En versión original

Si tienes este espacio, aprovéchalo para dar voz a quienes no la tienen.

Lucía Etxebarria

En España se tiene muy bajo nivel de inglés porque las películas extranjeras se doblan, en lugar de proyectarse en versión original. Eso es, al menos, lo que se decía en la radio, esta mañana, mientras yo me duchaba antes de ir al dentista. No todos los tertulianos del programa pensaban lo mismo y confieso que, al final, no me quedó nada claro si doblar o no las pelis tiene demasiada importancia para nuestro inglés, pero había consenso en que el nivel del doblaje en nuestro país es de los mejores del mundo, si no el mejor. Y eso sin perjuicio de quienes opinan que todo doblaje, como toda traducción, es una traición al original.

Las/os dobladoras/es tienen que acoplar sus palabras al movimiento de los labios de otras personas que por lo general hablan en otra lengua. Sin embargo, que el ajuste entre palabras y labios sea perfecto no es suficiente. Quienes doblan han de ser, además, actores y actrices de voz, capaces de expresar y despertar con ella todo tipo de emociones. No hace tanto tiempo, el serial de la radio –¿quién, con ciertos años, no se acuerda de Simplemente, María…?– era el acontecimiento más esperado en casi todas las casas y hasta en los hospitales, en los que, en pleno horario de visitas, había habitaciones donde no se oía ni una mosca, aparte de las voces que salían del transistor, unas voces capaces de evocar una amplísima gama de sentimientos e, incluso, imágenes, pues todo el mundo era capaz de ver lo que solo los oídos captaban.

¿Se ponen tristes los actores y las actrices cuando tienen que rodar –o doblar– una escena triste? ¿Se alegran cuando es alegre? ¿Se ajusta su interior a lo que dicen sus labios o los de aquellos a quienes ponen voz y palabras? No sé nada de arte dramático, pero supongo que hay todo un repertorio de técnicas para fingir cualquier tipo de emoción. El sentimiento, por tanto, no tiene por qué coincidir con las palabras. Sin embargo, recuerdo que, no hace mucho, una actriz a la que casi siempre se le ofrecen papeles dramáticos demandaba personajes más livianos, argumentando que meterse en la piel de algunas protagonistas le producía un profundo desgaste emocional. O sea, que el guión no es algo de todo inocuo y puede colarse en el interior, afectando a quien lo encarna.

Esto me trae a la memoria unas palabras de la  Regla de San Benito (cap. 19,6): “asistamos a la salmodia de tal modo que nuestra mente concuerde con nuestra voz”, lo que en otras ediciones se traduce como “que nuestro corazón concuerde con nuestros labios”. La primera vez que las leí me parecieron la antítesis de lo que yo entendía como oración sincera, es decir, aquella que expresa lo que guarda el corazón. Luego, poco a poco, fui descubriendo que rezar un salmo de lamentación, cuando se está jubilosa, ayuda a recordar que, en esos precisos instantes, hay personas que sufren y que muchas están pronunciando palabras semejantes en muy diferentes idiomas y dirigidas a muy diversas divinidades, o a ninguna. Y al revés, recitar –oral o mentalmente– un salmo de alabanza o de acción de gracias, cuando por dentro todo es negro –o gris, que a veces es peor–, ayuda a hacer presentes las alegrías de la vida en las vidas de otras personas y en la propia. En ambas situaciones, intentar que el corazón concuerde con los labios, que los sentimientos casen con las palabras, contribuye a la empatía y construye solidaridad.

Pero ¿qué pasa cuando los labios no se mueven? Si alguien calla, ¿significa su silencio que no siente, que no piensa, que no vive? Es más, ¿por qué callan quienes lo hacen? ¿No tienen nada que decir, o no saben qué palabras usar, o no tienen dónde hacerlo, o se han cansado ya de gritar sin que nadie les oiga? ¿De verdad hay gente sin voz, o lo que falta es escucha, es decir, atención a lo que realmente suena y, a menudo, oímos sin enterarnos?

Me he preguntado muchas veces si se puede prestar la voz, es decir, si se puede ser portavoz de otras personas que no consiguen ser escuchadas. Y pienso que es algo semejante a doblar a alguien, pero al revés, porque son los propios labios –el propio lenguaje– los que tienen que ajustarse a pensamientos, vivencias y sentimientos ajenos. Pero la forma del mensaje siempre afecta al contenido, por lo que creo que en el proceso de traducción de sus experiencias resulta relativamente fácil traicionar a las/os sin voz.

Es cierto que solo cuando se mira y se ve, cuando se escucha y se oye, se puede hacer visible y audible lo que permanece en silencio y oculto, lo silenciado y ocultado, lo ignorado, lo olvidado, lo borrado de la historia y del horizonte… Pero creo que la verdadera visibilidad no es la que se abre camino a través de las palabras de quienes miran y escuchan… Hay algo mejor que prestar la voz: prestar atención y, sobre todo, espacios para que suenen y se oigan y se escuchen todas las voces, en versión original.

Licencia Creative Commons
En versión original por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

One Response to “En versión original”

  1. Por razones de trabajo he viajado mucho a Suecia con mi marido y siempre me sorprendió que las películas en inglés no estaban dobladas en la televisión. El resultado ha sido bueno pues todos los suecos tienen un nivel de inglés aceptable. En España, veo con mis nietos pequeños un programa que se llama Many manitas donde se introducen palabras de inglés para que los niños vayan aprendiendo sin darse cuenta. Me parece una buena idea ya que el inglés es la lengua del mundo civilizado

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