Diario de una tía de verano II

En mi círculo de mujeres, cada una es testigo de la vida de las otras. El poder contar historias, una y otra vez, cambiándolas de acuerdo a lo que sientes, es muy sanador. Te permite organizar tus recuerdos. Es aceptar tu vida, abrirte al pasado, al dolor, y soltarlo, que no viene nada terrible. El dolor llega, te invade y pasa. Si opones resistencia, se queda dentro, tienes pesadillas.

Isabel Allende

 

Casualmente, estos días me está tocando ejercer de sobrina. Una de mis tías y su marido han venido a pasar unas semanas en el pueblo. Sumada a mi madre y a otra tía que vive aquí, son tres –de las cuatro que quedan– las “Echávarris” que tengo la suerte de disfrutar estos días.

Es un espectáculo verlas juntas y, sobre todo, escucharlas. Cuenta mi madre que, cuando era niña, el cura del pueblo la llamaba “charlatana sempiterna”, porque no había forma de que estuviera callada en la catequesis, pero creo que el calificativo les habría encajado perfectamente al resto de sus hermanas. Siempre encuentran tema de conversación, tanto del presente como del pasado, y tienen la misma habilidad para hablar que para escuchar, pues consiguen intervenir siempre que quieren, sin solaparse unas a otras y sin quitarse la palabra: están perfectamente sincronizadas y, además, se complementan a la perfección, porque, sea cual sea la historia que traen a colación, cada una aporta los detalles que las otras olvidan o, incluso, desconocen. La verdad es que resulta imposible aburrirse con ellas.

Yo conozco la mayoría de las historias que cuentan, pero no hay vez que no descubra algo nuevo del pasado de mi familia materna, o recuerde anécdotas que había olvidado. Hace tiempo que me di cuenta de que son unas grandes narradoras, igual que mi abuelo, su padre, quien lograba que, después de comer o cenar, permaneciéramos alrededor de la mesa, sin abrir la boca y con toda nuestra atención centrada en la suya, mientras nos contaba cosas de cuando mi abuela y él eran jóvenes o de cuando hizo la mili o de cuando se fue a trabajar, con tan solo 14 años, a Pamplona y, luego, a Bilbao. Nos gustaba tanto cómo lo hacía que, a veces, le pedíamos que nos contara, por enésima vez, cómo fue aquello o lo otro, sin importarnos ni siquiera un poco la falta de novedades en el relato.

Ayer acompañé a una de mis tías al pueblo de al lado, a ver a unas primas, también “Echávarris”. Estuvimos allí casi tres horas y pude comprobar que la vena narradora viene sin duda de esa rama de la familia, porque fue una auténtica delicia ser testigo de su conversación, a cuatro bandas. Hablaron de todo lo humano y lo divino –y no es metáfora– y me enteré de algunas cosas que para mí eran completamente desconocidas, como que hubo en mi familia dos generaciones –yo solo sabía de una­– de parteras: mi bisabuela y su única hija, una hermana de mi abuelo. Ignoro si mi tatarabuela y sus antepasadas también lo fueron, pero mi bisabuela no era del valle y no hay a quién preguntar. Y hubo más. Por lo visto, la bisabuela partera no le tenía miedo a la muerte y, a pesar de las advertencias de las autoridades al respecto, en 1918, visitó asiduamente a las familias azotadas por la gripe española y amortajó a quienes fallecían víctimas de la pandemia. No se contagió y murió, muchos años después, tras haber recibido a la vida y despedido de ella a mucha gente. Volví a casa con el alma llena de historias, y el maletero, a rebosar de verduras y hortalizas.

No sé si es porque voy cumpliendo años, o porque son ellas, las “Echávarris”, quienes los cumplen, pero descubro en sus relatos cosas que antes o ellas no contaban o no sabía escuchar yo. Y no me refiero a los detalles más o menos profusos de sus historias, sino a la valoración que hacen de algunos acontecimientos que han jalonado sus vidas. Me da la impresión de que, hace unos años, su mirada sobre su pasado y el de sus antepasadas/os estaba teñida, más bien, de una nostalgia alegre. No eludían los malos recuerdos, pero los narraban con cierto romanticismo y sin enjuiciarlos demasiado, como si una censura interior les impidiera hacer salir a la luz la crudeza de algunas realidades. Ahora miran hacia atrás con ojos más sabios, más libres, con menos miedo a llamar a cada cosa por su nombre, reconociendo las frustraciones, señalando las injusticias vividas, visibilizando las necesidades no satisfechas, compartiendo valoraciones, nunca mencionadas hasta ahora, de acontecimientos de su historia común y personal… Y todo ello, sin merma de su convencimiento de que les ha merecido la pena vivir, porque han logrado ser felices.

Estoy segura de que no tienen pesadillas, entre otras cosas, porque hablan, porque comparten con libertad, porque han sabido, y saben, tejer historias con sus vidas y narrarlas, entre ellas y para la siguiente generación, porque dejan que el dolor vivido pase, sin eludirlo pero sin retenerlo, porque aunque ninguna de ellas ha sido partera, han ayudado a dar cauce a mucha vida propia y ajena. Doy fe de ello. Y daría cualquier cosa por que, cuando pasen los años, pueda sentarme, como ellas, con mis hermanas/os y sobrinas/os y contar historias, mías y de quienes nos precedieron. Y ojalá, cuando alguien me recuerde, pueda decir: “Era una Echávarri”.

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Diario de una tía de verano II por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

2 Responses to “Diario de una tía de verano II”

  1. Pues eso, ya te digo yo que ERES UNA ECHÁVARRI ¡¡¡ porque sin duda tienes esa capacidad narradora que ya te viene de familia y además via materna,.. parteras y dadoras de vida, todo un lujo,….. y como siempre un placer leerte,……. sigue disfrutando de la familia y de las historias……

  2. Desde México espero que hayas pasado un muy feliz cumpleaños..

    Yo como tú comparto la dicha de tener una familia numerosa y parlanchina..Y sí, escuchar a las tias hablar es vivir esas anécdotas, transportarse a épocas distantes y casi saborear los alimentos y percibir los aromas. Acaba una por entender como somos y porque lo somos….

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