Basta de silencios

¡Basta de silencios! ¡Gritad con cien mil lenguas! Porque, por haber callado, el mundo está podrido.

Santa Catalina de Siena

Hace ahora un mes, la poetisa y estudiante bahreiní Ayat al-Qarmezi, de 20 años, fue condenada a un año de cárcel. Su casa había sido allanada en repetidas ocasiones por miembros enmascarados de las fuerzas de seguridad, que amenazaron con matar a sus hermanos si Ayat, que estaba escondida, no se entregaba a las autoridades, cosa que hizo el pasado 30 de marzo por temor a las amenazas contra su familia. Fue detenida y, según parece, torturada mientras permanecía bajo custodia. ¿Su delito? Haber leído un poema, durante una manifestación pacífica a favor de la democracia, en el que criticaba al rey de Bahréin. Pasará a los anales de la historia por el ambiguo mérito de ser la primera mujer presa de conciencia en su país por expresar sus ideas pacíficamente. Y digo ambiguo porque, si bien su libertad de pensamiento y de palabra es digna de admiración, su detención y condena no pueden sino reprobarse.

Está claro que hablar, esa facultad tan específicamente humana, resulta una actividad peligrosa cuando denuncia situaciones de injusticia y opresión y cuestiona los privilegios de quienes tienen el poder –aunque no la autoridad– para hacer callar las voces disidentes, aunque se expresen pacíficamente. Es cierto que no todos los contextos son iguales y que algunas personas pagan un precio más alto que otras por ejercer lo que se denomina libertad de expresión, íntimamente ligada a la libertad de opinión y, por tanto, a la libertad de pensamiento.

Desde cierto punto de vista, las leyes que prohíben hablar libremente, es decir, exponer las propias ideas sin peligro de represalias legales, no tienen ningún poder sobre el pensamiento, dado que las ideas, mientras no se expresen públicamente, parecen formar parte del interior de la persona. Mi abuela solía decir que el pensamiento es libre, refiriéndose no solo a su derecho a pensar como quisiera, sino también a que, a menudo, no tenemos auténtico control sobre él, por lo que generamos ideas que nos pillan por sorpresa y hasta nos asustan.

Pero el asunto no es tan sencillo. En primer lugar, porque “de lo que abunda en el corazón habla la boca” (Lc 6,45) y no es fácil que pensamiento y palabra recorran siempre caminos diferentes, a no ser que se viva en una permanente mentira, algo que, pese a lo que pueda parecer a veces, no hay tantos seres humanos dispuestos a hacer. En segundo lugar, porque las ideas son poderosísimos motores no solo de palabras, sino de acciones, y, como decía una chica con la que compartí piso unos años, siendo estudiante, cuando se ve la luz con claridad, resulta muy difícil no ir tras ella. Además, ¿qué es la libertad de pensamiento y de opinión si no va acompañada de libertad de expresión? ¿Qué son las ideas si no pueden compartirse? ¿Tesoros que no pueden enseñarse, como si los hubiésemos robado?

No obstante, por más que lo dijera mi abuela, el pensamiento no es tan libre como a ella le parecía. Es posible que las leyes no sean capaces de coartarlo, pero sí pueden cercenarlo, precisamente, porque son leyes, es decir, porque son los códigos establecidos para las relaciones humanas en una determinada sociedad y, lógicamente, educan y orientan el pensamiento de quienes viven en ella. Y violarlas, aunque solo sea con el pensamiento, sitúa a las personas disidentes en el ámbito de la clandestinidad, algo muy difícil de sobrellevar, hasta el punto de que hay quienes se fuerzan para que sus pensamientos encajen con lo que es de sentido común. Por otra parte, hay leyes cuya vulneración no conlleva penas de cárcel, ni multas, ni cosas de ese estilo, pero inciden directamente en la conciencia. Me refiero a todos los dogmas, religiosos o no, que configuran nuestra visión del mundo y nuestro modo de ser y estar en él. Cuando esos dogmas operan en nosotras/os, ponen en marcha algo mucho más poderoso que los ordenamientos jurídicos: la autocensura.

Me pregunto si Ayat al-Qarmezi tuvo que luchar mucho consigo misma y vencer sus propias censuras no solo para leer el poema que la ha llevado a la cárcel, sino incluso para componerlo, para atreverse a traducir en palabras sus ideas disidentes y sus sentimientos de indignación, para decirse primero a sí misma y luego a su rey:

Somos la gente que va a matar la humillación y a asesinar la miseria.

¿No oye sus llantos? ¿No oye sus gritos?

Me pregunto también qué pasaría si mucha, mucha gente, toda la que ve y siente las innumerables injusticias que se producen a diario compusiera poemas y los leyera en voz alta. ¿Rebosarían todas las cárceles, o estaría el mundo menos podrido? Hablar puede ser peligroso, pero guardar silencio también mata. Silenciosamente.

 

Licencia Creative Commons
Basta de silencios por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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