es que no de vida: es que mata. Y yo quiero vivir.

No es fácil prescindir de la seguridad de la ortodoxia, como tampoco lo es beberse un trago de sangre de cuervo criado en un basurero, o mantenerse en los márgenes del sistema, pero quizá no sea tan malo lavarse menos las manos y perderle el miedo a mancharse un poco.


[1] KANYORO, Musimbi. “La figura futura de Dios y el futuro de la humanidad”, Concilium: Revista Internacional de Teología, n. 308 (2004), pp. 59-70.

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Mancharse un poco por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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