La peor de todas

Pudiera ser que todo lo que en verso he sentido

no fuera más que aquello que nunca pudo ser,

no fuera más que algo vedado y reprimido,

de familia en familia, de mujer en mujer.

Alfonsina Storni

En torno al año 2000, cuando acababa de formarse mi grupo de reflexión teológica feminista, vino a la ciudad, invitada por la Confer, Dolores Aleixandre. Dio una conferencia en el Seminario y allí nos presentamos nosotras, como una sola mujer, para charlar con ella sobre teología feminista y sobre nuestro grupo recién nacido. Nos concedió un rato generoso –que nos supo a poco– y nos dijo unas cuantas cosas que nos resultaron muy útiles en aquellos primeros pasos de nuestra andadura como estudiantes autodidactas de teología feminista. Entre otras cosas, nos contó que muchas personas le preguntaban si era feminista, a lo que ella contestaba que sí, lo que, por lo visto, no encajaba del todo con la imagen “bondadosa” que tenían de ella, así que afinaban un poco más: “Pero tú no serás como esas feministas malas que van por ahí”… Y Dolores les decía, muy sonriente: “¿Yo? Igual que ellas; mejor dicho, la peor de todas”. La respuesta, sorprendente, neutralizaba una de las herramientas más poderosas del patriarcado: crear división entre las mujeres –aprovechando lo que nos diferencia y/o separándonos en buenas y malas– y favorecer el enfrentamiento mutuo.

Hacía tiempo que no me acordaba de esta historia, cuando supe de la existencia una película de 1990 titulada Yo, la peor de todas, que narra la vida de sor Juana Inés de la Cruz –llamada la Décima Musa por ser la máxima figura de las letras hispanoamericanas de su siglo–, película dirigida por María Luisa Bemberg y protagonizada por Assumpta Serna. Me volví loca intentando encontrar, sin éxito, el DVD correspondiente, así que me lancé en su busca, en internet, y quiso la suerte que, al final, diera con  el film –eso sí, en diez o doce trozos– y pudiera visualizarlo, aunque a plazos.

Si sor Juana Inés ya despertaba interés en mí, la película hizo que me apasionara por la vida y la figura de esta monja y poetisa novohispana, que iluminó con su literatura la segunda mitad del siglo XVII. Descubrí que la obra cinematográfica es una adaptación del libro Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, de Octavio Paz, así que lo pedí prestado en la biblioteca donde trabajo y lo leí esperando encontrar respuestas a las muchas preguntas que sor Juana Inés me sugería. Aún no he decidido si el escritor mejicano tiene respuestas para mis preguntas, porque no estoy segura de que haya entendido a su biografiada, no como escritora, ya que Octavio Paz conoce a fondo la obra de la monja novohispana y la valora, sino como mujer y como monja, pues alterna, a lo largo de su extenso libro, dudas y certezas sobre la autenticidad de ambas condiciones, ya que hay quienes consideran que era una mujer masculina y una religiosa de oportunidad, o sea, sin vocación.

No voy a defender a sor Juana Inés de la Cruz, porque no necesita defensa. Si dedicarse a las letras profanas era cosa de hombres, sí, era una mujer masculina, y a mucha honra. En cuanto a su vocación, ella misma afirma que entró en religión porque no quería casarse y porque pensaba que el convento favorecería su deseo de conocimiento, lo que no excluye que fuera una buena monja o, al menos, tan buena como las demás. Nada en su biografía ni en sus escritos hace pensar lo contrario.

Sor Juana Inés llevó a cabo una prolífica actividad literaria que, si bien era vista con recelo por la jerarquía eclesiástica de Nueva España, nunca fue censurada. Sin embargo, los últimos años de su vida entregó su biblioteca al obispo de México, para que la vendiera y repartiera entre los pobres el dinero obtenido, y abandonó las letras profanas. En realidad, abandonó todo tipo de letras. Hay muchas conjeturas sobre las razones que le empujaron a ello. Algunos piensan que se “convirtió” y vivió, al fin, como una auténtica esposa de Cristo, es decir, recogida en el silencio del claustro y entregada a la oración. Quienes así piensan se apoyan en una retractación que hizo ella misma y que signó con su sangre añadiendo a su firma “yo, la peor de todas”. Octavio Paz piensa que, cuando sor Juana Inés quedó sin respaldo político, al cambiar al virrey, se vio indefensa ante el obispo, un hombre exigente y misógino que no veía con buenos ojos a la monja literata.

En mi opinión, sor Juana Inés fue el campo de batalla donde lucharon el obispo de Puebla y el de México, quienes la utilizaron mutuamente como arma arrojadiza y, luego, la silenciaron. Y no era su fe ni su vocación lo que la convertían en una mujer incómoda, sino su deseo de saber y de escribir, lo que la hacía “rara” y muy libre de espíritu, algo que no suele perdonarse al sexo débil. Pero antes de lograr que se callara, sor Juana Inés dejó escrito un texto, Respuesta a sor Filotea de la Cruz, en el que  reivindica sin tapujos su derecho y el de todas las mujeres al conocimiento, a la cultura, a la autonomía…, un texto que la dibuja como una verdadera feminista, una pionera, pese a su silencio último.

No sé si Dolores Aleixandre se acordó de sor Juana Inés de la Cruz cuando nos contó su historia, pero yo no he podido evitar relacionar a estas dos mujeres. Y, como ellas, me apunto al club de la peor de todas.

Licencia Creative Commons
La peor de todas por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

One Response to “La peor de todas”

  1. Si me lo permites tu y las demás yo también soy la peor de todas, en vosotras tengo puesta la esperanza de la Iglesia y de la sociedad.

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