Refugiarse en la calle

 

Es peor permanecer en el lugar que no nos corresponde en absoluto que andar perdidas durante algún tiempo, buscando el parentesco psíquico y espiritual que necesitamos.

Clarissa Pinkola Estés

 

El domingo por la tarde, mientras conducía, encendí la radio con la esperanza de encontrar algo que me entretuviera sin distraerme y di con un boletín informativo. La  armoniosa voz de la locutora, que fue pasando ágilmente de una noticia a otra, me acompañaba como una música de fondo, sin lograr que mi atención se centrara en la letra. En algún momento, de cuyo inicio no soy consciente, habló de un seísmo, acaecido no sé dónde –cuando mencionó el lugar, mi mente volaba por otros mundos–, que obligó a la población a refugiarse en la calle. La expresión me sorprendió tanto, que bajé los ojos a la radio durante un segundo, como si mirarla le diera estatuto de realidad a lo que estaba oyendo. ¿Refugiarse en la calle? ¡Menudo contrasentido!

La idea que yo tengo de refugio tiene que ver con un espacio protegido, mejor dicho, que protege o puede proteger precisamente de la intemperie, a la que, por definición –según el DRAE, intemperie significa “A cielo descubierto, sin techo ni otro reparo alguno”–, asocio con la calle. Refugio me suena a amparo, a resguardo, a asilo. Si llueve, me refugio en un lugar con techo; si quiero protegerme del viento, busco un sitio con paredes; si el sol me aplasta, me guardo bajo algo que me dé sombra; si tengo frío, me meto en un espacio cerrado, que no deje escapar el calor… Concibo refugio y edificio tan entrelazados, me que me resulta difícil pensarlos por separado.

Refugiase en la calle… Durante algunos kilómetros, fui dándole vueltas al asunto: ¿qué tipo de miedo puede hacer que abandonemos nuestra propia casa y salgamos a la calle, a la intemperie, en busca de seguridad? Sin duda, el miedo a que el techo que debería protegernos se derrumbe sobre nostras/os, aplastándonos, o que el suelo que nos sostiene, construido sobre el hueco de varios pisos, nos trague en su caída. Un terremoto es, sin duda, una situación propicia para que el refugio nuestro de cada día se convierta en una terrible amenaza. De momento, me sentí privilegiada y aliviada por vivir en un país donde los seísmos, aunque no del todo inexistentes, no son noticia habitual –no quiero ni imaginarme saliendo a la calle en pijama, en medio de un temblor de tierra–, pero enseguida me di cuenta de que la situación descrita por la locutora es mucho más cotidiana de lo que en un primer momento pensé y no afecta solo a quienes sufren un terremoto.

La propia casa, real o simbólica, es una trampa mortal para mucha gente, que se ve obligada –o que elige voluntariamente– salir a la calle para librarse de la muerte, real o simbólica: las/os que emigran de sus países para poder comer y/o llevar una vida digna, en la que se respeten sus derechos humanos; las personas, generalmente mujeres y niñas/os, que escapan de sus hogares porque son maltratadas/os; quienes ponen fin a una relación afectiva que les esclaviza; las mujeres que renuncian a sus trabajos porque sufren acoso sexual; las/os creyentes que abandonan sus iglesias porque estas no los acogen como son y con sus circunstancias; quienes se arriesgan a ser críticas/os con lo que siempre ha sido así, renunciando a la seguridad que da un pensamiento sumiso que ni busca ni se hace preguntas; las/os que deciden decir en voz alta lo que piensan, exponiéndose al juicio ajeno y, a menudo, al descrédito; las personas que se atreven a ser coherentes y a vivir sin disfraces; quienes eligen luchar por la justicia sin armas mortíferas; las/os que escogen vivir fuera de un sistema que hace del mundo un mercado, y de los seres humanos, clientes o mercancía; las personas que siguen buscando después de haber encontrado… Mujeres y hombres que hacen de la calle, de lo que está fuera de su casa, su refugio.

La intemperie es insegura, pero puede convertirse en el mejor asilo para quienes descubren que las paredes que habitan son una cárcel que les esclaviza y/o un corredor de la muerte en el que, tarde o temprano, se les arrebatará la vida. Salir a la calle, dejando el espacio que hemos sentido como propio, que fue propio durante un tiempo, o desde siempre, no es fácil, aunque seamos conscientes de que permanecer en él supone un grave peligro para nuestro cuerpo y/o para nuestro espíritu. Abandonar la propia casa supone desasirse, dejar parte de sí en ella, salir con lo puesto, correr el riesgo de no poder volver nunca atrás, saber que andaremos perdidas/os, exiliadas/os… Es posible que, entonces, descubramos que hay otras personas que, como nosotras/os, viven también a la intemperie y logremos abrigarnos mutuamente, darnos cobijo y asilo, y, quizá, solo quizá, construirnos entre todas/os un hogar diferente, abierto y seguro. Al menos, durante algún tiempo.

Licencia Creative Commons
Refugiarse en la calle por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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