Diario de una tía de verano III

 

Comer y beber, abrazarnos y besarnos, gozar del aire y de la música, son placeres del cuerpo que enriquecen nuestro espíritu, haciéndole más feliz y, por lo tanto, más proclive a dejarse llenar por Dios y a bailar de gozo por el placer de la vida.

Isabel Gómez Acebo

 

Este mediodía, a las doce en punto, han empezado las fiestas de mi pueblo. De no haber tenido niños en casa, el inicio de los festejos se habría reducido, para mí, a ir a la plaza para ver lanzar el chupinazo, pero el martes llegaron tres de mis sobrinos, y sus progenitores, con buen criterio, quieren que sus hijos participen de todo lo que sucede en el pueblo, aunque no vivan aquí, porque es una forma de integrarse y fomentar la buena vecindad.

Podría pensarse que participar en los actos festivos consiste tan solo en estar presente en ellos, pero no es así. Al menos, no en un pueblo de Navarra. La mayor parte de las/os niñas/os y muchas personas adultas van vestidas de blanco y lucen pañuelo y faja, ambos rojos. En casa había, tan solo, un pañuelo y dos fajas, por lo que ha sido necesario ir a comprar lo que faltaba para que mis tres sobrinos tuvieran el equipamiento completo.

Una vez pertrechados con sus complementos rojos –la niña se ha negado a ponerse el pañuelo en el cuello y se lo hemos tenido que anudar a un tirante– han ido a la plaza más contentos que unas castañuelas, sin saber muy bien en qué consistía eso del chupinazo, o sea, con una cara de expectación que merecía ser inmortalizada. Lo gracioso es que, en cuanto han empezado los cohetes, se han asustado mucho con el ruido y han vuelto a casa tapándose los oídos con las manos… No he podido evitar cierta pena, porque iban muy ilusionados y, como no son tontos, han empezado a preguntar, algo recelosos por si había más sorpresas, en qué consistía cada una de las actividades que sus padres han leído en el programa de fiestas, con intención de consolarlos y entusiasmarlos de nuevo por los festejos.

Confieso que no son muy aficionada a las fiestas populares –más que nada, porque no se me da nada bien lo de bailar y no soy capaz de perder el sentido del ridículo incluso delante de gente que hace años que conozco, aunque no la trate a diario–, pero admiro el entusiasmo con que se preparan en un pueblo tan pequeño como el mío, que no llega a los trescientos habitantes. Hay bailes, concursos de todo tipo, gymkanas, rondallas, atracciones especiales para las/os niñas/os y para la tercera edad, torico de fuego, comidas y cenas populares, carreras, misa y procesión el día del santo –que, por cierto, nació aquí–, fuegos artificiales… Algunas actividades requieren mucha preparación, por lo que imagino que llevan meses pensando en ellas para hacerlas posibles. Teniendo en cuenta el número de vecinos, estas fiestas tienen muchas más cosas que las de cualquier ciudad e implican a mucha más gente que en las grandes urbes. Por eso me parecen tan dignas de admiración y de respeto, aunque no todo salga a la perfección ni se ajuste al horario previsto.

No obstante, aunque las cosas han cambiado algo con los años, las fiestas populares tienen un claro sesgo de género. No hay más que asomarse al bar para ver que la proporción de varones es superior a la de mujeres, las cuales pasan en la cocina muchas más horas que a diario, porque toda fiesta tiene en la comida copiosa uno de sus puntos fuertes: entremeses, asados, postres especiales…, cosas que requieren mucho tiempo y dedicación y que dejan un rastro difícil de eliminar, incluso con lavavajillas. De todas formas, sería injusta si invisibilizara la satisfacción que muchas mujeres sienten al ver alrededor de la mesa a toda la familia, incluida la que se acerca al pueblo solo en fiestas, mientras se devora la comida que con tanto esmero han preparado. Entiendo bien esa satisfacción, porque yo también la experimento cuando cocino para otras personas y veo que mi comida les gusta y que disfrutan de ella. Creo que tiene que ver con lo que se conoce como ética del cuidado y con la felicidad que proporciona la experiencia de hacer felices a las/os demás. Por tanto, el fallo no está en cocinar, por ejemplo, y hacerlo bien y con cariño, sino en que, por lo general, solo lo hacen las mujeres. Sepan, pues, los varones que, aunque parezca paradójico, se pierden mucho cuando se limitan a dejarse cuidar y eluden ser ellos quienes cuiden…

Mis vacaciones están tocando a su fin. Me quedan pocos días y van a ser días de fiesta. Seguramente, comeré más y dormiré menos; habrá más gente en mi casa –vendrá otro de mis hermanos con su familia– y nos volveremos locas/os a la hora de las comidas; será imposible tener un horario normal y mis sobrinas/os irán a la cama medio llorando, de puro cansancio y de exceso de emociones; mi padre y mi madre acabarán agotados, pero muy contentos de haber logrado juntar a cuatro de sus seis hijas/os, con sus respectivas familias, en torno a la mesa; habrá discusiones y momentos maravillosos; todo será igual y distinto. Al final, habrá merecido la pena.

De todas formas, con fiestas o sin ellas, pasar las vacaciones con mucha gente alrededor supone, entre otras muchas cosas, ejercitar la flexibilidad y todo tipo de mecanismos de adaptación al medio, algo que considero muy beneficioso, al menos unos días al año, porque ayuda a eliminar el óxido de las articulaciones del alma. Y es, sobre todo, una oportunidad única de redescubrir cómo amar y ser amada, con aciertos y errores, pero cada vez más y mejor.

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Diario de una tía de verano III por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

One Response to “Diario de una tía de verano III”

  1. Las fiestas y las familias se viven igual en todos los pueblos . es una suerte vivir en España .

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