De ojos y miradas

Al modo clásico, para aprender utilicé un modelo: yo misma. No fue fácil: por más que una misma sea el tema más evidente, también es el más difícil.

Frida Kahlo

El domingo pasado, por fin, fui a ver Heroínas, y lo hice por la tarde, o sea, durante las últimas horas de la exposición, que terminó el mismo 5 de junio. Me encantó. Tanto que me quedé con sed de más: de más cuadros y de más de heroínas en los más diversos ámbitos de la vida. No sabría decir qué fue lo que más me gustó, pero si tuviera que quedarme con dos o tres secciones por la belleza de sus cuadros, creo que elegiría “Cariátides”, “Lectoras” y “Magas”, y si tuviera que escoger solo dos cuadros, optaría –con mucho esfuerzo, porque hay algunos realmente maravillosos– por Juana de Arco (1882), de Dante Gabriel Rossetti, y Autorretrato (1871) de Élisabeth-Louise Vigée-Lebrun. Y si tuviera que destacar a un personaje, señalaría sin duda a Catalina de Alejandría, presente en más de una sección y fuente de inspiración para muchas mujeres a lo largo de los siglos.

Pero no es mi intención comentar una muestra pictórica que ya no se puede visitar, sino compartir dos experiencias vividas frente a los cuadros: una, de desilusión, y otra, de encuentro. La desilusión se produjo en la sala dedicada a las “Místicas”, en la Fundación Caja Madrid. Imaginaba que quienes idearon la exposición tenían muy claro que no se puede identificar mística y religión cristiana, y esperaba encontrar cuadros que dieran cuenta de la diversidad de contextos en los que las mujeres pueden tener y tienen experiencias místicas. Pero no contaba con que la mística cristiana no tuviera más representación que una obra de Marina Abramovic titulada La cocina I. Homenaje a santa Teresa (2009), en la que se ve a una mujer vestida de negro, con los brazos en cruz, levitando en una cocina de techos altísimos, sobre un montón de cacerolas, supongo que por aquello de que “Dios anda entre los pucheros”, lo que más que un homenaje a Teresa de Jesús, parecía una acusación por asociar a las mujeres con lo doméstico, como si la santa de Ávila no hubiera dicho ni experimentado nada más.

El resto de los cuadros expuestos en esa sección, por otra parte, insistían una y otra vez en el “arrebato” de sus protagonistas, mostrando a mujeres con extrañas posturas, unas veces sin rostro visible, y otras con la mirada perdida e, incluso, algo bobalicona. Daba la impresión de que estaban todas un poco “idas”, lo que invita a asociar la mística femenina con la locura. Sinceramente, creo que la exposición, en este tema, quedó mutilada al renunciar a las místicas cristianas, y espero que no se debiera a que las/os organizadoras/es tuvieran miedo a que la tacharan de confesional o a que pensaran que las místicas cristianas no tienen potencial subversivo o provocador, porque lo tienen –y mucho– a pesar de los intentos domesticadores por parte de algunos poderes eclesiásticos.

La experiencia de encuentro se produjo en la sección de “Pintoras”, un piso más arriba. Casi todos los cuadros eran autorretratos, e iba yo por el tercero o el cuarto cuando, de pronto, caí en la cuenta –con todo el cuerpo– de que estaba viendo no solo las obras de aquellas artistas, sino sus rostros. Así que volví a mirar los que ya había dejado atrás, con mucho interés por los rasgos de aquellas caras que también me miraban y me decían algo de sí mismas… y de mí.

Frente al Autorretrato de Élisabeth-Louise Vigée-Lebrun, había una chica con el que parecía su novio. Cuando llegamos a su lado –iba yo con dos amigas–, ella le contaba que el marido de la pintora pasó años dilapidando todo el dinero que su esposa ganaba pintando, que no era poco, pues era muy reconocida y tenía muchos encargos. La chica hablaba de la artista… con unción. Me llamó la atención el modo en que miraba el cuadro y, por no sé qué misteriosa curiosidad, cuando dejé atrás el Autorretrato, no pude evitar volver a mirarlo, una y otra vez. Y allí estaban siempre las dos, Élisabeth-Louise Vigée-Lebrun, mirándome, y aquella chica, dándome la espalda, frente al cuadro… No sé si era una especialista en pintura o si, sencillamente, el Autorretrato le había seducido, pero no podía alejarse de él o, quizá, de ella, de su protagonista y autora. Y allí se quedó, frente al rostro de Élisabeth-Louise, cuando nosotras nos fuimos.

Me impresionó. No sé qué tipo de hechizo ejercía el cuadro sobre aquella chica y me pregunto si tendría algo que ver con el hecho de que, en un autorretrato, la mirada de la autora sobre la realidad es, concretamente, una mirada sobre sí misma, traducida literalmente en unos ojos, los suyos, que miran a quienes la contemplan. Así, el objeto observado se convierte, de alguna forma, en sujeto observador. Y se produce el encuentro entre dos personas, aunque estén alejadas en el tiempo y en el espacio. El encuentro y, quizá, hasta el diálogo. Y es que dejamos no solo nuestra mirada, sino también nuestros ojos, en todo lo que creamos.

Licencia Creative Commons
De ojos y miradas por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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