Diario de una tía de verano IV

 

A las niñas nos han hecho siempre desear ser princesas. Pero las princesas, en su mayor parte, no fueron nada más que mujeres esclavizadas. Un triste ejemplo para el género femenino.

Ángeles Caso

 

“Yaya –le dijo Sara a mi madre–, me puedes llamar Sara o princesa, porque Sara significa princesa”. Mi madre se quedó de piedra, no por la información que le daba la nieta, pues ya la sabía, sino por la ocurrencia de la niña, que con solo cuatro años había entendido a la perfección que los sinónimos son intercambiables.

Sara sueña con ser una princesa. Mejor dicho, afirma que lo es y, sea cual sea el juego en el que participa, lo hace a condición de que se le reconozca el título, lo que este verano le ha causado algunas discusiones con su prima Julia, que también aspira al principado y que no está dispuesta a ceder, por más que el nombre de Sara avale las pretensiones de su prima pequeña. Ambas tienen claro que ser la princesa de su particular reino significa ser la primera –curiosamente, ninguna desea ser reina– y se niegan a aceptar la sugerencia de los mayores de que haya dos princesas. “¡Es que no puede haber dos primeras!”, argumentan con razón, acompañando las palabras con gestos de impaciencia por nuestra incapacidad para comprender. “¡Que aquí no vale empatar!”, concluyen con convicción. De todas formas, siempre se las arreglan para llegar a algún tipo de acuerdo, porque acaban jugando juntas, aunque todavía no he descubierto cómo reparten su principesco poder. O quizá no lo repartan, sino que lo multipliquen…

No obstante, las cosas cambian cuando juegan con los niños. A la hora de repartir roles, ellas siguen empeñadas en ser princesas, y lo son, pero me da la impresión de que pierden autoridad por el camino. Hace un par de noches, mis sobrinas/os nos deleitaron con una obra de teatro inventada. Después de mucho discurrir y ensayar, Sara y Julia salieron de las bambalinas –la entrada de la casa–, pertrechadas con sendos paraguas –por lo visto, no encontraron otro atrezzo– y se sentaron frente a las sillas del improvisado patio de butacas, en la calle. Sin decir palabra, cerraron los ojos y se pusieron a roncar, para que todo el mundo tuviera constancia de que estaban dormidas, y bien dormidas, bajo los paraguas. Víctor, el mayor, apareció con un balón en la mano, diciendo que era un hombre muy malo y que iba a poner una bomba en casa de las princesas, y colocó el balón junto a las bellas durmientes. Mientras se reía malévolamente, como satisfecho de su maldad, salieron Ethan y Pablo y, después de lanzar muchos improperios a su primo, le persiguieron para impedir que se saliera con la suya.

La escena puede parecer simple, pero tuvieron que repetirla varias veces: una, porque Víctor no colocó la bomba-balón donde debía y rodó cuesta abajo; otra, porque sus perseguidores tardaron mucho en salir; otra, porque no conseguían darle alcance; otra, porque se alargaron demasiado en la tarea de reducirle. Entretanto, las niñas roncaban y roncaban, quietas bajo los paraguas, hasta que Julia, harta de esperar, gritó: “¡Hala, hacernos caso, que os habéis olvidado de nosotras!”… No sabemos si la obra tenía más actos, pero el enfado de Julia –que, por cierto, era la guionista– puso punto final a la representación, que fue premiada con muchos aplausos.

Me quedé sobrecogida, y no por las dotes artísticas de mis sobrinas/os, que resultaron muy limitadas, si exceptuamos la malévola risa de Víctor y los sonoros ronquidos de Sara y Julia, sino por el cuadro en su conjunto, que me pareció un perfecto ejemplo de los roles que el patriarcado adjudica a mujeres y varones: ellas, pasivas, silenciosas y necesitadas de salvación, o sea, incapaces; ellos, verdaderos agentes de la historia, bien como malvados, bien como redentores, pero siempre protagonistas de la acción. Entre todas/os, podían haber inventado cualquier otro argumento y haberse repartido los papeles de cualquier otra forma, pero no fue así: reprodujeron exactamente los roles en los que están siendo socializadas/os, entre otras cosas, a través de las narraciones que escuchan, que leen o que ven en la tele, en el cine, en los juegos electrónicos… Narraciones que son muy poderosas, porque operan con un lenguaje simbólico que se asume inconscientemente y se mete bajo la piel de tal forma, que todo parece de lo más natural.

Afortunadamente, Julia se hartó, se cansó de estar dormida y callada, mientras su hermano y sus primos protagonizaban la acción, y su hartazgo me pareció profundamente esperanzador. Espero, además, que descubriera que su argumento –al igual que los de muchas historias que se nos cuentan a mayores y a pequeñas/os– no hacía de las princesas indefensas el centro de la historia –como seguramente ella creyó, como tan fácilmente creemos todas/os–, sino un elemento puramente decorativo, en el mejor de los casos.

El último día que pasé en el pueblo, Sara se acercó a mí, me cogió de la mano, me miró y me dijo con unos ojos vivos y satisfechos: “Tía, yo quería ser chica… ¡y he sido chica!”. Me pilló tan de sorpresa, que solo supe decirle: “¿Ves qué bien? ¡Qué suerte has tenido!”… Soltó mi mano y se fue dando saltos. Me encanta que mi sobrina esté contenta de ser mujer y no vea en ello limitación alguna. Ojalá consiga ser una princesa, pero no como las de los cuentos, sino libre, empoderada, unas veces salvada, y otras, salvadora, es decir, interdependiente, guerrera cuando haga falta, en un reino-principado donde no importe estar arriba o abajo, a un lado o a otro, en el centro o en los márgenes… Lo va a tener difícil, pero parece una niña fuerte, inteligente y alegre. Y quiero creer que no estará sola en el intento.

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Diario de una tía de verano IV por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

One Response to “Diario de una tía de verano IV”

  1. Yo me quedaria con una cosa que igual te a pasado inadvertida, tu sobrina se despertó y prtesto por que no la hacian caso, ese es el despertar de la mujer ella ya sabe que la tienen que hacer caso que es una mas y esta ahi.Un saludo.

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