Crisis y empatía

La cuestión es que no vivimos en el largo plazo, vivimos en el corto, aquí y ahora.

Janne Teller

El lunes pasado, por la tarde, íbamos Susana y yo por una calle peatonal charlando sobre lo que la crisis económica está suponiendo para tantas personas, algunas cercanas. Al entrar en la calle, encontramos, a un lado, a una cantante lírica y a un violinista, ambos eslavos, que interpretaban una pieza clásica, y al otro, a un hombre ya mayor que, de rodillas y con la cara tapada entre las manos, apoyaba la frente en el suelo, en un gesto que denotaba súplica y vergüenza. Tanto él como los músicos tenían ante sí sendas tapas de cajas de zapatos, por si alguien se animaba a echarles unas monedas.

De frente, venía una chica muy sonriente con un carricoche. Cuando se cruzó con nosotras, bajé los ojos para contemplar a la criatura, que imaginé muy pequeña a tenor del tamaño del vehículo en que viajaba. En lugar de un bebé, encontré a un perro de color canela, cuya cabeza, tocada con un par de lacitos azules, asomaba por aquella especie de cuna con ruedas. Mi amiga y yo, sin mediar palabra, seguimos caminando, incrédulas, con la cabeza hacia atrás, para comprobar que no habíamos tenido una alucinación al unísono. Nadie más miró con extrañeza a aquel carrito y a su canino habitante… De pronto, dijo Susi: “Esto tiene que ser pecado”.

Ese mismo día, mientras cenaba frente al televisor, no podía dejar de pensar en cuántos pecados como aquel contemplamos –y cometemos– a diario sin sorpresa ni escándalo. ¿Por qué? Seguramente hay muchos motivos, pero el resultado parece uno solo: no consideramos que las/os demás sean asunto nuestro y, por tanto, sus vidas no nos conciernen. Argumentamos esta tesis de mil formas distintas, alegando distancia, impotencia, ceguera, desconocimiento, ignorancia… Pocas veces reconocemos que nos hemos vuelto insensibles al mal que nos rodea, tanto si ese mal es consecuencia del exceso o del defecto, por lo que fácilmente nos hacemos cómplices del mismo, aunque solo sea por negligencia o por omisión, en el mejor de los casos…

Decía María Zambrano que, en toda crisis –y no cabe duda de que estamos viviendo una, quizá mucho más que económica–, algo muere: creencias, ideas vigentes, modos de vivir que parecían inconmovibles… Y definía crisis como muerte y amanecer entremezclados, eso sí, con una luz al fondo de la oscuridad que la falta de horizonte produce, porque “el amanecer es de mayor monta que la muerte en la historia humana”, que viene a ser lo mismo que dice el refrán: “siempre que ha llovido, ha escampado”. Al menos, hasta hoy.

En la crisis actual, algo está muriendo y algo nace, algo de lo que creíamos inconmovible dejará de serlo y desaparecerá o se transformará en otra cosa, y algo nuevo, quizá impensable, nacerá. ¿Qué? Es difícil saberlo, porque carecemos de la perspectiva necesaria, pero sin duda los cambios no se producirán espontáneamente, como si no tuvieran nada que ver con nosotras/os. Es decir, que lo sepamos o no, nos guste o nos disguste, somos corresponsables. Afirmar lo contario sería reconocer –y, lo que es peor, aceptar– que no somos agentes de nuestra historia, que la Historia la escriben otras personas, concretamente, las poderosas y que el resto no somos más que rebaño.

Me da la impresión de que hay mucho interés en que nos creamos impotentes. Toda la información relativa a esta crisis parece cosa de macroeconomía, un ámbito al que el común de los mortales no tiene acceso. Así, no solo nos sentimos incapaces de intervenir de forma eficiente, sino también ignorantes para comprender qué está sucediendo y hacia dónde nos dirigimos. Pero es mentira: podemos actuar, siempre y en todo momento. Quizá nuestro campo de acción directa no sean los acuerdos internacionales, entre países o entre entidades financieras, pero todas/os disponemos de vida cotidiana, una vida que para muchas personas ha cambiado drásticamente y que, para la gran mayoría, parece abocada a la escasez –eso sí, en nombre del bien común–, mientras hay quienes no solo no pierden sus privilegios, sino que los aumentan.

Un día de estos, echaron en la tele una película que he visto muchas veces y que siempre logra conmoverme: El año que vivimos peligrosamente, brillantemente protagonizada por Linda Hunt –aunque el Oscar a la mejor actriz secundaria pueda hacer creer que los protagonistas eran los guapos Mel Gibson y Sigourney Weaver–, quien encarna al fotógrafo Billy Kwan. El leit motiv que recorre el film es una cita neotestamentaria: “¿qué debemos hacer?” (Lc 3,11), una pregunta dirigida a Juan el Bautista, que respondió: “El que tenga dos túnicas, que le dé una al que no tiene ninguna, y el que tenga comida, que haga lo mismo”.

Es solo una posibilidad, entre las muchas que hay, para minar y transformar este sistema inhumano y deshumanizante en que vivimos y que a menudo alimentamos inconscientemente. Quizá creamos que no podemos hacer gran cosa, pero sospecho que la empatía, es decir, la experiencia de que las vidas ajenas nos conciernen, es capaz de agudizar nuestro ingenio. Y es cierto que los cambios y transformaciones históricas se dan a un ritmo mucho más lento que el de la vida individual, pero también lo es que el largo plazo necesita del corto, es decir, de las vidas individuales, sin las cuales no hay Historia. Ni amanecer.

Licencia Creative Commons
Crisis y empatía por María José Ferrer Echávarri se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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