Tener o no tener

Antígona, en verdad, no se suicidó en su tumba, según Sófocles, incurriendo en un inevitable error, nos cuenta. Mas ¿podía Antígona darse muerte, ella que no había dispuesto nunca de su vida?

María Zambrano

Se pueden seguir muy diferentes criterios para clasificar a las personas: la edad, la nacionalidad, el sexo, la profesión, la renta per capita, la religión, el nivel de estudios, la raza, la orientación sexual, la filiación política, la lengua… En realidad, cualquier característica puede servir para señalar diferencias y parecidos entres unos seres humanos y otros. Mi amigo Juan dice que hay dos tipos de personas: “los hombres-problema y los hombres-solución”, utilizando la palabra hombre con valor inclusivo, es decir, como equivalente de ser humano, no de varón. Me pregunto si Juan y yo nos equivocamos al pensar que el grupo de la gente-problema es más numeroso que el otro y que a la gente-solución, por tanto, se le acumula, y mucho, el trabajo. Y me pregunto también si el reparto de mujeres y varones en ambos grupos es equitativo o si, como sospecho, hay más mujeres en el de la gente-solución, y menos en el de la gente-problema.

De todas maneras, las clasificaciones del tipo si/no, dentro/fuera, son peligrosas, pues inciden en el pensamiento dualista, generando imperceptiblemente exclusiones y jerarquizaciones discriminatorias. Por eso, prefiero criterios más plurales, o sea, preguntas cuya respuesta no sea blanco o negro, sino que admitan una gama de posibilidades muy amplia. Por eso, se me ocurrió el otro día que un modo de clasificar a la gente podría ser su forma de estar en una cola de supermercado, estación, banco, institución pública, aeropuerto, comedor social… Sé que con este criterio me dejo fuera a la parte de la humanidad que no tiene acceso a cola alguna, pero –como diría mi amiga Pilar– tampoco aspiro a nota.

Una larga cola prueba de manera inigualable la paciencia de quienes la forman y provoca diferentes reacciones ante la posibilidad de dejar pasar el tiempo “sin hacer nada”. Hay quienes, con solo pensar en la posible cola, empiezan a sudar antes de incorporarse a ella. Otras/os la evaden como sea, dejando para mejor ocasión lo que traigan entre manos. Hay quienes se cabrean y refunfuñan y hablan en voz alta dejando bien clara su indignación por tamaño atropello a la prisa que caracteriza nuestras vidas. Algunas personas, como yo, intentan resignarse –con desigual éxito según el día– y rezan para que no suceda nada que, encima, ralentice el ritmo al que avanza el personal, cosa que sucede indefectiblemente en cuanto me acerco a una de esas serpientes humanas. Aunque parezca mentira, también se puede disfrutar una larga espera rodeada de desconocidas/os. Mi amiga Julia lo hace: le encanta mirar y ver, escuchar y oír, contemplar la vida bullendo alrededor, los seres humanos en su salsa cotidiana. Dice que, para ella, esos tiempos son de auténtica contemplación. La admiro.

Pero hay más posibilidades. Susana hacía cola ante una caja del supermercado cuando vio que una señora algo mayor que ella se le puso delante, como quien no quiere la cosa. Vamos, que se coló. Cuando a mí me pasa algo parecido, siento tanta vergüenza ajena que miro para otro lado y me callo. Pero Susi, no. Dio dos golpecitos en el hombro de la señora –quien lógicamente se giró– y le dijo: “Imagino que no se ha dado cuenta, pero va usted detrás de mí”. La mujer se disculpó farfullando extrañas explicaciones y se dispuso a retrasar su posición en la cola. Entonces, mi amiga le dijo: “De todas formas, si quiere, pase delante de mí, porque lleva muy poca cosa y no me importa”. Creo que la cara de sorpresa de la señora, que aceptó encantada la oferta de Susana, fue más o menos como la mía cuando me lo contó. “Si te daba igual, ¿por qué le dijiste que no se colara?”, le pregunté. Y me respondió: “Porque solo puedo ceder un derecho si lo tengo, es decir, si se me reconoce”. También la admiro.

Creo que lo que le pasó a Susana tiene mucho que ver con el feminismo y la reivindicación de los derechos de las mujeres. Reclamar el reconocimiento de un derecho significa, sobre todo, conquistar la libertad de ejercerlo, o no. Y aunque el resultado parezca el mismo –Susi pasó detrás–, no lo es: no es igual verse obligada a algo, que optar libremente por ello, porque los actos libres nos humanizan, y los otros, no. Las mujeres queremos el reconocimiento de nuestros derechos para ser libres de elegir, lo que no nos hace olvidar que la libertad es también –y sobre todo– una conquista interior, porque las cadenas que más pesan son las de dentro. Y la libertad interior no requiere el reconocimiento ajeno, pero sí el propio, algo no siempre fácil de conseguir.

No podemos darnos –ni a otros seres humanos ni a Dios– si no nos poseemos. No podemos renunciar a nada si antes no nos ha sido reconocido el derecho que tenemos sobre ello. Las mujeres deberíamos recordarlo cuando se nos dice que somos egoístas por preocuparnos de nosotras mismas, de nuestra formación, de nuestro bienestar, de nuestra salud… Pero ¿cómo se puede dar lo que no se tiene? ¿Cómo puede ser real nuestra entrega si no somos sujetos de ella?

Licencia Creative Commons
Tener o no tener por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

One Response to “Tener o no tener”

  1. Me encantó……

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