Diario de una tía de verano I

La acción de preguntar supone la aparición de la conciencia

María Zambrano

 

Sara, de cuatro años, y su hermano Pablo, de ocho, charlaban animadamente de vuelta al coche, un poco por detrás de los mayores, inmersos a su vez en su propia conversación. Era casi de noche y la linterna del faro acariciaba rítmicamente los prados cercanos, de un verde todavía intenso, a pesar de la penumbra. De pronto, la voz de Sara se alzó sobre las otras: “Que no, Pablo, que no. Que Jesús no puede estar en el mar, porque vive en el cielo”. Su hermano le replicaba por lo bajo, con argumentos inaudibles, y ella insistía: “No, en todas partes está Dios, que es su padre”. Y señalando con el dedo índice de la mano derecha, continuó: “Mira: el mar, la tierra, el cielo… Pues Jesús vive en el cielo. En las nubes”. Luego, algo les distrajo –quizá el barrido de la luz del faro sobre los campos– y se pusieron a hablar de otra cosa, pero la semilla teológica estaba echada. No había pasado ni un minuto cuando su madre le dijo a Pablo: “Eso, que te lo explique la tía”. Y miré a mi hermana con ojos de qué-cara-tienes, porque la tía era yo.

Pablo se acercó y me contó sus dudas: “Tía, si Jesús era hijo de Dios y de María, no entiendo qué pinta san José”. Yo, intentando escurrir el bulto, porque me parece muy complicado y extraordinariamente comprometido hablar de estas cosas con gente menuda, le respondí que José era el marido de María, pero no el padre de Jesús, confiando en que la explicación, simple hasta más no poder, fuera suficiente. Pero el niño no es tonto y acudió a su propia experiencia: “Pero mi padre es el marido de mi madre y también es mi padre”. Animada por el paralelismo familiar del que había echado mano mi sobrino y ahijado, saqué a colación el caso de una de mis hermanas, que se divorció cuando tenía un hijo y que se ha vuelto a casar, con lo que Pablo tenía delante de las narices un ejemplo viviente de un hombre que está casado con una mujer de cuyo hijo no es padre. Pablo se quedó callado y yo creí que con tan ingeniosa analogía quedaría zanjado el interrogatorio, pero de pronto, con unos ojos enormes y alarmados, me espetó: “¿Es que Dios y María se separaron?”. Yo casi me caigo en mitad del camino, mientras mi hermana, muerta de risa, ponía cara de ¿creías que era fácil?, así que tuve que empezar de nuevo y darle una respuesta más sincera, o sea, más cercana a lo que yo creo. Le dije que lo de que Jesús fuera hijo de María y de Dios era un misterio, pero que, en todo caso, María estaba soltera cuando se quedó embarazada de Jesús, lo que a José no le importó, y se casaron, y que José actuó con Jesús como si fuera su padre. No sé si lo hice bien, pero Pablo quedó satisfecho. Sara, mientras tanto, estaba más entretenida en mirarse un rasponazo que se había hecho en la pierna un par de horas antes, que en escuchar lo que hablábamos, de lo que me alegré, porque, viendo el nivel de inquietud teológica que se gastaban uno y otra, llegué a pensar que pasaríamos la noche en santas conversaciones.

De camino a casa, en el coche, fui dándole vueltas al asunto. Pablo va a clase de religión, por lo que no me resultó demasiado raro que se hiciera algunas preguntas, pero se me olvidó preguntarle a mi hermana si Sara, que debe de estar en Palotes I o II, o sea, en no sé qué curso de educación infantil, tiene también algún tipo de formación religiosa, porque me dejó muy sorprendida el discurso que le soltó a su hermano a propósito de la omnipresencia de Jesús. Me acordé de los primeros siglos del cristianismo y de que había leído, no sé dónde, que en aquella época hasta el panadero opinaba sobre si Jesús era Dios o no, o sea, que el debate no solo estaba en los concilios, sino en la calle, lo que significa que la gente se sentía con libertad y con autoridad para pensar en cuestiones teológicas y para hablar de ellas espontáneamente, como lo estaban haciendo mi sobrino y mi sobrina, sin miedo a equivocarse ni a ser sometidos a censura, preguntando, si tienen dudas, y recurriendo a su propia experiencia –en este caso, poca, porque son muy jóvenes– para encontrar explicación a lo que no entienden, es decir, descubriendo las cosas de la fe poco a poco y haciéndolas propias en función de sus posibilidades.

Confieso que lo de que María y Dios pudieran haberse separado para que ella se casara con José me dejó sin palabras, pero me reveló el modo en que todo el mundo, no solo Pablo, por ser niño, asume lo nuevo, lo que desconoce, lo que no entiende, lo que le sobrepasa: encontrando analogías –una categoría que conoce muy bien la teología– y paralelismos con la realidad cotidiana, es decir, con su experiencia. Una realidad y una experiencia que habrá que tener en cuenta a la hora de transmitir la fe a las/os niñas/os y también a la gente joven. En principio, me parece una tarea muy difícil, pero quizá no lo sea tanto si buscamos para las preguntas que nos hacen respuestas personales, o sea, respuestas pasadas por nuestras propias vivencias y no sacadas de los manuales de catequesis. Creo que es un buen ejercicio no solo para descubrir cuántas cosas –que son muchas– hemos asumido sin un solo interrogante, sino para comunicarnos de verdad con el resto de la gente, sea grande o pequeña.

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Diario de una tía de verano I por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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