Lengua e ideología

Los nombres no ponen las cosas en su sitio. Pero, al menos, van despejando el camino.

María Dueñas

 

Julia me mandó al correo electrónico, hace un par de días, un escrito titulado “Contra la tontuna lingüística, un poco de gramática”, que por lo que he visto ha tenido mucha difusión en Internet[1]. El texto califica como un mal uso de la lengua sustituir, por ejemplo, presidente por presidenta, cuando quien preside es una mujer, y lo argumenta explicando el origen y función de los participios activos en castellano. Y dado que lo considera una incorrección, la autora se pregunta si los hombres y mujeres que se dedican a la política y al periodismo y feminizan los términos procedentes de dichos participios, hacen mal uso de la lengua por motivos ideológicos o por ignorancia de la gramática, o por ambas cosas.

Antes de nada, quiero decir que, al menos desde la decimonovena edición del Diccionario de la Real Academia Española, de 1970, que es la que yo tengo en casa, existe la entrada presidenta, con el significado “mujer que preside”, por lo que el argumento de incorrección gramatical en el que se apoya el escrito carece de validez. No obstante, creo que la pregunta sobre la relación entre ideología y lenguaje no sobra, entre otras cosas, porque es extensible a cualquier uso de la lengua y a cualquier texto, incluidos el que nos ocupa y este mismo post. Sí, siempre que se habla –oralmente o por escrito– se hace con una intención, desde un contexto ideológico y cultural concreto y con una determinada perspectiva, tanto si se es consciente de ello, como si no, tanto si se confiesa, como si se calla.

El lenguaje sirve, entre otras cosas, para representar la realidad. Hay palabras que caen en desuso porque se refieren a objetos obsoletos y a actividades abandonadas. Por otro lado, cualquier persona es testigo, por ejemplo, de la creación de neologismos para los inventos que van surgiendo o del nacimiento de nuevos significados para los vocablos ya existentes. En sentido amplio, los cambios sociales y culturales pueden considerarse también inventos, por lo que es lógica la necesidad de encontrar palabras que los expresen. ¿Es raro, entonces, que la incorporación de las mujeres a ámbitos profesionales y sociales tradicionalmente ocupados exclusivamente por varones invite a buscar términos que visibilicen la presencia femenina en dichos ámbitos? ¿Tan extraño resulta, por otra parte, que se utilicen los recursos gramaticales de la lengua para crear nuevos términos?

Entiendo que las primeras veces que se oyen algunas expresiones causen sorpresa y hasta desafinen un poco en el conjunto, pero me pregunto por qué siguen ofendiendo al oído palabras como presidenta, cuando responden a la perfección al genio de la lengua, están aceptadas por la Academia y existen desde hace mucho tiempo términos como gobernanta, construidos según la misma lógica. Y aquí es donde se percibe la ideología y cuando empiezo a sospechar, también debido a mi feminismo, que lo que molesta, en realidad, no es la existencia de un femenino como presidenta junto a presidente, sino que la forma masculina del término y la femenina signifiquen lo mismo, pues no hay que olvidar que los vocablos gobernante y gobernanta, por seguir con el ejemplo, que no parecen ofender a nadie, no son equivalentes semánticamente, porque el primero hace alusión al ejercicio del poder público, y el segundo, al gobierno de la limpieza en un hotel o a la administración de una casa o institución. Y tampoco he visto quejarse a mucha gente de que los primeros hombres que decidieron dedicarse a la costura –alta, eso sí– se denominaran modistos y no modistas, aunque el término pudiera aplicarse tanto a hombres como a mujeres, como estilista, lo que me hace pensar que tenían interés en marcar distancias con las mujeres de aguja y dedal.

No hay duda de que la ideología influye en la lengua, lo que significa que la lengua es también vehículo de ideología. Y lo es siempre, tanto si se adecúa a la norma vigente, como si no, tanto si se aboga por los neologismos de todo tipo, como si se lucha por la pureza del idioma, tanto si se diseñan políticas lingüísticas, como si se combaten. Por tanto, cualquier acción –o inacción– relacionada con el modo de hablar tiene repercusiones en la representación de la realidad y, por tanto, también en su construcción.

Servirse con creatividad de los recursos que la lengua pone a nuestro alcance no significa dar patadas a la gramática y al diccionario. La gramática, además, no es una planta que crezca espontáneamente en una selva virgen, sino el resultado de un acuerdo al que llegan los miembros de las instituciones encargadas de ello, atendiendo a muy diversos criterios, entre ellos el uso. Así, hay expresiones, palabras, giros y formas lingüísticas que funcionan, de hecho y durante mucho tiempo, ilegalmente, hasta que se les reconoce estatuto gramatical y pasan a formar parte de la norma. Mientras tanto, son eso, usos que crean y expanden quienes tienen toda la autoridad para hacerlo: las y los hablantes. Unos usos triunfan, y otros no. Y la lengua no sufre por ello, porque es un organismo vivo que, entre otras cosas, necesita transformarse para seguir siendo lo que es: vehículo de comunicación. Que además transmita ideología no es un fallo, sino algo de lo que conviene ser conscientes, tanto si hablamos como si escuchamos, para mantener despierto nuestro sentido crítico.


[1] La siguiente dirección es una de las muchas en que aparece el escrito:

http://morruideas.blogcindario.com/2011/03/00032-tontuna-linguistica-mercedes-bernad.html

Licencia Creative Commons
Lengua e ideología por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

One Response to “Lengua e ideología”

  1. Post muy acertado y bien argumentado. Lo que lamento es que tengamos que estar a vueltas con el asunto del idioma y la ideología una y otra vez.
    A propósito de términos puestos en femenino, en una conferencia escuché a la gran Amelia Valcárcel reflexionar sobre las resistencias a usar “miembra” como femenino de “miembro”. Creo recordar que decía que, al parecer, la inconveniencia de la traslación venía porque “el miembro tiene miembro” y no puede ser de otra manera 😉

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