Repasar lo escrito

 

No me quejo de lo que he hecho, aunque me hubiera gustado cantar como la Callas.

Inmaculada Corrales

 

Enfrentarse a una página en blanco, de papel o en la pantalla de un ordenador, suele dar cierto vértigo. Tiene que ver con el horror vacui –“miedo al vacío”–, sea este real o metafórico. No hace falta ser escritor/a para sentirlo. Recuerdo el estremecimiento ante los pliegos de papel de examen, en la facultad. Una vez conocidas las preguntas, había siempre unos momentos de vacilación, de no saber cómo empezar, que me hacían dudar no tanto de mis conocimientos –era yo muy estudiosa–, cuanto de mi capacidad de expresarlos por escrito. Sabía que todo era cuestión de arrancar, de dibujar las primeras palabras en aquellas hojas pautadas, pero me costaba hacerlo, como si la blancura del papel, apenas mitigada por las finas líneas-guía azules, penetrara en mi cerebro dejándome la mente en blanco o, lo que es peor, recordándome, amenazante, que el primer paso de cualquier empresa, si no es el adecuado, acaba convirtiéndose, en el mejor de los casos, en un antiestético borrón, prueba inequívoca de la existencia de un error, por más que medie una rectificación.

La semana pasada volví a sentir esa agitación al realizar un trabajo de teología feminista, el primero que hacía eligiendo yo el tema. Leí mucho, tomé notas, apliqué la metodología, redacté las diversas secciones del estudio –salvo las conclusiones– y le envié todo a la directora del trabajo, que me dio algunas indicaciones para mejorar lo ya realizado y se mostró impaciente por ver cuál era mi reflexión teológica a partir de todo aquello. Cuando me puse frente al ordenador para ejercer como teóloga, aunque novata, me quedé en blanco. Y empecé a dudar. ¿Estaba preparada para crear teología?

No sabía cómo salir de aquel túnel –blanco, por el color de las páginas que tenía que rellenar– y no se me ocurrió nada mejor que repasar lo ya escrito. Al releerlo, me di cuenta de que era un texto correcto, pero fui más consciente, si cabe, de mis propias carencias. Me desanimé aún más, pero también descubrí que lo que se me pedía no era exactamente –o no del todo– demostrar mis conocimientos sobre teología feminista, sino hacerlos realidad, lo que, entre otras cosas, suponía reconocerme a mí misma la autoridad para decir una palabra sobre Dios. Y empecé a teclear palabras, apoyándome tanto en los hallazgos de mi trabajo, como en mi experiencia de limitación para hablar de lo Inefable, sin miedo a equivocarme, consciente de que no importaba que todo fuera perfecto y con una sola preocupación: que mi lenguaje fuera capaz de expresar lo que quería. Porque tuve claro que quería decir algo y que no podía perder la oportunidad que aquel trabajo me brindaba para hacerlo.

Hay momentos en la vida en que mirar hacia adelante da vértigo, porque el futuro se presenta como un folio en blanco sobre el que no se sabe cómo escribir o da miedo hacerlo, por si nos equivocamos: acabar o empezar los estudios, cambiar de trabajo o quedarse en paro, finalizar una relación amorosa, voluntaria o involuntariamente, perder a un ser querido, cambiar de vida, de estado, empezar un proyecto… Esos tiempos fronterizos, en que es inevitable mirar hacia delante, son también espacios privilegiados para volver la vista atrás y repasar lo ya vivido, aunque solo sea para dar por concluida una etapa. Es fácil, entonces, ceder a la tentación de analizar el pasado juzgándolo –juzgándonos–, de calificar esto como bueno y aquello como malo, de dividir la existencia en experiencias positivas y negativas, diseccionando la vida y el ser como si fueran un mosaico del que se pudieran arrancar algunas teselas –las que no nos gustan– y dejarlas fuera del cuadro, es decir, de nuestra vida y de nosotras/os mismas/os, con la esperanza de que la composición gane en belleza o en bondad. Pero las piezas que faltan, las que rechazamos o queremos rechazar, dejan rastro, pues son agujeros en el conjunto: el hueco de su ausencia es, en sí, una presencia.

Creo que vale más no prescindir de nada. Si miro hacia atrás, veo lo que supongo más de la mitad de mi vida –no aspiro a ser centenaria– y, pese a los muchos tropezones, no cambiaría nada de mi pasado, porque todo ha contribuido a que hoy sea quien soy. No sé si he hecho mucho o poco, y además no me importa. Nunca he querido ser como otra persona, aunque reconozco y admiro las muchas cualidades que poseen otras/os, y yo no. Volver la vista atrás, repasar lo escrito, aceptando lo que somos, puede ser una buena estrategia para escribir el folio en blanco del futuro, cimentándolo en tierra firme. Quizá descubramos que nunca seremos capaces de cantar como la Callas, o como Amaral, o como la vecina del piso de abajo, pero no hay nada que nos impida entonar las canciones que nos gustan, a pleno pulmón. Nada, ni bueno ni malo, puede impedirnos seguir construyéndonos y construyendo nuestro futuro y el de nuestro mundo.

Licencia Creative Commons
Repasar lo escrito por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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