Perplejidad

Y ese instante, el primero del despertar, es el más cargado de peligro, pues se pasa del sentir el peso del monstruo de la pesadilla al vacío. Es el instante de perplejidad que antecede a la conciencia y la obliga a nacer. Y el de la confusión. Ya que nada azora tanto como encontrarse consigo mismo.

María Zambrano

El lunes, mientras cenaba frente a la tele, oí a la locutora del Telediario: “La violencia machista se ha cobrado la vida de tres mujeres en apenas veinticuatro horas: tres mujeres muertas a manos de sus parejas en Tarragona, Tenerife y Sevilla. En dos de los casos, no había denuncias previas por malos tratos”. Se me saltaron todas las alarmas, porque la concatenación de frases invitaba a pensar que las mujeres, al no denunciar, habían provocado su asesinato, y concentré toda mi atención en la noticia.

La primera parte se dedicó al crimen de Tarragona y a la detención del que la voz en off calificó de presunto asesino. A continuación, desfilaron un señor que se avergonzaba de que hubiera hombres que hicieran eso, “si es que lo ha hecho”, un pequeño grupo de personas que, al mediodía, habían guardado un minuto de silencio por el crimen machista, y una mujer que afirmaba que no constaba que la víctima hubiera interpuesto ninguna denuncia ni hubiera utilizado ningún mecanismo “en este sentido”.

La información sobre lo sucedido en Tenerife se inició asegurando que la mujer asesinada tampoco había denunciado. En esta ocasión, el marido fue calificado, simplemente, de supuesto agresor, y una responsable política dijo que, aunque se había autolesionado, el hombre estaba fuera de peligro. De nuevo, un puñado de personas que guardaban un minuto de silencio.

Por lo que respecta al tercer asesinato, se indicó que la mujer había presentado una denuncia en el mes de julio, “pero no la ratificó”. La voz en off continuó: “El miedo a denunciar se repite en la mayoría de las víctimas mortales de la violencia machista de este año”. Y una mujer joven, durante unos segundos, invitó a las víctimas, y a las personas cercanas a ellas, “a que den un paso al frente y denuncien”, porque sin denuncia es muy difícil hacer nada.

La noticia terminó con un dato numérico: 44 mujeres muertas a manos de sus parejas o ex parejas, en lo que va de año, solo un tercio de las cuales se atrevió a denunciar. Todo esto, en un minuto y cincuenta y siete segundos. Acto seguido, el interés se centró en Dominique Strauss-Kahn, acusado y exculpado de violación,  y en los trece millones de personas que se habían congregado frente al televisor, en Francia, para escuchar cómo se disculpaba de haber cometido una falta moral.

Al margen de la concatenación de noticias, que me pareció no solo siniestra, sino vergonzosa, apenas podía creer lo que había visto y oído: la atención más centrada en los asesinos que en las asesinadas; ni una mención al nombre de las mujeres muertas, que quedan convertidas así en puros números, cuando aún tenemos reciente la lectura de los nombres de las víctimas de los atentados de las Torres Gemelas y somos conscientes, por tanto, del valor de nombrar; ninguna foto suya, ni una declaración de sus seres queridos hablando de ellas, por lo que pasan ante nuestros ojos y oídos sin rostro ni voz; el recordatorio constante de que no habían interpuesto ninguna denuncia y/o de que, habiéndolo hecho, no la habían ratificado –¿es que se les pregunta dos veces si la denuncia va en serio?–, lo que, indirectamente, las convierte en cómplices de sus asesinatos; la irresponsable y falaz afirmación de que, sin denuncia, no se puede hacer nada… Todo, para desviar la atención de la verdad.

Y la verdad es que la violencia machista, ejercida de mil maneras distintas en todo el mundo, es uno de los mayores males de la humanidad. Un mal cuyas víctimas, a lo largo de la historia, han sido y son más numerosas que las de cualquier otro genocidio; un mal al que nos hemos acostumbrado, en el mejor de los casos, porque, en el peor, se considera natural o, al menos, irresoluble; un mal del que se culpabiliza a quien lo sufre y no a quien lo causa; un mal que no se arregla solo castigando a los asesinos y agresores –la violencia machista no se limita solo a los asesinatos de mujeres–, ni se previene solo con denuncias, porque está firmemente arraigado en las sociedades patriarcales –todas lo son– y requiere medidas globales y cambios profundos; un mal que se alimenta de formas muy variadas y sutiles –como la forma en que se dio la noticia de la que estoy hablando–, mientras se asegura que se combate; un mal que no se quiere remediar, porque hacerlo significaría poner el sistema patas arriba. Y hay mucha gente interesada en que siga así, aunque genere tanta violencia contra las mujeres.

El DRAE define perplejidad como “irresolución, confusión, duda de lo que se debe hacer en algo”. Y la mía es mayúscula. Solo me consuela pensar que la perplejidad antecede a la conciencia y, como afirma María Zambrano, la hace nacer. Y confío en que el azoramiento –y la vergüenza– de vernos a nosotros mismos, de ver el mundo que hemos construido y alimentamos con nuestra inconsciencia del mal y nuestra indiferencia, nos ilumine y nos haga capaces, realmente, de algo nuevo y verdaderamente humano.

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Perplejidad por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

One Response to “Perplejidad”

  1. Yo escuché esa noticia y tuve una percepción muy parecida, que me provocó indignación, además de una impotencia contra la que tuve que luchar, porque sé que dejar sitio a esa impotencia pertenece al juego de este sistema. Pues bien: hoy he escuchado por la radio la noticia de otro asesinato machista. La locutora en Radio Nacional decía “esta vez sí hubo denuncia y orden de alejamiento” e intentaba justificarlo diciendo que, a pesar de ello, “el instinto agresor” (sic) pudo con ello. No podía dar crédito a lo que oía. Sé que se trata de un tema no solo gravísimo, como bien dices, sino tan estructural como indican los modos, pensadísimos, de dar estas noticias e impedir que haya conciencia. Si la hubiera, ¿no habría que encarcelar al menos a un 30 % o más de la población? Estoy plenamente convencida de que mientras no forme parte de la agenda política, como ha sucedido, por ejemplo, con ETA, no habrá modo de frenarlo. Formar parte de la agenda política significaría modificar muchas cosas: la educación, la imagen que la cultura ofrece de las mujeres, el trato igualitario de verdad y no solo aparente, la paridad en todos los niveles de la vida, la sexualidad, la publicidad, la familia, la imagen de las parejas, la autoestima, el tráfico de mujeres y de menores, los abusos y la prostitución, la imagen que ofrece y apoya la religión (o, mejor, las religiones)… en fin, la práctica totalidad de la realidad. Tal vez pueda explicarse, que no justificarse, que la violencia machista no pase a formar parte de la agenda política ni de la social ni de la educativa ni de la religiosa…

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