En dos palabras: in-visibles

Las mujeres siguen bajo una mirada ajena, o al menos no del todo suya, que no las sabe clasificar, que solo las ve porque sabe que tiene que verlas.

Amelia Valcárcel

Me digo muy a menudo que no quiero morirme sin escribir un libro sobre mis abuelas, dos mujeres dignas de protagonizar una obra literaria, o más de una, y que pocas personas tuvieron ocasión de conocer, ya que ni eran famosas ni ocuparon jamás puestos de relevancia, salvo en sus respectivas familias, donde fueron auténticas cariátides, mejor dicho, los pilares que sostenían todo el edificio, o casi todo. Una de ellas, la paterna, vivió sus últimos años sin saber quiénes éramos y, lo que es peor, sin saber quién era ella, a causa del Alzheimer, aunque curiosamente siempre recordó su nombre, al menos, mientras pudo hablar. Fueron años difíciles, pero con momentos gloriosos que, de cuando en cuando, vienen a mi memoria y me obligan a sonreír esté donde esté.

Uno de ellos aconteció mientras comíamos. Estaba puesta la tele y dieron una noticia sobre Fátima. Ella, muy contenta, nos contó que había estado allí y dio pelos y señales de su visita al santuario portugués. Mi padre, confuso, le dijo: “Madre, que tú nunca has estado en Fátima”. Pero ella continuó asegurando que sí, con mucha pasión. El resto de la familia se unió a mi padre, intentando lo imposible: que el cerebro de mi abuela, tocado ya por la enfermedad, recordara que no había pisado Portugal. Alguno de mis hermanos –no sé cuál– dijo: “Abuela, tú solo has estado una vez en el extranjero, cuando fuiste a Lourdes”. Y ella, muy seria, respondió: “¡Coña! ¡Pero es que el extranjero es muy grande!”. Sí, el extranjero es muy grande, y mayor cuanto más pequeño es el país en que se vive.

Me acordé de esta historia el otro día, mientras leía unas cifras escalofriantes sobre la situación de las mujeres en el mundo. Según los informes de diferentes organismos internacionales, el 67% de los pobres son mujeres; constituyen el 80% de la población desnutrida, el 70% de los adultos analfabetos y el 67% de los niños no escolarizados; realizan el 52% del trabajo, pero son dueñas, tan solo, del 1% de la tierra y del 10% del dinero, y apenas ocupan el 10% de los puestos de responsabilidad o representación políticas. Pero lo que más me impresionó fue saber que, desde 1990, han “desaparecido” más de cien millones de mujeres, mujeres que deberían haber nacido y no lo han hecho por la preferencia del hijo varón y el consiguiente aborto selectivo. No es que no supiera que las cosas son así –bueno, lo de los millones de mujeres no nacidas, no lo sabía–, pero contemplar las cifras en negro sobre blanco me recordó que “el extranjero es muy grande” y que, de vez en cuando, no viene mal darse un garbeo fuera de casa y ver lo invisible o, mejor dicho, lo invisibilizado, aquello que parece que no existe, no solo porque no se le pone nombre o no se quiere hablar de ello, sino también porque nadie sale de su “país” y se para a mirar.

Las mujeres somos una de esas realidades invisibles, dentro y fuera de cualquier  frontera, real o simbólica. Es invisible nuestro trabajo doméstico, que no se incluye en ningún PIB de ningún país del mundo, a pesar de que sin él no podría sostenerse ninguna sociedad. Somos prácticamente invisibles en la Iglesia, donde se nos considera, sobre todo, como mano de obra voluntaria, como receptoras de doctrina y como presencia orante, aunque silenciosa. No aparecemos en ninguna historia oficial. Estamos invisibilizadas en el lenguaje, donde el masculino genérico, supuestamente inclusivo, acaba identificando lo humano con lo masculino y, por tanto, con el varón. Prueba reciente de ello es el movimiento 15M, o de los Indignados, que si bien no excluye a las mujeres, nos “vela” bajo ese adjetivo masculino, cuando habría sido tan fácil sustituirlo por otra expresión, como Gente indignada. En algunas sociedades, incluso, los cuerpos de las mujeres –solo los de las mujeres– son literalmente ocultados por burkas o prendas que apenas dejan al aire los ojos.

Pero tampoco es mejor cuando se “nos hace” visibles, porque normalmente aparecemos como víctimas –véanse las múltiples noticias de violencia machista en los medios de comunicación o las cifras que acabo de dar– o como elementos estéticos, casi siempre eróticos, en la publicidad y en actos sociales de todo tipo. ¿Por qué? Porque, guste o no, es así como se nos ve –cuando no somos invisibles– o, mejor dicho, como se nos mira en las sociedades patriarcales.

Una vez más, el reto para nosotras es hacernos visibles desde nosotras mismas, ¿Cómo? No es fácil responder a esa pregunta, pero hay que intentarlo a tiempo y a destiempo: cambiando poco a poco el lenguaje, perdiendo el miedo a “hacerse notar” allí donde estamos, rescatando del olvido las contribuciones de las mujeres de ayer y de hoy a la historia, utilizando los medios de comunicación social que están a nuestro alcance… Estos días, sin ir más lejos, me he enterado de la existencia de una web llamada “Desveladas” (www.desveladas.org) que tiene mucho que ver con el asunto de la visbilidad/invisibilidad. Está todavía en construcción, pero barrunto que promete.

Tenemos que quitarnos los velos, los que nos han sido impuestos –y a los que quizá nos hemos acostumbrado– y los que nos ponemos nosotras mismas, mirarnos al espejo, descubrir quiénes somos y mostrarlo al mundo sin complejos. Y a quienes no nos miran y no nos ven, les convendría ensanchar su mirada y abrir sus fronteras para que el extranjero, lo extraño, sea cada vez más pequeño.

Licencia Creative Commons
En dos palabras: in-visibles por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

One Response to “En dos palabras: in-visibles”

  1. De casualidad he encontrado tu blog, “En carne viva”, y me ha encantado. Tengo similares intereses -feminista, cristiana, poblada de dudas-
    Gracias por el tiempo que le dedicas, el cual indirectamente nos dedicas a tus lectoras.
    ¿asistirás al Encuentro Europeo de Teólogas? -EWSTR, no recuerdo bien las siglas-
    Saludos
    amparo

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