La vida en 3D

La rutina es el marco en el que vivimos la mayor parte del tiempo. Un marco que, a menudo, damos tanto por sentado, que no lo percibimos; al no percibirlo, no lo valoramos, y al no valorarlo, nos privamos de una fuente cotidiana de gratificación y de una posibilidad de gratitud

Mercedes Navarro

 

El final de las vacaciones estivales tiene, para mí, sabor a estreno, porque supone retomar la vida cotidiana –interrumpida por un periodo de descanso, largo o corto, en casa o fuera de ella– en un punto que, por más que lo parezca, no es el mismo en que la dejé. Regresar a lo cotidiano, después de una ausencia, por breve que sea, tiene mucho de vuelta al nido, pero también de aventura o, mejor, de descubrimiento. Cosas que no hace mucho me pasaban inadvertidas, me llaman la atención como si acabaran de hacer acto de presencia en mi vida. Ayer, sin ir más lejos, fui consciente de que atravieso, casi a diario, un centro comercial. No entro en él para comprar, ni para echar un vistazo a lo que allí se vende, sino para evitarme la cuesta que separa las dos calles por las que se puede acceder al centro en cuestión, sobre todo cuando toca subirla, porque es muy empinada, el equivalente a tres tramos de escaleras mecánicas. Resulta tan cómodo disponer de ellas, que tengo la sospecha de que la mayor parte de la gente que las sube o las baja hace lo mismo que yo: utilizarlas para transitar de una calle a otra.

Normalmente, no me fijo en los numerosísimos escaparates que reclaman la atención de quienes pasamos por allí, ni en los productos que se exhiben en ellos, pero ayer, los ojos se me fueron sin poder evitarlo a una enorme pantalla de televisión en la que se proyectaba una película, sin sonido. La imagen parecía muy mala. Daba la impresión de que las figuras estaban desenfocadas. Y el color era desvaído, de una pésima calidad. Me pareció tan raro que alguien intentara vender un producto de esas características, que me acerqué a la pantalla. Sobre la mesa había unas gafas. Sí. Era una tele 3D… El reclamo publicitario rezaba: “¡Por fin, gafas para todos!”. Por lo visto, en el precio del aparato estaban incluidas no sé cuántas gafas, para que ningún miembro de la familia se quedara sin disfrutar de las maravillosas imágenes en tres dimensiones. No me atreví a ponerme las que tan generosamente ofrecía la tienda, de prueba, por lo que no pude comprobar si aquellas imágenes tan borrosas se transformaban en algo maravilloso y más parecido a la realidad. Supuse que sí y volví a las escaleras mecánicas, sin poder apartar los ojos de aquella televisión.

Solo he visto una película en 3D, Avatar, y recuerdo lo incomodísimas que me resultaron las gafas que me dieron en el cine. Al principio, las puse encima de las mías, pero la nariz no me daba para tanto aditamento, así que acabé quitándome las que necesito para ver bien a diario y me dejé las que permitían que mi cerebro percibiera como tridimensionales aquellas imágenes proyectadas sobre una superficie plana. Me dejaron una marca entre ceja y ceja que tardó varias horas en desaparecer, pero confieso que logré ver la película en tres dimensiones, lo que, sin duda, hizo que la ficción se pareciera más a la realidad. Mientras bajaba por el centro comercial, albergué la secreta esperanza de que las gafas que acababa de ver fueran más cómodas, más que nada, pensando en la posibilidad de que algún día todas las televisiones a la venta sean 3D.

Por absurdo que parezca, tele y gafas me dieron mucho que pensar. Cuando me acerqué a la pantalla, vi que las imágenes parecían borrosas porque, en realidad, había varias superpuestas y ligeramente desviadas. Seguramente, esas películas se realizan con distintas cámaras que graban las escenas simultáneamente y desde diferentes posiciones, y las gafas ayudan a corregir la desviación, haciendo coincidir las imágenes, las cuales, al haber sido tomadas desde diversos ángulos, se perciben con volumen. ¿No pasa lo mismo con la realidad? ¿No la grabamos cada una/o con el objetivo de nuestra peculiar cámara, es decir, con un personal e insustituible punto de vista? ¿No pensamos, como cuando vemos la tele en dos dimensiones, que esa visión es la real? ¿No tendemos a pensar que algo va mal, que el mundo se distorsiona y se vuelve borroso, cuando alguien lo describe desde un punto de vista que no coincide con el nuestro? ¿No sentimos confusión cuando intentamos encajar los diferentes enfoques, incluso si son todos nuestros, como si fueran incompatibles? ¿No será que nos hacen falta unas gafas que nos ayuden a verlo todo de una forma más plural y, por tanto, más rica? ¿No merece la pena descubrir que el resultado de tal esfuerzo es mejor que la simple suma de las partes?

No sé en qué pueden consistir tales gafas para la vida, pero creo que merece la pena buscarlas. Quizás el primer paso para encontrarlas sea saber que las necesitamos, es decir, no solo aceptar que, si bien nuestra visión es única e insustituible, necesitamos de las visiones de las/os otras/os en la misma medida que ellas/os necesitan las nuestras, sino también ser conscientes de que lo que nos parece confuso o borroso o contradictorio puede ser tan solo una cualidad de la vida, tan compleja, tan paradójica, tan poco dispuesta a dejarse encasillar en categorías como blanco o negro, bueno o malo, grande o pequeño…, tan viva, en definitiva.

Quizá aceptar que la vida es algo en tres dimensiones pase también por no separar en lo cotidiano, como si fueran incompatibles y excluyentes, cosas como el trabajo y el descanso, la luz y la oscuridad, la alegría y la tristeza, la soledad y la compañía, el placer y el dolor, el comienzo y el fin…, calificando unas como buenas y otras como malas, y por componer una imagen –construir una realidad– nueva, más completa y, a lo mejor, más vivificante. De momento, me conformo con volver a la rutina con ganas de descubrir lo que de repetitivo y novedoso hay en ella, no para rechazar lo uno y abrazar lo otro, sino para disfrutar de ambas cosas, o sufrirlas, porque para todo hay días. Es lo que tiene la tridimensionalidad…

Licencia Creative Commons
La vida en 3D por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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